FUNDAMENTOS
Esquema de Enseñanzas Cristianas Básicas
por: GINO IAFRANCESCO V.
© FUNDAMENTOS. Gino Iafrancesco V., Ciudad del Este, Paraguay, 1983. Los derechos son del autor. Se permite la reproducción total y la distribución gratuita de este documento, con la única condición de citar la fuente, a fin de que se pueda comprobar y preservar la autenticidad del texto.
FUNDAMENTOS
1983
AGRADECIMIENTOS
Agradezco primeramente al Señor por la existencia, la vida, la salvación, el llamamiento y la oportunidad de escribir este libro y ponerlo a disposición del público.
En segundo lugar agradezco a mi familia y especialmente a mi esposa Myriam por la ayuda prestada mientras preparaba el manuscrito.
Doy también las gracias a aquellos hermanos en Cristo que habiendo leído el trabajo antes de su impresión, lo apreciaron.
Gino Iafrancesco V.
Dedico esta obra
a toda persona
que con corazón honesto
se avoque a su lectura
PREFACIO
El presente esquema de enseñanzas cristianas básicas no pretende agotar el tema; se trata simplemente de una diagramación panorámica de lo que nos muestra el Nuevo Testamento acerca de la didáctica primaria que escogió usar el Señor Jesús, y tras Él, sus apóstoles y la iglesia primitiva.
Se ha hecho abundante uso de citas de las Sagradas Escrituras, generalmente según la difundida versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, revisión del año 1960; sin embargo, donde lo hemos creído conveniente en aras de una mayor claridad, se ha usado una aproximación castellana al texto griego de Wescott y Hort.
Aconsejamos que para un mayor aprovechamiento del presente estudio escritural, el lector acuda a las Escrituras mismas para cerciorarse de las citas aducidas y observar su contexto. En el caso muy probable de que el lector sea cristiano, entonces le damos el consejo adicional de invocar al Señor cuando vaya a leer y orar en el espíritu mientras lee; de tal manera dependerá del Señor mismo para un mejor aprovechamiento.
Este trabajo constituye un estudio escrito por el autor en el año 1983, en la República del Paraguay.
El autor asume la responsabilidad gramatical del uso de mayúsculas en las palabras comunes que se refieren a la Persona y Obra del Señor.
Gino Iafrancesco V.
CONTENIDO
PARTE I
I. Identificando prioridades
II. El Fundamento puesto
III. La Persona
IV. La Obra
V. La Doctrina
PARTE II
VI. Las fiestas solemnes
VII. Pascua: Cristo Crucificado
VIII. Ázimos: Cristo Comulgado
IX. Primicias: Cristo Resucitado
X. Pentecostés: Cristo Glorificado
XI. Trompetas: Cristo Anunciado
XII. Expiación: Cristo Abogado
XIII. Tabernáculos: Cristo Esperado
PARTE III
XIV. Los Primeros Rudimentos
XV. Arrepentimiento
XVI. Fe en Dios
XVII. Doctrina de bautismos
XVIII. Imposición de manos
XIX. Resurrección de muertos
XX. Juicio Eterno
PARTE IV
XXI. El Reino de los Cielos se ha acercado
XXII. La Regla
XXIII. Sobre esta roca
XXIV. El Sello del firme fundamento de Dios
PARTE V
XXV. La Unidad del Espíritu
XXVI. Un Cuerpo
XXVII. Un Espíritu
XXVIII. Una misma esperanza
XXIX. Un Señor
XXX. Una Fe
XXXI. Un Bautismo
XXXII. Un Dios y Padre
PARTE VI
XXXIII. El Fundamento de los apóstoles y profetas
XXXIV. Las Iglesias de los Santos
XXXV. La Doctrina de los Apóstoles
XXXVI. La comunión unos con otros
XXXVII. El Partimiento del Pan
XXXVIII. Las Oraciones
PARTE VII
XXXIX. El Propósito de Dios
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FUNDAMENTOS / 1
PARTE I
“Nadie puede poner otro fundamento
que el que está puesto,
el cual es Jesucristo”
1 Corintios 3:11
I
IDENTIFICANDO PRIORIDADES
En todas las cosas existe un orden de prioridades, descuidando el cual, corremos el riesgo de perdemos por las ramas y alienar el propósito de las cosas. Las cosas verdaderamente importantes no han sido dejadas a nuestro capricho; decimos con esto que las consecuencias de nuestras elecciones a las que nos avocamos, pesarán sobre nuestra cabeza y la de aquellos bajo nuestro radio de influencia, con un peso ineludible. Por todo esto es urgentísimo asumir las responsabilidades que se nos han concedido, siendo entendidos en el discernimiento de las prioridades, es decir, de aquellas cosas fundamentales que afectan nuestro ser y destino. Que nadie sea tan insensato como para suponer o esperar que escapará a las ineludibles consecuencias de sus elecciones. Es urgente que elijamos lo mejor, identifiquemos lo prioritario, y comencemos por lo verdaderamente importante y necesario, lo fundamental.
Todos los aspectos de la vida tienen sus puntos básicos, y entre aspectos y aspectos, existe gradación en los valores. No sin razón reprendía Jesús a los fariseos por colar severamente al mosquito a la par que tragaban los camellos (Mt. 23:23-26); y a Martha respondía que mientras ella se afanaba con muchas cosas, María su hermana había escogido la mejor parte, la única realmente necesaria, la cual no le sería quitada (Lc. 10:38-42). Y entonces a todos nosotros enseña a buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia (Mt. 6:25-34), avocado a lo cual, el apóstol Pablo, como perito arquitecto, coloca el fundamento indispensable (1 Co. 3:10-13) comenzando por aquello que provoca la salvación del hombre para la gloria de Dios, y nos señala al Hijo de Dios, Señor y Salvador, muerto por nuestros pecados y resucitado (Rm. 1:2-4; 10:8-13; 1 Co. 15:1-8; 2 Co. 4:5; 1 Tes. 1:9,10; 1 Ti. l:15; 3:16).
Todas las disciplinas son ramificaciones graduadas del gran tronco de la realidad, y ésta encuentra su sustento y significado solamente en Dios; por Él fue creado todo y para Él; por lo tanto, atender a Su Revelación es lo más sabio que podríamos hacer. Dios se ha revelado mediante Jesucristo.
Lo que hoy gozamos con inmensa gratitud, o lo que sufrimos como pesada carga, es resultado de lo que ayer apenas parecía una simple idea, una mera actitud. Y la historia ha rodado desde allí con todas sus cumbres y sus profundos valles, como resultado del espíritu de las ideas y de las acciones del pasado. La mediocridad de la indiferencia, la cobardía ante el compromiso, la ceguera del egoísmo cómodo y pasajero, son culpables del sufrimiento y la miseria de muchos; cosas que por la Santa Justicia de Dios, recaerán tarde o temprano sobre las hediondas fauces de los responsables; a cada uno su porción. ¡Ningún hombre escapará de sí mismo! Pero también, los errores de los atarantados y los delirios de los falsos mesías han hundido a la humanidad más y más en el dolor, la corrupción y la muerte.
Necesitamos por lo tanto volvernos a la Revelación; ¡es prioritario! ¡Sí, debemos volver a Dios por Jesucristo! Debemos ir directamente al grano y comenzar por el núcleo. Remendar las apariencias no hará sino engañarnos más. El hombre esta caído y es perverso; necesita regeneración, necesita a Cristo, necesita el vigor auténtico del auténtico Evangelio, necesita vivir por el Espíritu de Cristo y conocer a Dios; entonces amará, y amando se realizará. Pero para amar se necesita más que leyes y constituciones, más que buenas intenciones, pues el querer el bien está en el hombre, pero no el hacerlo; por eso se frustran sus más nobles propósitos y se corrompen sus conquistas.
El hombre necesita una resurrección, ayuda Divina y sobrenatural, necesita a Cristo, el Hijo de Dios, resucitado en la historia, vivo hoy, y vivificante. ¡He allí, pues, el Fundamento! Y hay que cavar profundo, pues por haber sido meramente nominales y superficiales las conversiones, no se ha aprovechado el sumo del Evangelio. ¡Cuánto lo necesitamos! ¡pero, qué máscara deforme hemos presentado!
II
EL FUNDAMENTO PUESTO
“Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Co. 3:11). Esto escribía Pablo. Ahora bien, ¿qué es un fundamento? Es algo sobre lo cual se puede descansar y edificar con seguridad; algo que resiste el peso y que sostiene; algo sin lo cual las cosas se corrompen desde abajo. Bonito nombre y exacto, dado, pues, por Pablo a Jesucristo: ¡Fundamento! Fundamento es el principio indispensable, y para nosotros los hombres, no puede ser menos que Dios, ni menos que hombre. Dios, para sostenerlo y significarlo todo; y Hombre, para asimilarlo y realizarnos. Debemos, pues, considerar a Jesucristo, la Luz de los hombres, el Camino, la Verdad y la Vida, la Resurrección.
Al considerar a Jesucristo como nuestro Fundamento, contemplamos en Él: Su Persona, Su obra, Su doctrina; todo, claro está, indisolublemente ligado. Aprovecharía menos la consideración de su mera doctrina, si no la consideramos respaldada por Su obra; y de igual manera, perderíamos lo substancial de Su obra si no la consideramos en el perfecto marco de la identidad de Su Persona auténtica e histórica, Teo-antrópica. Así que consideramos la Revelación Divina Fundamental en la Persona, obra y doctrina de Jesucristo.
Sí, porque entre los hombres, ¿quién ha habido como Él? No se levantará filósofo, ni visionario, ni héroe, ni moralista, ni político, ni mariscal, que pueda compararse con Él en cuanto a excelencia y en cuanto a frutos beneficiosos para la humanidad. Y si algo bueno tenemos de los hombres en la Tierra, podríamos rastrear sus raíces y encontrarlo en Jesucristo, trátese de amor, justicia, libertad, belleza, dignidad, verdad. Conocerle verdaderamente es, pues, la indagación prioritaria; conocerle personalmente y cómo encaró Su obra, y en qué fundamentalmente ha consistido ésta; quién es, qué hizo y qué hace.
Aprendamos también de Él, ¿cómo podríamos colaborar eficazmente en Su tarea. “Eficazmente” es palabra clave aquí, pues cuánta basura hemos servido falsamente en Su Nombre, sin Su Espíritu. Oh, que podamos con Su ayuda comprender Su obra y colaborar con ella.
¿Cuál es Su obra fundamental? ¿Cuál también la doctrina y enseñanza de Su sublime persona? ¿Cómo podríamos empezar a recoger las primeras migajas de Sus rudimentos y hallar su correcta aplicación en Él para todo? A estas alturas, cuántos descubrimos desengañados lo desdibujado de nuestro cristianismo, que aún no hemos bebido lo mejor de las aguas vivas, que hemos estado por mucho tiempo adormecidos, y como embriagados; porque, ¿quién participa realmente de Su intención y de Su método? En Su luz nos descubrimos como una multitud de traidores.
III
LA PERSONA
Conocer Quién sea la Persona de Jesucristo es absolutamente fundamental, pues si no era Dios verdadero, ¿cómo entonces iba a revelarlo? y ¿cómo entonces sería justo su sacrificio por las ofensas a Dios? pues ya que fue el Señor el ofendido y Suyo el perdón, entonces el precio del perdón, el sacrificio, corresponde al que perdona; he allí Su amor; no corresponde justamente el sacrificio del perdón a un tercero no injuriado ni injuriador; mas corresponde, cual amor, a la abnegación del Injuriado, el cual es Dios. Fue Dios quien cargó con los “platos rotos” y la deuda; fue Él quien por amor y en Su gran paciencia, para ser justo, tuvo que tomar sobre Sí mismo el castigo de Su justa ira, lo cual fue la expiación. Perdonar sin sacrificio, es decir, sin la satisfacción por el pecado, sería injusto y libraría el universo a la anarquía. La Justicia debía ser mantenida y la satisfacción hecha; lo cual tan sólo podía hacerse de dos maneras: una, con el justo castigo del culpable; otra, con el sacrificio del Inocente injuriado, no de un tercero, pues sería injusticia contra ese tercero. En el conflicto entre Dios y el hombre no puede mediar un tercero. O por pecar el hombre, entonces el hombre debe morir, lo cual es perfectamente justo; o si no, Dios debe hacerse hombre, ser tentado, resultar victorioso e inocente, y entonces, con el sacrificio de Sí mismo, satisfacer las exigencias de la Justicia, muriendo como legítimo sustituto del hombre pecador.
Lo más noble fue que Dios mismo, el Injuriado, aceptó ser sustituto y se humilló por amor; mas tomó el sacrificio como carga propia en honor a Su dignidad. Su sacrificio mantuvo Su dignidad y Su autoridad. Desechar el hombre tal sacrificio significa la más horrenda injuria, pues afrenta directamente lo más sacro del corazón Divino, Su Espíritu de Gracia. Así, pues, que la Persona del sacrificio perfecto no podía ser menos que Dios mismo. Jesús mismo declaró la importancia de reconocer correctamente Su Persona. Perdonar sin sacrificio hubiera sido hollar Su propia dignidad y el honor de Su naturaleza inmutable; además hubiera sido abdicar del gobierno de su creación; hubiera sido casi como dejar de ser Dios, la Suprema Autoridad; pero que Dios es la suprema autoridad es una realidad inmutable, inconmovible e ineludible; es la realidad misma; otra cosa no sería realidad.
Jesús, pues, para llevar a cabo Su obra de reconciliación de todas las cosas, y Su obra de realizar en su plenitud a todas ellas, debe, pues, revelamos a la Deidad y requerir que sea reconocida la identidad auténtica de Su Persona. Sin tal reconocimiento no puede el hombre colocarse en el fundamento de salvación, pues fuera de éste quedará librado a su propia locura, al delirio de su caída y a la acción de la muerte destructora y denigrante. Urge, pues, conocer espiritualmente a Jesús, y así identificarlo. Él mismo, cuando preguntó a sus discípulos acerca de quién decían los hombres que era Él, y cuando escuchó de Pedro la confesión: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente”, entonces añadió que sobre esa Roca edificaría a Su Iglesia. Pedro fue hecho una piedra para ser edificado sobre Cristo cuando gracias a una revelación del Padre, conoció y confesó a Jesús como el Cristo y como el Hijo del Dios viviente (Mt. 16:13-18). Nadie podrá ser edificado sin esta misma confesión revelada que salió de los labios de Pedro respecto de Jesús; a saber, que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
¿Quién es, pues, el Cristo? ¿Quién es el Hijo del Dios viviente? ¿Qué naturalezas hay en Él? Cuando pregunto ahora “qué” es porque se pregunta por Su naturaleza divina y por Su naturaleza humana. Sus naturalezas, la divina y la humana, son los dos irreductibles “qué” de Su único “Quién”, la Persona. La categoría de “naturaleza” difiere de la categoría de “persona”. La naturaleza es un “qué”; la persona es un “quién”. La naturaleza (o las) de la persona, es (o son) el “qué del quién”. En el único caso del “Quién” de Jesucristo, un Quién único, este es el Verbo de Dios hecho carne; en cuanto Verbo Divino participa de la naturaleza divina; es la Palabra y la sabiduría divina, la imagen del Dios invisible, es decir, del Padre; el Verbo es el resplandor de la gloria divina, y como tal participa de Su substancia esencial, siendo la imagen subsistente y de esencia divina de la subsistencia o hipóstasis de Dios el Padre (Jn. 1:2; Col, 1:15; 2 Co. 4:4; He. l:1-3). De manera que el Verbo es Igual al Padre (Fil. 2:6).
Cuando Dios, el Padre, se conoce a Sí mismo, se conoce con un Conocimiento que es igual a Sí mismo, por el cual se expresa tan perfectamente como Él es; por lo tanto, Su Verbo es la Palabra que le contiene en la plenitud de Su atributo, con la que Se conoce y por la que se revela, siendo tal Imagen y Expresión de Sí igual y consubstancial a Él, Dios con Él, idéntico en esencia, mas distinto en Persona, pues una persona es el Padre que conoce, y al conocer eternamente engendra inmanentemente desde la eternidad a Su Conocimiento sin principio; otra Persona es, pues, el Conocimiento del Padre que es de Este Invisible, la imagen, subsistente cual perfecta reproducción personal, Persona igual en la misma esencia divina; Conocimiento perfectísimo de Dios que subsistiendo en la esencia divina como tal es el Verbo que acompaña desde la eternidad al Padre que con Él se conoce y por Él se expresa. Sí, este Conocimiento que Dios tiene de la plenitud de Sí y de todas las cosas, es la Persona del Verbo que le está próxima, sí, delante de Sí como en la pantalla de Su mente, a Quien el Padre participa el todo de Su naturaleza substancial y esencialmente divina. Este Verbo es, pues, el Hijo del Dios viviente con Quien el Padre participa en un amor común que es tan divinamente grande y pleno que al expirarse es tan pleno como Sí mismo, tan pleno como el Padre y el Hijo que se conocen y aman dándose mutuamente y totalmente, de manera que ese Divino Amor que procede del Padre y es correspondido por el Hijo, es idéntico en naturaleza a la Divinidad, pues subsiste cual el amor mismo de esta Divinidad en cuanto expirado, y expirado a plenitud de Dios y cual Dios mismo que se da, y es por lo tanto la Persona subsistente del Espíritu Santo, co-partícipe con el Padre y el Hijo de la única esencia divina así constituida desde la eternidad sin principio, siendo, pues, Dios uno solo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Ahora bien, aquel Verbo de Dios, el unigénito del Padre, el Hijo, se hizo carne, semejante a los hombres (Jn. 1:14; Fil. 2:7), idéntico también a nosotros en naturaleza, y tentado en todo conforme a nuestra semejanza, pero sin pecado (He. 4:15), pues, al contrario de nosotros, venció al pecado en la carne y lo condenó (Ro. 8:3) sin permitir que el príncipe de este mundo, el maligno, tuviese nada en Él, y así entonces lo juzgó (Jn. 14:30; 16:11; 12:31); y entonces, como Hijo del Hombre, y por el hecho de serlo, recibió la facultad de juzgar al mundo (Jn. 5:19-27). Así, pues, Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, es decir, la imagen del Dios invisible, el Hijo único, el Verbo, el unigénito Dios (Jn. 1:18, según el original griego), es, en cuanto Verbo: Dios; y en cuanto Verbo encarnado desde el vientre de la virgen María: Hombre verdadero, sí, con espíritu, alma y cuerpo absolutamente humanos; Hombre además lleno del Espíritu Santo (Hch. 10:38); por lo tanto: Salvador y Redentor, Maestro y Revelación, Abogado y Juez, Señor y Rey. Esta es la Persona: Jesucristo el Señor.
IV
LA OBRA
Siendo pues nada menos que ésta la Persona, el Verbo de Dios encarnado, entendemos que viniendo desde la eternidad y según un plan y propósito eternos, Su obra comenzó con la Encarnación; es decir, haciéndose Hombre, para lo cual tuvo que despojarse a Sí mismo, anonadarse. Su despojamiento consistió, pues, en no aferrarse a la exclusividad de Sus condiciones y prerrogativas divinas, sino que se sometió a condiciones de inferioridad. De ser igual a Dios en cuanto Verbo, llegó a ser menor que el Padre en cuanto hombre; e incluso, antes de glorificar Su humanidad, fue hecho inferior a los ángeles (He. 2:9), aunque luego, como hombre, heredó más excelente Nombre que ellos (He. 1:3-4). Con tal despojamiento (Fil. 2:5-8; Jn. 14:28) que manifestó la naturaleza de Su amor al Padre y a los hombres, contrarrestó totalmente la rebelión satánica, que consistió en todo lo contrario a un despojamiento; porque la rebelión satánica consistió en una usurpación, en una pretensión, en una autoexaltación. Con Su despojamiento, el Hijo enfrentó, contrastó y juzgó la rebelión angélica y humana. Con Su encarnación se sometió a las pruebas humanas, pero fue obediente al Padre hasta la muerte, con lo cual venció en humanidad y para la humanidad que le asimile, al pecado en la carne. Con Su Muerte expiatoria y sacrificial asimiló nuestro castigo, despojando así a los principados demoníacos del derecho de acusación que poseían en el acta de decretos contra nosotros por nuestros pecados y por nuestra naturaleza vendida al pecado (Col. 2:14,15).
He aquí, pues, la obra de la cruz: por Su parte, el Padre no escatima al Hijo, sino que lo entrega por todos nosotros (Ro. 8:32); el Hijo se ofrece mediante el Espíritu eterno (He. 9:14) y sin usurpar el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, se humilla haciéndose semejante a los hombres, el Verbo hecho carne (Fil. 2:5-8; Jn. 1:14); nace, pues, de la virgen María y toma forma de siervo, menor que el Padre, y aprende la obediencia (He. 5:8); es tentado en todo, mas no peca; entonces, cual Hijo del Hombre sufre la muerte expiatoria cual postrer Adam, hecho pecado por todos nosotros (2 Co. 5:21; 1 Co. 15:45), y con su muerte destruye a la muerte (Is. 25:8; Os. 13:14; 1 Co. 15:55,56) y al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo (He. 2:14); crucifica también al viejo hombre (Ro. 6:6), a la carne con sus pasiones y deseos (Gá. 5:24), al mundo y sus rudimentos (Gá. 6:14; Col. 2:20), al acta de decretos que nos era contraria (Col. 2:14); en Su cruz llega a abolir las enemistades de la carne y la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, haciendo así la paz y reconciliándonos entre nosotros y con Dios (Ef. 2:13-16); crucificó también la maldición de la ley, la incircuncisión y las cosas viejas (Gá. 3:13; Col. 2:11-13; 2 Co. 5:17); juzga al príncipe de este mundo, exibe y despoja a los principados y potestades (Col. 2:16; Jn. 16.:11).
Por Su resurrección corporal en humanidad (Jn. 2:19-22; Lc. 24:36-46) dio comienzo cual segundo Hombre (1 Co.15:47) a una nueva creación (2 Co. 5:17), siendo así la Cabeza federal de una nueva raza, la de los hijos de Dios (Jn. 1:12), regenerados en su identificación con el Cristo muerto y resucitado, que perdona y libra, y además restaura, regenera y santifica; imputa la justicia, pero además la produce, por gracia, recibiéndola nosotros de Él y a Su Espíritu, por la fe; y manifiesta esta fe y justificación gratuita, en buenas obras preparadas de antemano por Dios, y hechas en Él como señal fructífera de salvación (Ef. 2:8,10; Tito 2:14).
Nunca olvidemos, pues, que la obra del Señor Jesucristo ha consistido después de Su encarnación virginal, y su vida sin pecado revelándonos al Padre, en Su muerte por nosotros debido a nuestros pecados; y después de sepultado, resucitar corporalmente en incorrupción, y ascender de nuevo a Su gloria, para glorificar en Él a la humanidad, haciéndola nueva y heredera del Reino; para comunicar lo cual envió Su Espíritu Santo para convencer al mundo de pecado, justicia y juicio, de modo que le reciban los llamados a salir del mundo, los que le aman. El Espíritu Santo nos participa lo del Padre y Cristo, de modo que lo podamos asimilar y llenarnos y revestirnos de Él en identificación completa, con miras a la redención total que será manifestada al fin de los tiempos.
Hecha, pues, esta obra para Dios y los hombres en Jesucristo, Dios y Hombre, entonces se anuncia el Evangelio, se proclama y se enseña como ministerio espiritual. Es así que la doctrina se asienta en la obra de la Persona Teo-antrópica de Jesucristo.
V
LA DOCTRINA
Al considerar la Doctrina de Jesucristo, no debemos divorciarla de la realidad del Espíritu y Su Persona, sino que se tratará de Jesucristo mismo obrando espiritualmente a través de Su doctrina. No se tratará, pues, de mera ética o moral, sino de la comunicación hablada y actuada del Espíritu de Cristo, y por el Espíritu, de la obra del Cristo que se nos da por vida para reunirnos en Dios. Trátase del mismo Cristo repartido entre nosotros para nutrimos de Sí, lo cual hoy lleva a efecto mediante Su ministerio espiritual que se prolonga en Su Cuerpo místico que es la Iglesia, suma de todos los hijos de Dios. La ministración de Su Espíritu mediante el ejemplo y sus palabras que son espíritu y vida, vivificará a los que percibiendo y oyendo, crean; y creyendo reciban; entonces recibiendo, obedezcan; y obedeciendo, cumplan en sí mismos, por la gracia de Cristo, la voluntad del Padre, que es para con nosotros redención total, configuración a la imagen de Su Hijo Jesucristo, glorificados en Él, y con Él coherederos del Reino eterno.
El Espíritu de vida utiliza, pues, el ejemplo de Jesús y sus apóstoles, y utiliza sus palabras. Tal ejemplo y tales palabras, la suma de ellos y su explicación y la de los hechos de Cristo y sus apóstoles bajo el Espíritu Santo, constituyen la doctrina. El Espíritu, el ejemplo y las palabras de Cristo, se perpetúan en Su Cuerpo místico, además de haber quedado patentemente registrados en las Sagradas Escrituras.
El Espíritu de Cristo comenzó a manifestarse desde el Antiguo Testamento, pero llegó a su dispensación perfecta con el Nuevo Pacto, que es ya anticipo de la definitiva herencia. Tenemos, pues, entonces el Nuevo Testamento, el ejemplo y las palabras, la esencia del Evangelio, la doctrina de salvación, de lo cual toma la Iglesia cual depositaria y reparte. Debe la Iglesia repartir perpetuando mediante el Espíritu, el ejemplo y las palabras de Cristo, aplicándolo a las necesidades de los hombres.
Al repartir, la Iglesia debe también tener discernimiento en el espíritu para edificar eficazmente atendiendo a las prioridades, y comenzando, también en la enseñanza de la doctrina de Cristo, por los fundamentos y rudimentos básicos de ella, sin los cuales nada se puede construir. Jesús comenzó Su enseñanza pública con el anuncio de: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”; “el tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mt. 4:17; Mr. 1:15). Esto mismo fue lo que ordenó a sus apóstoles predicar: “46Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; 47y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalem” (Lc. 24:46-47). Debían ser, pues, testigos de Su Persona y obra, y portadores de Su Espíritu, reproductores en Él de Su ejemplo, y predicadores de Su doctrina.
Pablo comenzó también con aquello de la muerte y resurrección de Cristo (1 Co. 15:3,4). En la carta neo-testamentaria a los Hebreos se nos enumera aquello que constituía los rudimentos de la doctrina de Cristo; sí, los primeros rudimentos de las palabras de Dios, el fundamento, lo cual es: arrepentimiento de obras muertas, fe en Dios, doctrina de bautismos, imposición de manos, resurrección de muertos y juicio eterno, a lo cual volveremos Dios mediante más detenidamente, no sin antes reconsiderar los puntos sobresalientes de la gesta de Cristo, como quedan señalados típicamente en las fiestas solemnes de Israel, sombra de Cristo.
FUNDAMENTOS / 2
PARTE II
“16… días de fiesta…, 17todo lo cual es sombra
de lo que ha de venir,
pero el cuerpo es de Cristo”
Colosenses 2:16b,17.
VI
LAS FIESTAS SOLEMNES
Una fiesta se realiza con un motivo especial; un día de fiesta no es un día común; es un día especial en el cual se quiere hacer sobresalir algo. Los hechos importantes y trascendentes de la historia de los pueblos y de la vida de las personas son recordados por un día especial de fiesta, en el cual se señala la importancia de aquello que es motivo de la fiesta. Dios, que nos hizo y nos conoce, también obró así con los hombres, y en especial con Su pueblo Israel, al cual señaló como primicia, y para que nos sirva de sombra, figura y tipo. Yahweh Elohim señaló a Israel ciertas fiestas solemnes, con lo cual quería resaltar siete aspectos fundamentales de la gesta de Cristo.
Por el Espíritu Santo sabemos mediante el apóstol Pablo, en su carta a los colosenses (2:16), que las fiestas solemnes de Israel, junto con otras cosas, eran sombra de Cristo. Sí, las fiestas solemnes de Israel fueron sombra de Cristo, y fueron siete diferentes para señalar la importancia de siete aspectos fundamentales de Su obra. (Roland Buck testifica que el ángel Gabriel le apareció y le hizo notorias estas cosas).
Aquellas fiestas importantes fueron: la Pascua, los Azimos, las Primicias, Pentecostés, las Trompetas, la Expiación, y los Tabernáculos (ó cabañas), en lo cual vemos a: Cristo crucificado, Cristo repartido y asimilado, Cristo resucitado, Cristo enviando al Espíritu Santo, Cristo anunciado, Cristo intercediendo, y Cristo regresando. Examinemos cada aspecto.
VII
PASCUA: CRISTO CRUCIFICADO
Pascua, Azimos y Primicias eran tres fiestas que estaban juntas en una, así como la muerte de Cristo por nosotros y Su resurrección para nosotros y la gloria del Padre, constituyen el centro del evangelio y de la historia humana. Por esa razón, en las prioridades del evangelio, escribía Pablo a los corintios:
“1Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos si no creísteis en vano. 3Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5y que apareció a Cefas, y después a los doce. 6Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. 7Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; 8y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí” (1 Co. 15:1-8).
En esto vemos, pues, la importante declaración apostólica de lo que constituye primeramente el Evangelio, reteniendo el cual podemos ser salvos.
La muerte y la resurrección de Cristo constituyen, pues, el núcleo del evangelio y el centro de la historia. La fiesta de la pascua tiene el propósito precisamente de resaltar ese primer aspecto de la obra de Cristo: Su muerte, por cuya sangre aseguramos el perdón de los pecados, interés de Dios para que podamos acercanos sin impedimento a Él. La sangre del Cordero en el póstigo de la casa del pueblo del Señor, era señal para Dios quien hacía que el juicio no cayera sobre la familia, de manera que estuvieran preparados para la liberación de la esclavitud, rumbo al reposo provisto por Dios. El apóstol Pablo sostiene que “nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Co. 5:7). De manera que aquella solemne fiesta israelita que recordaba la liberación de Egipto bajo la sangre del cordero, era una sombra que señalaba a la realidad del Cordero perfecto, la verdadera pascua, el Cristo sacrificado por nosotros.
Así que la primera prioridad en el evangelio, en la obra del Señor, es valorar el significado y el ¡gran precio de la sangre de Cristo! Sangre preciosa del Verbo encarnado que habla por sí misma de la muerte del Cordero inocente de Dios como nuestro sustituto por nuestros pecados. He allí lo primero que debemos comprender, valorar, señalar y anunciar. Sin la sangre de Cristo no hay salvación para el hombre ni reconciliación con Dios. Sin aquella preciosa sangre todo está perdido; ella es el precio necesario de salvación. Por esa causa, el Señor Jesucristo estableció el memorial de Su muerte por nosotros en el partimiento del pan y la bendición de la copa del Nuevo Pacto:
“Cuantas veces hiciereis esto, la muerte del Señor anunciáis hata que él venga” (1 Co. 11:26).
Él estaba interesado en que nunca desapareciera de nuestra memoria el hecho de Su muerte por nosotros. Sólo por medio de ella participamos con Dios. Nuestra vida depende de participar con Él, de apropiarnos el beneficio de Su sacrificio que nos libra del juicio y del pecado, del mundo y de la carne, del diablo, principados y potestades, de la misma muerte, es decir, de la muerte segunda o definitiva.
El pan que partimos es la comunión del cuerpo de Cristo, y la copa de bendición que bendecimos es la comunión de Su sangre (1 Co. 10:16).
Comiendo Su carne y bebiendo Su sangre, palabras que en Él son Espíritu y vida, tenemos vida eterna y nos preparamos para la resurrección del día postrero (Jn. 6:48-63).
Consideremos, pues, a Su Persona y a Su obra comenzando por el valor de Su sangre.
VIII
ÁZIMOS: CRISTO COMULGADO
Íntimamente relacionada con la fiesta de la pascua, estaba la fiesta de los ázimos, o sea, de los panes sin levadura. Una vez sacrificado el cordero pascual, entonces durante siete días se celebraba la fiesta de los ázimos, comiendo panes sin levadura. Relacionado a esto escribía Pablo a los corintios:
“7Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. 8Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Co. 5:7-8).
Cristo dijo también a sus discípulos que se guardasen de la levadura farisaica de la hipocresía (Mt, 16:6-12). Fue aquel tipo de pan sin levadura el que tomó el Señor la noche de la última cena, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: “Tomad y comed todos de él; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido”. Cristo, al señalarse a Sí mismo con este pan ázimo, sin levadura, se nos repartió para que le asimilemos y vivamos por Él, alimentándonos del pan o maná celestial que es Él mismo, quien asimilado nos nutre de Sí mismo para la resurrección espiritual y corporal.
El propósito de Su sacrificio pascual es señalado a continuación en los ázimos, y es: La Comunión.
“21Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn. 17:21-23).
Así que lo que sigue al sacrificio de Cristo es la reconciliación, la comunión restaurada. Dios quiere nuestra comunión con Él y entre nosotros; es por eso que toda la Ley se resume en estas palabras: Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas, y con todo nuestro ser; y al prójimo como a ti mismo. La vieja masa leudada de nuestra humanidad caída y estigmatizada con maldad, malicia e hipocresía, debe ser desechada a la par que participamos con Cristo de la cruz, crucificados con Él al viejo hombre, y reconciliados mediante la crucifixión de las enemistades en Su cruz, a la cual somos incorporados en el poder de Cristo de manera a posibilitar por ella nuestra liberación del pecado. La Pascua señala, pues, la sangre que nos limpia de los pecados o transgresiones, y los Azimos señalan a la cruz que, compartida, nos libra del pecado, es decir, del poder de la naturaleza caída y cautiva. Dios no sólo perdona, sino que también justifica y libera. Dios nos libera del poder del pecado por medio del poder de la cruz de Cristo, la cual compartimos haciéndonos también participantes de sus padecimientos, pues como dice Pedro apóstol:
“Quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado” (1 Pe. 4:1b).
La Victoria de Cristo al condenar el pecado en la carne nos es impartida a nosotros por la fe, en nuestra identificación con Él en Su muerte y resurrección, lo cual señalamos con el bautismo. Y como escribía Pablo: “9Ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; 10a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, 11si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Fil. 3:9-11). Y en Romanos 6:5: “Porque si fuimos plantados con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección”.
La realidad de la comunión con Dios y entre los redimidos se hace posible una vez que perdonados y limpiados con la sangre de Cristo, nos hacemos partícipes incorporados de Su cruz, en la cual hallamos además de perdón, también liberación. Esta comunión, este amor, esta unidad, son, pues, ahora gracias a la cruz, la prioridad, el propósito de la obra redentora para manifestar a Cristo. Dios quiere nuestra comunión para lo cual nos reconcilió repartiendo a Cristo entre nosotros, para que una vez asimilado, en perfecta comunión, seamos uno, para lo cual es también ingrediente importantísimo la resurrección.
IX
PRIMICIAS: CRISTO RESUCITADO
La fiesta de las primicias seguía íntimamente ligada a la de los ázimos, que seguía a la pascua. Las Primicias representan a Cristo Resucitado: “20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho… 23Pero uno en su debido orden: Cristo, las primicias” (1 Co. 15:20,23b). ¡He allí, pues, lo relacionadamente prioritario! ¡Cristo ha resucitado corporalmente de los muertos y está vivo! ¡Y porque Él vive, nosotros también vivimos!
“Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19b). Pascua: por Cristo perdonados; Ázimos: Por Cristo reconciliados y liberados; Primicias; por Cristo resucitados y regenerados. Vemos, pues, que estas tres fiestas iban juntas como en una gran fiesta, pues señalaban esos íntimamente relacionados aspectos de la obra redentora de Cristo: perdón, reconciliación y regeneración; liberación, justificación y santificación. Dios no quiere tan sólo perdonarnos; quiere también liberarnos, regenerarnos y entonces también resucitarnos plenamente, para lo cual resucitó corporalmente a Jesucristo, para que al participar nosotros de Él, seamos con Él glorificados. Dios apunta, pues, a nuestra resurrección y gloria junto a Él en Su Reino.
Por todo lo cual era necesario también que el Hijo del Hombre, aquel en quien se resume nuestra humanidad, fuese resucitado plenamente, es decir, no tan sólo en espíritu, sino incluido también el cuerpo. Tal resurrección, el milagro sumo dentro de la historia y el tiempo, de Jesús de Nazareth, el Cristo, es la respuesta exacta al problema del hombre: la muerte.
He allí el problema del hombre: ¡la muerte! Su caída es desintegración mortal; depravación, degeneración, degradación, enfermedad, locura, caos, descomposición, dolor, corrupción, y ¡muerte! Separación eterna de la fuente de la vida eterna, que es Dios. Es la muerte en todas sus etapas la maldición que encontramos por doquier, y que hace vanas todas las ansias humanas. Pecar es separarse de Dios; y separarse de Dios es morir. El relato del Génesis nos describe la caída del hombre: “17Mas del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás../…. 17Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. 18Espinos y cardos te producirá; y comerás plantas del campo. 19Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Gé. 2:17; 3:17-l9). He aquí hoy en nosotros y a nuestro alrededor el verdadero cumplimiento de esta sentencia verdadera dada al hombre, que locamente pretendió independizarse de Dios: ¡la muerte!
Pero no se nos dejó sin esperanza; he aquí que la Simiente de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente (Gé. 3:15); “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y se llamará su nombre Emanuel” (Is. 7:14). Dios con nosotros, tomando humanidad de la mujer, la virgen María, aplastó la cabeza de la serpiente antigua, al instigador y emperador de la muerte. Por no pecar, Jesús no se separó del Padre, y tras su muerte por nosotros, Dios lo resucitó testificando de Su filiación y santidad; entonces nos lo dio por vida, resurrección y gloria. La resurrección fue, pues, la muerte de la muerte. En vivir por Su resurrección, en la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, consiste la libertad, la dignidad y la restauración; lo cual operando desde lo íntimo de nuestro espíritu ahora regenerado cual hijos de Dios, convierte nuestra alma y domina nuestro cuerpo, sujetándonos a la voluntad del Padre, en maravillosa alianza que nos da al Espíritu Santo cual primicias y anticipo, desde aquí en la tierra, creciendo en nosotros y fortaleciéndonos hasta la estatura que ocupará en el Reino venidero.
La resurrección de Jesucristo es, pues, ¡fundamento esencialísimo! Sin precursor no hay precursados. ¡Nos consta, pues, que Él resucitó! primero, por el testimonio cierto y válido del Espíritu Santo y de los testigos; y también, por el efecto de Su operación actual en nuestras vidas. Testigos de primera magnitud, tales son sus apóstoles como: Pedro, Juan, Santiago, Mateo, Judas Tadeo Lebeo, que comieron con Él después que resucitó de los muertos, de quienes cuyas palabras y escritos nos ha conservado la Providencia Divina; además, Pablo, también Silvano, Lucas, Marcos, y toda la pléyade de los que recibieron el testimonio directo de los mismos testigos oculares y escribieron, con lo cual se robusteció la tradición ininterrumpida hasta nuestros días. Los doce apóstoles y más de quinientos hermanos testificaron haberle visto vivo después de padecer; también Pablo, y no faltan testigos posteriores.
Testigos de Su operación actual son todos los cristianos verdaderamente regenerados, que por virtud de Él han sido liberados de una vida de pecado, y viven hoy en verdadera santidad.
Enfatizamos, pues, la perfecta y completa resurrección de Jesucristo.
Se nos hace necesario en nuestros días estar avisados contra ciertas personas que niegan la resurrección corporal del Señor; incluso religiosos. Por ejemplo, los russelistas para justificar una supuesta venida invisible de Cristo en 1914, “celestializada”, niegan su resurrección corporal. Por esta causa nos detenemos en señalar como de capital importancia el reconocimiento de Su resurrección corporal.
Pablo escribía a los romanos: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rm. 10:9). Se enfatiza la Persona y la obra. La salvación está implicada profundamente en lo relativo a la resurrección del Señor Jesús, pues, como dice Pablo, si Cristo no resucitó, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres (1 Co. 15:12-20).
Mas, Su resurrección es la que da sentido escatológico a toda nuestra vida.
En cuanto a que fue corporal Su resurrección, nos lo atestigua también Juan al referirse a su cuerpo en el siguiente pasaje: “20Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? 21Mas él hablaba del templo de su cuerpo. 22Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho” (Jn. 2:20-22). Y efectivamente, también Pedro, testificando de la resurrección, cita la Escritura: “26Y aún mi carne descansará en esperanza; 27porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción” (Salmo 16:9,10; Hch. 2:26,27). Y Pedro, en casa de Cornelio, con las llaves del Reino les abría también a los gentiles las puertas testificando:
“40A éste (a Jesús) levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; 41no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos” (Hch. 10:40,41). Es por la corporalidad de Su resurrección que también Lucas en tal contexto registra con todo detalle:
“36Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. 37Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. 38Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? 39Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. 40Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. 41Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? 42Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. 43Y él lo tomó, y comió delante de ellos” (Lc. 24:36-43).
Juan narra además el incidente de Tomás, el cual fue expresamente invitado a meter su dedo en la marca de los clavos, y la mano en el costado abierto por la lanza del centurión (Jn. 20:24-29) Por eso el apóstol Juan hablaba de “lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos” (1 Jn. 1:1). Así que Jesús levantó en tres días su cuerpo, y su carne no vio corrupción, y resucitado así corporalmente comió y bebió, y fue visto y palpado por testigos que dieron su vida por esta aseveración. Entonces ascendió y Él mismo prometió volver. Y “si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1 Tes. 4:14).
¡Jesús está, pues, vivo! ¡Tratemos con Él!
X
PENTECOSTÉS: CRISTO GLORIFICADO
Juan 7:37-39 nos refiere: “37En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso de pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. 39Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado”.
De manera que era necesario que el Señor Jesús fuese glorificado para que el Espíritu Santo pudiese ser derramado sobre toda carne. Y efectivamente, como dijo el apóstol Pedro: “32A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. 33Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hch. 2:32-33), y en seguida les extiende a los presentes, a sus hijos, a todos los que están lejos y a cuantos el Señor nuestro Dios llamare, el importante anuncio de la promesa divina: el don del Espíritu Santo, para que todo aquel que creyendo en el Señor Jesucristo como el Hijo de Dios, Señor y Cristo, le reciba arrepintiéndose y bautizándose (Hch. 2:38,39). Es por eso que el Señor Jesús dijo:
“7Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. 8Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. 9De pecado, por cuanto no creen en mí; 10de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; 11y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. 12Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. 13Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. 14Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. 15Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:7b-15).
Así que es de fundamental importancia, ya que Jesús fue glorificado, beber de Su Espíritu Santo derramado, pues aun cosas que Jesús no habló claramente a los discípulos mientras estuvo en la tierra, prometió comunicarnos a través de Su Santo Espíritu; y lo hizo en la revelación dada por medio de sus apóstoles, según consta y se conforma en el Nuevo Testamento; pacto cuya vida íntima nos es comunicada en la virtud del Espíritu que nos es dado para conocer lo profundo de Dios y lo que nos ha concedido (1 Co. 2:7-16).
Jesús se iba, pero eso nos convenía, pues así, tras su glorificación, vendría el Espíritu Santo a tomar Su lugar dentro de cada uno de sus hijos. Dios está, pues, muy interesado en que seamos y permanezcamos llenos de Su Santo Espíritu, pues es solamente por Su operación que llegamos a entender y a ser partícipes de la obra de Dios por Cristo. El don del Espíritu Santo es algo más que perdón y liberación; es vida y unción. La fiesta de Pentecostés, en cuyo día descendió como un viento recio el Espíritu de Dios para capacitar a la Iglesia, nos señala este sobresaliente aspecto de la obra de Cristo: Derramar, por Él, del Padre, al Espíritu Santo, disponible para toda carne; es decir, dado a cualquier ser humano que lo solicite y por la fe lo reciba obedeciendo, de modo que confiadamente pueda contar con Él, en todo lo que requiere el camino de la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
Dios quiere, pues, que sepamos, y nos lo señala con Pentecostés, que Su Hijo ha sido glorificado, hecho Señor y Cristo, por lo cual ya no hace falta nada para que Su Espíritu opere en nosotros Su redención; es decir, que ahora la plenitud de Su victoria puede ya sernos participada. El Hijo, que vino en el nombre del Padre, ya murió por nosotros, y después de ser sepultado resucitó corporalmente al tercer día en incorrupción; entonces ascendió para ser glorificado, y por Su intermediación, obtener para nosotros la in-habitación de Dios, cuya vida nos restaura y nos devuelve a Su imagen y semejanza profanada con la caída. También el Espíritu que levantó a Jesús de los muertos, vivificará nuestros cuerpos mortales (Ro. 8:11) fortaleciéndonos hoy, y resucitándonos cual a Jesús, en el día postrero, corporalmente también. El Espíritu Santo está, pues, hoy con nosotros en el nombre de Cristo, tomando Su lugar, y es fundamentalísima una estrecha relación con Él.
Por Su muerte en la cruz Cristo nos ha limpiado con Su sangre, perdonándonos, y nos ha liberado al incorporarnos en Él a la crucifixión del viejo hombre; mediante Su resurrección ha dado comienzo a una nueva creación, dentro de la cual somos regenerados; sí, justificados y santificados en Él. Pero además ha enviado Su Santo Espíritu para ungirnos y capacitarnos, y anticipar en nosotros los poderes del siglo venidero, de modo que le sirvamos hoy, cual Iglesia, en la edificación de Su Cuerpo y promoción de Su Reino. ¡Qué importante es la labor del Espíritu Santo! Al mundo convence de pecado, justicia y juicio, y lo guía al arrepentimiento; revela además el Señorío de Cristo (1 Co. 12:3) y nos participa la obra de salvación; hace morar en nosotros al Padre y al Hijo, y Él mismo nos unge para enseñamos todas las cosas y guiarnos a toda verdad, recordarnos las enseñanzas de Cristo, hacer operar Su ley espiritual de vida que nos libera del poder de la operación de la ley del pecado y de la muerte en nuestra carne y naturaleza adámica, contraponiéndole en nuestro espíritu la victoria de Cristo; nos renueva sujetando nuestros miembros a la disposición de la justicia; produce el fruto que es a la vez amor, gozo, paz, benignidad, templanza, fe, mansedumbre, bondad, verdad, justicia; y nos equipa además con dones espirituales; dirige también, en nombre de Cristo, la obra de Dios, y nos sumerge en el cuerpo de Cristo que es uno; etc., etc. (Jn. 14:15-26; Ro. 8:1-17; 6:13; Tit. 3:5,6; Gá. 5:16-25;1 Co. 12:4-11; Ef. 5:9; Hch. 8:29;10:19; 13:2,4; 15:28; 20:22; 1 Ti. 4:1; 1 Pe. 1:10-12; 1 Jn. 2:20,27; Ap. 1:10; 1 Co. 12:13). Es, pues, de capital importancia recibir de Dios por Cristo al Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es Dios mismo; es el Espíritu de Dios que procede del Padre expirado a manera de amor pleno y personal, ejecutor; es decir, es Dios que se entrega cual persona. El Padre ama al Hijo, y el Hijo al Padre con este amor personal que es tal cual el Padre y el Hijo y subsiste eternamente en la misma divina esencia. Por el Hijo, pues, nos es derramado del Padre el Espíritu Santo para hacernos partícipes de la naturaleza divina; sí, mediante sus promesas, entre las que es capital: el don del Espíritu Santo; y no hablo tan sólo de los dones del Espíritu, sino del Espíritu mismo sin medida cual don (2 Pe. 1:4; Hch. 2:38,39). (Esto es para mucho más que tan sólo hablar en otras lenguas o profetizar; es para que conozcamos que el Hijo está en el Padre, y nosotros en el Hijo, y el Hijo en nosotros; y que el que tiene al Hijo tiene también al Padre (Jn. 14:17-20). Tenemos, pues, por Cristo entrada por un mismo Espíritu al Padre, llegando nosotros a conformar Su casa, el templo de Su plenitud, y Su familia (Ef. 2:18-22); y por la asimilación de Cristo: hueso de sus huesos y carne de su carne (Ef. 5:30,32).
Y de la misma manera como el perdón y la liberación la recibimos por fe revelada, también por esa fe se recibe al Espíritu Santo. “Esto dijo del Espíritu que habrían de recibir los que creyesen en él” (Jn. 7:39); “Para que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu Santo” (Gá. 3:14). Para Dios es importante, pues, y para nosotros, que al recibir a Cristo, confiemos además en que podemos contar con Su Espíritu Santo también; y debemos recibirlo igualmente bebiendo de Él por fe; los apóstoles solían imponer las manos después de orar por la recepción del Espíritu por los nuevos convertidos. Él prometió bautizarnos con Espíritu Santo y fuego (Hch. 1:5; 11:16). Hay, pues, para la Iglesia, además de Pascua, también Pentecostés, pues Jesús ya fue glorificado.
XI
TROMPETAS: CRISTO ANUNCIADO
Pero, ¿qué efecto experimentaríamos de la obra de Cristo si no la conocemos? ¿cómo aprovecharla si no tenemos noticia de ella? ¿cómo confiar en Su obra y creer sus promesas, si no hemos alcanzado la oportunidad de conocer y participar (que es el verdadero conocer) del Evangelio de Jesucristo? Es por ello que también aspecto fundamental de Su obra es anunciar; para esto el Padre envió al Hijo (Ef. 2:17), y Éste a la Iglesia una vez que esté ungida del Espíritu. Así que, en la obra de Cristo, después de Su muerte, resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo, sigue el imprescindible anuncio. Después de la fiesta de Pentecostés seguía la fiesta de las Trompetas; y así también estableció Jesús: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Sunto, y me seréis testigos en Jerusalem, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8). Pentecostés, entonces Trompetas.
En el contexto bíblico, las trompetas sirven para anunciar, congregar, declarar juicio; y esto precisamente es lo que hace el evangelio de Cristo: Le anuncia para congregar en Él a Su pueblo, y para dejar sin excusa al mundo pecador (Jn. 15:22). Anunciar a Cristo es, pues, importante, y es la razón de la comisión que recibió toda la Iglesia, según lo escribe el apóstol Pedro: “Pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe. 2:9). Todo el pueblo de Dios debe anunciar el evangelio. Veamos el ejemplo que de la iglesia primitiva nos quedó registrado en Hechos 11:19-21: “19Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. 20Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales cuando entraron en Antioquia, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. 21Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor”. Cada cual debe, pues, testificar a lo menos a los de su misma condición. Para la perfección de tal ministerio de todos los santos, y no para anularlo ni monopolizarlo, fue que Cristo constituyó apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros (Ef. 4:11,12), y esto hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a la estatura del varón perfecto. Por esa razón, toda la iglesia local, al partir juntos el pan y bendecir juntos la copa, anuncia la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Co. 10:16,17; 11:26). Por eso también cada uno tiene: o salmo, o doctrina, o revelación, o lengua, o interpretación (1 Co. 14:26), y cada uno debe ministrar a los otros, como buen administrador, la gracia multiforme recibida según el don de Dios (1 Pe. 4:10-11). Por esta razón también, había en Israel dos trompetas: una relacionada al ministerio especial de los Ancianos; y otra relacionada a todo el pueblo.
Pero de cualquier manera, si Cristo era anunciado, Pablo se alegraba, como escribe a los Filipenses: “15Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad. 16Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones; 17pero los otros por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio. 18¿Qué pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún” (Fil.1:15-18).
He aquí, pues, el indiscutible y gran misterio de la piedad: “Fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Ti. 3:16b).
Que las trompetas den, pues, sonido certero (1 Co. 14:8) para que al anunciarse a Cristo, la participación de la fe sea eficaz, en el conocimiento espiritual de todo el bien que está en nosotros por Cristo Jesús (Flm. 1:6).
XII
EXPIACIÓN: CRISTO ABOGADO
Así como la pascua nos recuerda el sacrificio de Cristo hecho una vez para siempre por el cual fuimos liberados del Egipto espiritual, es decir, salvados, así también esta fiesta de la expiación nos presenta la aplicación permanente del precio pagado por Aquel que continuamente intercede por nosotros. Cada año Israel debía colocarse bajo la protección de la expiación; lo cual nos señala la necesidad de vivir cubiertos por la sangre del Cordero, para lo cual podemos acudir a Dios mediante el único mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. Este aspecto de Cristo, cual abogado, mediador e intercesor, cual sacerdote perenne según el orden de Melquisedec, es de fundamental importancia, pues, aunque ya hayamos sido salvos, liberados y regenerados, y aunque ya hayamos recibido Su Espíritu Santo, e incluso estemos sirviéndole al Señor, aún queda la posibilidad de fallar, de cometer un error involuntario, de descuidarnos y desfallecer, es decir, caer; ante lo cual precisamos no quedarnos postrados y sin esperanza, sino que habiéndonos arrepentido, acudamos a Dios por medio de nuestro abogado intercesor, para recuperar nuestra comunión perdida. Por eso nos dice la carta a los Hebreos: “1Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, 2ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (8:1,2). Y en Hebreos 4:14-16 nos dice: “14Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. 15Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. 16Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.
El apóstol Juan explica (1 Jn. 2:1,2): “1Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. 2Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.
El Verbo, pues, que en el principio estaba con Dios, y era Dios, se hizo carne, hombre semejante a nosotros (Jn. l:1,2; Fil. 2:5-8), y fue tentado en todo conforme a nuestra semejanza saliendo victorioso y aprendiendo la obediencia por el sufrimiento (He. 4:15; 5:8); como Verbo hecho Hombre y cual hombre murió y resucitó y se sentó a la diestra de la Majestad como mediador y abogado cual Hombre, además de Señor; sí, Jesucristo Hombre, hecho Sumo Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec en el poder de una vida indestructible, de modo que compadeciéndose de nuestras debilidades, habiendo sido Él también tentado, puede interceder perpetuamente a nuestro favor; es por eso que Juan en su carta primera nos escribe que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (2:7); es decir, que mientras permanezcamos en la fe de Jesucristo y con la decisión de hacer la voluntad del Padre, Dios nos mantiene cubiertos continuamente bajo la sangre del Cordero, viéndonos a través de Su Hijo Jesucristo.
Ahora bien, ¿hasta cuándo durará esto así? es importante conocerlo, pues falsos profetas se han levantado proclamando el fin de la gracia; pero, mientras la ofrenda esté en el santuario y la sangre en el propiciatorio, el trono es de gracia y no de juicio. Esto en el caso de no afrentar al Espíritu de Gracia. Y puesto que Jesús es esa ofrenda, en el Santísimo como nuestro representante y precursor, y en nosotros por la vida de Su Espíritu, entonces, mientras Él esté en el Santuario a la diestra del Padre, cual Hombre, la puerta de la gracia permanece abierta; y Él está sentado allí hasta que todos sus enemigos, incluido el último, la muerte, sean puestos bajo las plantas de sus pies. (ver Salmo 110:1; Mr. 16:19; Hch. 3:21). Dice Romanos 8:34: “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. (Ver 1 Co. 15:25-28; Col. 3:1-4;1 Ti. 2:5; He. 10:12,13). Por lo tanto, recién en la hora en que los suyos seamos transformados y resucitados venciendo al último enemigo, es el momento en que conste haber dejado la diestra del Padre para venir como Dios y hombre en gloria y majestad, para dar retribución. Hasta esa hora, la puerta de la gracia está abierta debido a la presencia del Cordero expiatorio en el Santísimo. El es Sumo Sacerdote para siempre. (He. 7:21). Aún durante la Gran Tribulación muchos lavarán sus vestiduras espirituales en la sangre del Cordero (Ap. 7:14).
XIII
TABERNÁCULOS: CRISTO ESPERADO
La fiesta de las cabañas o de los tabernáculos era la última del año, llena de regocijo, y se llevaba a cabo después de la cosecha. Los israelitas dejaban sus casas habituales y moraban en tabernáculos, señalando con eso su carácter de peregrinos. Fue en el último día de la fiesta de los tabernáculos en que Jesús se puso de pie e invitó a Sí al pueblo. Con esta fiesta, la séptima, se completa el círculo, y cual sombra de Cristo, nos lo señala a Éste regresando. La segunda venida de Cristo es la que da sentido escatológico a todo el caminar cristiano.
La segunda venida de Cristo es la meta de nuestro peregrinar, pues allí nos encontraremos definitivamente con Él para estar siempre a Su lado. Es, pues, tiempo de la cosecha y de gran regocijo, cuando dejando nuestra morada terrestre, seremos transformados y trasladados. También, si nuestra morada terrestre se deshiciere antes de aquel día, tenemos un tabernáculo no hecho de manos, eterno en los cielos (2 Co. 5:1).
La fiesta de los tabernáculos apunta hacia el establecimiento definitivo del Reino; por eso profetizó Zacarías: “Y todos los que sobrevivieren de las naciones que vinieren contra Jerusalem, subirán de año en año para adorar al Rey, a Jehová de los ejércitos, y a celebrar la fiesta de los tabernáculos” (14:16). El perder su vida en este mundo los cristianos, tiene el sentido en el regreso de Cristo. Él prometió volver, y con esto da la razón de la conducta cristiana. Su regreso es además el mayor estímulo. Así que la verdad acerca de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo es de fundamental importancia. Debemos, pues, atesorar tal esperanza y animarnos con la certeza de Su regreso próximo. Él lo prometió así:
“2Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:2b,3).
Aunque Él ya ha vuelto en Espíritu desde Pentecostés para unirnos con Él en lugares celestiales, también regresará corporalmente en gloria y majestad.
Debemos asimismo comprender que es el mismísimo Verbo hecho carne cual Jesús de Nazareth, el que regresará en gloria y majestad, con ese mismo cuerpo, ahora incorruptible y glorificado, con el que fue crucificado y resucitado corporalmente, palpado así por sus discípulos, y ascendido a la gloria. Cuando Él ascendió corporalmente a la vista de sus discípulos, dos ángeles dijeron a éstos: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:11). En Su venida todo ojo le verá (Ap. 1:7), pues viene con poder y gloria en las nubes (Mt. 24:30) para dar retribución (2 Tes. 1:7,8) y establecer definitivamente el Reino de los cielos. Esto debería bastarnos para no dejarnos engañar por la multitud de falsos cristos, que en cumplimiento a las profecías de Jesús acerca de falsos profetas y falsos mesías, han aparecido últimamente alrededor del mundo engañando a muchos (Mt. 24:4,5,11,23-27; Marcos 13:5,6,21-23; Lucas 17:22-26; 21:8).
En Su venida en las nubes, nosotros los suyos que le esperamos, le recibiremos transformados, junto con los resucitados justos, en el aire; y descenderemos juntos a juzgar y reinar con Él (1 Tes. 4:15-17). Esta es, pues, la gran esperanza que Dios ha puesto delante de nosotros, y por la cual luchamos. Con la segunda venida de Cristo, en las nubes, se termina el curso de la historia universal en su modalidad humana; y entonces toma lugar la modalidad divina la economía celestial. Enfaticemos, pues, todos estos aspectos de la obra de Cristo.
FUNDAMENTOS / 3
PARTE III
“12b…cuáles son los primeros rudimentos de las palabras
de Dios…; 1blos rudimentos de la doctrina de Cristo…,
1cel fundamento del arrepentimiento de obras muertas,
de la fe en Dios, 2de la doctrina de bautismos,
de la imposición de manos, de la resurrección
de los muertos y del juicio eterno”.
Hebreos 5:12b; 6:1b,c,2
XIV
LOS PRIMEROS RUDIMENTOS
Teniendo, pues, en cuenta la Persona y la Obra de Cristo, comprendamos la razón de Su doctrina, la cual se nos presenta también con cierto orden, es decir, atendiendo a las prioridades y comenzando por los primeros rudimentos de las palabras de Dios, según el decir de la carta a los Hebreos (5:12). Recordemos que en la apartado V acerca de “La Doctrina” enumerábamos con Hebreos 6:1,2, aquellas cosas que constituían los rudimentos de la doctrina de Cristo; es decir, el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, la fe en Dios, la doctrina de bautismos, imposición de manos, resurrección de muertos y juicio eterno. Y efectivamente, si consideramos las citas de Mateo y Marcos donde se resume el comienzo del contenido de la predicación de Jesucristo cuando empezó a recorrer Galilea y los alrededores enseñando en las sinagogas, y poniendo el fundamento de Su enseñanza, veremos en las susodichas citas (Mt. 4:17; Mr. 1:14,15) que el contenido fundamental era arrepentimiento y fe, unidos a la expectativa escatológica del Reino.
De manera que realmente podemos deducir del resumen de Mateo y Marcos acerca del contenido de sus primeras enseñanzas, que lo enumerado en Hebreos 6:1,2 era realmente los primeros rudimentos de la doctrina de Cristo.
Jesús decía: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (a vosotros) (Mt. 4:17). “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mr. 1:15). Vemos, pues, que el arrepentimiento era ingrediente fundamental; y al decir: “creed en el evangelio”, la fe en Dios lo era también. Y en cuanto a bautismos, imposición de manos, resurrección de muertos y juicio eterno, queda implicado en el resumen fraseado: “el reino de los cielos se ha acercado”, pues resurrección y juicio están íntimamente relacionados al Reino; y bautismos también, en lo relativo a la entrada; la imposición de manos tiene que ver con la autoridad del Reino que se introduce y promociona.
Resulta, pues, conveniente comenzar cual Jesús, y de la manera que lo hicieron los apóstoles. Consideremos entonces un poco más detenidamente cada uno de estos “ingredientes”, es decir, estos primeros rudimentos de las palabras de Dios, de la doctrina de Cristo; pues, aunque Hebreos 6:1,2 exhorta a la Iglesia a ir adelante a la perfección dejando ya los primeros rudimentos, se dirige, según el capítulo 5, verso12, a los que debían ser ya maestros; no obstante, en aquellos que apenas comienzan y de los que no debe esperarse ser aún maestros (1 Ti. 3:6), debe comenzarse atinadamente colocando el fundamento.
XV
ARREPENTIMIENTO
El primer llamado del evangelio es al arrepentimiento; sin arrepentimiento no hay evangelio. El llamado a la fe incluye el arrepentimiento. La palabra griega traducida arrepentimiento es “metanoia” [μετάνοια], de “meta”, cambio, y “nous”, mente; tiene que ver, pues, con un cambio de mente, pues, como dice Proverbios:
“Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (23:7). La persona se comporta según el ánimo con que enfrenta a la vida, y tal ánimo es según el pensamiento que abriga de ella. No puede, pues, cambiarse la conducta mientras se tenga en el corazón una actitud negativa y de enemistad contra Dios. El propósito del evangelio es la reconciliación del hombre con Dios, con los demás hombres y con el resto de la creación. De allí la urgente necesidad de una “metanoia”, es decir, de un verdadero arrepentimiento o cambio de actitud ante Dios, los hombres y la naturaleza.
Dios, en este tiempo, manda a todos los hombres, en todo lugar, que se arrepientan, pues ha establecido un día de juicio (Hch. 17:30.31).
La introducción del evangelio es, pues, esta: “Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado (a vosotros)” (Mt. 4:17); esto es lo que comenzó a predicar Jesús, y lo que mandó a sus apóstoles a predicar. “46Fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; 47y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc. 24:46,47). Jesús declaró pues: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc. 13:5); y el apóstol Pedro, con las llaves del Reino, cuando fue preguntado por lo que había de hacerse, abrió las puertas con la inamovible declaración:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38); y en la puerta llamada la Hermosa, declaraba:
“Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hch. 3:19).
No puede, pues, comenzarse a edificar el Reino de Dios sin arrepentimiento. Tan sólo personas arrepentidas entran al Reino; no puede tener entrada quien permanezca duro en su corazón contra Dios y los hombres, destruyendo la tierra, sin reconocer sus pecados y encaprichándose soberbiamente en sus ofensas al Creador y sus criaturas.
Arrepentimiento significa, pues, reconocimiento de nuestra culpabilidad, unido a una confesión de ésta, pidiendo perdón donde corresponda, si sólo a Dios, o también a los hombres en caso de haberlos ofendido; entonces, con sinceridad y honestidad, decidir aborrecer de allí en adelante ese pecado, y proponerse, esperando y contando con la ayuda de Dios, a no practicarlo más, procurando en lo posible restituir el daño, haya sido éste contra la confianza, la honra, los bienes, o cualquier otra cosa. A todo pecado, injusticia o transgresión debe abarcar nuestro arrepentimiento, pues necio sería reservarnos el lujo de acariciar aun ciertos pecados favoritos desechando apenas aquellos que nos esclavizan menos. Debemos ser drásticos y honestos con nosotros mismos, acatando en la confianza y esperanza de Su gracia, la demanda divina. El arrepentimiento es, pues, una íntegra actitud de corazón que se vuelca hacia la búsqueda de la perfecta voluntad de Dios, a pesar de nuestra debilidad.
Es la gracia de Dios la que hace que el Espíritu Santo nos convenza de pecado, justicia y juicio; sí, es Dios quien nos concede el arrepentimiento (2 Ti. 2:25). Por ello, ante nuestra vileza y dureza, debemos levantar los ojos a Dios pidiendo Su gracia que nos convierta (Jer. 31:18). Mientras tengamos conciencia de responsabilidad, elevemos a Dios la súplica para que no nos abandone en nuestros pecados, sino que nos fortalezca para el arrepentimiento. Su gracia, que no ha quitado nuestra responsabilidad, posibilitará nuestra sincera conversión.
El arrepentimiento no es además una experiencia de una sola vez, sino que debe ser la experiencia inmediata ante cualquier caída; también a la iglesia se le llama al arrepentimiento (Ap. 2:5,16,22; 3:3,19), y mucho más cuando sabemos que no sólo hay pecados de acción, sino también de omisión, es decir, cuando sabiendo hacer el bien, no lo hacemos (Stg. 4:17).
La apostasía voluntaria que reniega de Cristo exponiéndole a vituperio, aleja la posibilidad de un futuro arrepentimiento (He. 6:4-8; 10:26-31); por lo cual, la Iglesia, es decir, cada cristiano, no debe dejar deslizarse su corazón en el endurecimiento del pecado (He. 3:12,13). La morada de Dios es un espíritu contrito y humillado, el cual así, no será de Él despreciado (Salmos 34:18; 51:17; Prov. 16:19; 29:23; Ecls. 7:8b; Miq. 6:8).
XVI
FE EN DIOS
“Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6). El llamado de Dios comienza, pues, con un llamado a la fe: “Creed en el evangelio” (Mr. 1:15). Dios, pues, nos pide que tengamos confianza en Él. En la base de nuestra fe están los HECHOS históricos de la REVELACIÓN de Dios; Dios se ha revelado, pues, a Sí mismo, y sobre ese testimonio histórico descansa nuestra fe; (histórico, no sólo referido al pasado, sino a la continua intervención de Dios en la historia, en la vida de las personas). La fe viene, pues, por el oír la Palabra de Dios (Ro. 10:17). Para invocar a Dios confiándose en Él, es, pues, necesario que oigamos de Él primero: “2Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. 3Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David” (Is. 55:2b,3). Oímos, pues, para conocer los hechos de Dios; entonces, el testimonio que Él ha dado, y da, de Sí mismo, engendra en nosotros la fe; entonces tenemos confianza para invocarle y recibir de Él lo que nos ha prometido, pues ha sido Suya la iniciativa de poner tal esperanza delante de nosotros.
Por eso hizo antes EVIDENTE Su poder y Deidad mediante la creación (Ro. 1:19,20), y vemos Sus huellas dentro de nuestra propia conciencia (Ro. 2:14-16).
Por eso también habló a los hombres por sus escogidos y pregoneros como Enoc, Noé, Abraham, Moisés y los profetas; pero principalmente, en el cumplimiento del tiempo, y en atención a sus anuncios proféticos, nos habló por Su Hijo Jesucristo (He. l:1,2), el cual, después de ascender a la gloria, envió Su Espíritu Santo a la Iglesia, la cual, desde los apóstoles, es depositaria del testimonio Divino y de la Palabra de la fe:
“10El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree, a Dios le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de Su Hijo. 11Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. 12El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida”. (1 Jn. 5:10-12). Y “8Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. 10Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. 11Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere no será avergonzado… 13porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro. 10:8b-11,13).
Para invocar hay que creer, y para creer, oír; y para que oigamos, nos fue enviado testimonio (Ro. 10:14-17), y éste es, pues, que Jesús de Nazaret, el Cristo, salió de Dios y vino al mundo siendo el Hijo de Dios nacido de la virgen María (Jn. 16:28; 17:7,8; Lc. 1:30-35), y vivió sin pecado aunque tentado en todo conforme a nuestra semejanza (He. 4:15; 1 Jn. 3:5); murió en la cruz en nuestro lugar y por nuestros pecados, limpiándonos de ellos por Su sangre, y beneficiándonos gratuitamente de ello si creemos (Is. 53:4-11; Mt. 20:28; 1 Ti. 1:15); resucitó corporalmente y ascendió a la diestra de Dios, intercediendo por nosotros y derramando Su Espíritu Santo; volverá en gloria y majestad para juzgar y establecer definitivamente Su Reino, con resurrección de nuestra carne, y juicio eterno de los que no le conocieron (2 Tes. 1:7-10). Es, pues, Jesús, el Señor y el Cristo, y recibirle es recibir vida eterna (Jn. 1:12-13). “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; pero el que no creyere, será condenado” (Mr. 16:16).
Dios ha tomado, pues, la iniciativa, y revelándose nos vino a buscar; entonces nos habla al corazón para que le conozcamos a través de Cristo, y a Sus hechos, de manera que confiados en Él aceptemos la gracia del perdón, de la liberación, de la regeneración, de la renovación, de la unción que es arras o garantía de una herencia eterna e incorruptible por la resurrección de Jesucristo; heredemos, pues, con Él la resurrección gloriosa para un Reino inconmovible. Nos pide apoyarnos en Él; echar todas nuestras angustias y ansiedades sobre Él, y contar con Él mientras permanecemos recibiendo experimentadamente de Él a Jesucristo cual vida, y por Cristo, al Espíritu Santo que nos guía conforme a Su Palabra a toda verdad, y nos participa de lo Suyo vitalmente. Recibir confiadamente de la gracia es, pues, la actitud del creyente.
Creer es confiar, y confiar es contar con Él, recibiendo de Su fidelidad para fortalecernos y para obedecerle voluntariamente, en alianza de nuestras voluntades con la perfecta Suya, cual co-herederos del Reino de Jesucristo, Hijo de Dios. Podemos confiar en Él porque Él ha hecho promesas y se ha comprometido a Sí mismo con juramento de que nos bendecirá en Cristo Jesús (He. 6:13-20; Gá. 3:29). Honremos, pues, Su Palabra aferrándonos tenaz y osadamente a ellas, pues por Sus maravillosas promesas podemos levantar cabeza. ¡Él es Fiel! ¡Lo ha demostrado muchísimas veces! ¡Elijamos lo mejor siempre! el creer de la fe es en el Evangelio, fundamentalmente en la identidad de Cristo, en Su muerte expiatoria por nosotros, en Su resurrección completa y en Su señorío con que establecerá definitivamente Su Reino.
XVII
DOCTRINA DE BAUTISMOS
Jesús mandó que sus creyentes fuésemos bautizados, que nos identificásemos con Él bautizándonos. Mateo y Marcos lo registran: “Id y haced discípulos…, bautizándolos”; “el que creyere y fuere bautizado será salvo” (Mt. 28:19; Mr. 16:16). Los apóstoles, en Su nombre, ordenaron también lo mismo a judíos y gentiles. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos registró varios casos: Hch. 2:38,41; 8:12,16,36-39; 9:18; 10:47,48; 16:15,31-33; 19:1-5; 22:16). Cuando las gentes creían el evangelio, lo normal era que confesaran su fe identificándose con Cristo, invocándole en el bautismo. Con el bautismo mostraban que aceptaban al Hijo de Dios, muriendo y resucitando con Él; bajaban a las aguas y eran sumergidos en ellas, por la Iglesia, a la semejanza de la muerte de Cristo; sepultados en Él y ellas, y subiendo con Él de ellas cual resucitados, en la fe de que al unirnos a Cristo, por Él somos perdonados de nuestros pecados y regenerados. “Sepultados con él, en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Col. 2:12). “3Los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte. 4Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. 5Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (Ro. 6:3-5).
Así que mediante la fe nos ponemos en contacto con el Cristo resucitado, lo cual señalamos para consumarlo bautizándonos e invocándole en obediencia. Lo normal sería, pues, que realicemos esta identificación en fe, por el bautismo. En el tiempo apostólico, los que recibían la Palabra eran bautizados en seguida: Hch. 2:41; 8:12; 9:18; 10:47,48; 18:8; 22:16.
La fe debe preceder al bautismo, pues es mediante ésta (Col. 2:12) que en el bautismo nos identificamos con la muerte y la resurrección de Jesucristo. Por eso Felipe contestó a la pregunta del eunuco por el impedimento o el requisito para ser bautizado, y le dijo: “Si crees de todo corazón, bien puedes” (bautizarte) (Hch. 8:37). Jesús dijo: “El que creyere y fuere bautizado”. No es, pues, tan sólo el que fuere “bautizado” sin creer ni escoger, sino que se debe creer primero.
Jesús dijo que era necesario nacer del agua y del Espíritu (Jn. 3:5). No es, pues, tan sólo del agua, sino que también debe nacerse del Espíritu, el cual se recibe por la fe (Gá. 3:14; Jn. 7:38,39).
El apóstol Pedro escribió: “20Mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. 21El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1 Pe. 3:20b,21). De manera que el bautismo nos salva por la resurrección de Jesucristo; es decir, que la identificación con su resurrección nos salva, lo cual, en figura del arca, realizamos a través de las aguas. No que el rito bautismal cambie la naturaleza de la carne (v.21) quitando sus inmundicias (la ley del pecado y de la muerte en la carne –Ro. 7:17-24), sino que nuestra obediencia al rito demuestra nuestra aspiración ante Dios de una buena conciencia. Es la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús la que nos libra, no de la existencia en la carne de la ley del pecado y de la muerte, pero sí nos libra del poder de tal ley de pecado y muerte, enfrentándole el poder de la muerte al pecado en Cristo y el poder de la resurrección para Dios de Jesucristo; nos libra, pues, por el Espíritu (Ro. 8:1-13). Así que, somos salvados por el “lavamiento” de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo derramado abundantemente por Jesucristo (Tit. 3:5,6). Cristo, pues, purifica a la Iglesia en “el lavamiento del agua” por la Palabra (Ef. 5:26).
Es necesario captar estas dos palabras: “en” y “por”, en las Escrituras referentes al bautismo. Atendiendo al texto griego tenemos que: En (έν) el bautismo somos sepultados y resucitados, mediante, o a través, o por (διά) la fe en el poder de la resurrección de Cristo por Dios (Col. 2:12). También: Somos sepultados juntamente con Él para muerte a través, o por (διά) medio del bautismo (Ro. 6:4). Además: el bautismo está salvando ahora por (διά) la resurrección de Jesucristo (1 Pe. 3:21); es decir, porque significa y efectúa la obediencia de la fe salvadora, por identificación con el Cristo resucitado que regenera participándose a Sí mismo. También está escrito que la Iglesia es purificada por Cristo al (τώ) baño del agua en (έν) la palahra (Ef. 5:26). Además: dice que Nos salvó mediante (διά) el baño de la regeneración (Tito 3:5). Véase, pues, que en el bautismo lo que salva es la sola fe. Además nótese que no se habla de la regeneración del lavamiento, sino del lavamiento de la regeneración; es decir, no que el lavamiento regenera, sino que la regeneración lava. Quien regenera es Dios, por consiguiente mediante la sola fe, que se expresa en el bautismo y conlleva al arrepentimiento.
La fe en Su Palabra y poder, pues, a través del acto voluntario del bautismo, nos identifica con la muerte y la resurrección de Jesucristo.
Entonces, el que cree se identifica bautizándose; y tal identificación por fe, que es sumersión en Cristo mismo, entonces le salva. El que creyendo se ha identificado con Cristo, por Éste es purificado y regenerado. Se nos pide, pues, que realicemos o consumemos nuestra identificación de fe con Cristo a través del bautismo; por eso los apóstoles bautizaban en seguida, aunando el acto de fe y entrega a Cristo recibiéndole, con el bautismo; (ver citas arriba). Cristo, entonces, se ha comprometido a remitir los pecados de aquellos que al creer se arrepientan y se bauticen en Su nombre (Hch. 2:38); prometió además el Espíritu Santo.
La Iglesia, pues, al bautizar, lo hace de parte de Dios, con Su autorización, es decir, “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19); y lo que ella así remita, en la tierra, es remitido en el cielo (Jn. 20:23); igualmente, lo que ella retenga en la tierra, es retenido en el cielo (Jn. 20:23). La Iglesia retiene los pecados cuando por causa de incredulidad y falta de arrepentimiento no bautiza a los incrédulos no-arrepentidos, pues, para el bautismo se requiere una fe verdadera (Hch. 8:37) que conlleva el arrepentimiento; pues, ¿cómo identificarme con la muerte de Cristo, si no estoy dispuesto a morir con Él al pecado y al mundo?
La Iglesia, no obstante, obra de buena fe, administrando reconciliación a todo aquel que voluntariamente profese creer y anhelar el bautismo, aunque sea engañada en su buena fe por algunos, como es el caso que tuvo Felipe con Simón Mago, a quien luego Pedro reprendió (Hch. 8:4-24).
¿Quién debe realizar el bautismo? lo fundamental es la identificación por fe con Cristo del bautizado; no obstante lo ideal es que quien administre el rito sea la Iglesia, ya sea por los apóstoles (Jn. 4:2; Mt. 28:19), ó por los discípulos colaboradores (Hch. 10:48). El Señor directamente mandó a un discípulo de nombre Ananías bautizar a Pablo (Hch. 9:10-19). Puede bautizar, pues, cualquier miembro de Cristo que esté bajo la dirección de la Cabeza que es Cristo, y en comunión con su cuerpo; es decir, que bautiza de parte del Señor y para el Cuerpo, recibiendo a todos los que Cristo reciba. No se bautiza, pues, uno, para pertenecer a una secta o a un ministerio (1 Co. 1:11-17), sino para señalar la realización de nuestra identificación con Cristo y para efectuarla mediante la obediencia de la fe; de manera que en Quien somos sumergidos es en Él, haciéndonos, por Él, miembros Suyos, y por lo tanto partícipes de Su único cuerpo dentro del cual somos inmersos por el Espíritu de Cristo que recibimos mediante la fe viva que obedece. Por eso Pedro, a quien profesaba su fe arrepintiéndose y bautizándose aseguraba la promesa del Espíritu Santo, que es Quien nos bautiza en Un solo cuerpo (Hch. 2:38,39; 1 Co. 12:13).
Lo normal en la Iglesia, en su tiempo primitivo y apostólico, era proceder a practicar el bautismo en las aguas por inmersión al creyente, lo cual está bien perpetuar. Mateo 28:19 nos muestra las palabras que Jesús dirige al bautizador, autorizándole a que lo haga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; es decir, como de parte de Dios mismo, pues es sabido que el Padre envió al Hijo y Éste vino en el nombre del Padre, hablando Sus palabras y haciendo Sus obras; de la misma manera, el Hijo envió en Su nombre al Espíritu Santo, el cual es Su vicario en la Iglesia. El Espíritu Santo opera ahora a través del ministerio de todo Su cuerpo, por lo cual la Iglesia, bajo la comisión de Jesucristo y en el poder del Espíritu Santo, hace discípulos, los bautiza y les enseña de parte de Dios, es decir, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Ahora bien, Pedro dirigió, ya no al bautizador, sino al que se bautiza, el mandamiento de bautizarse cada uno en el nombre de Jesucristo (Hch. 2:38), y así lo hicieron judíos, samaritanos y gentiles, según registra Lucas en los Hechos de los apóstoles (8:16; 10:48; 19:5; 22:16), pues en Cristo Jesús NO hay diferencia entre judío y gentil (Ro. 10:12,13; Gá. 3:27,28; Col. 3:10,11). De manera que el bautizador bautiza de parte de Dios en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y el que se bautiza se identifica con Cristo en Su muerte y resurrección bautizándose en el nombre de Jesucristo. No se trata, pues, de dos fórmulas contradictorias, sino del complemento de dos realidades divinas: la identificación con Cristo del bautizado, y la autoridad delegada del que lo bautiza. Son, pues, realidades complementarias, y no tan sólo meras fórmulas. Cada bautizado debiera comprender que ha sido bautizado o sumergido en Cristo de parte de Dios, es decir, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; el que confiesa al Hijo tiene también al Padre (1 Jn. 2:23).
✥ ✥ ✥ ✥ ✥
Ahora bien, Hebreos 6:2 no nos habla meramente en singular de doctrina de bautismo, sino que nos habla en plural: “doctrina de bautismos”. No se refiere, pues, como a uno de los fundamentos de la doctrina de Cristo tan sólo al bautismo en agua, pues el Nuevo Testamento nos habla también de “Bautismo en el Espíritu Santo”, además de haber hablado de bautismo en Cristo. Dios quiere, no tan sólo perdonamos, liberarnos y regenerarnos, justificarnos, santificarnos y morar en nosotros, lo cual hace sumergiéndonos en Cristo, poniéndonos en Él y a Él en nosotros; pero Él también quiere además investirnos de poder y ungirnos para el ministerio, lo cual hace mediante la investidura y unción del Espíritu Santo. Él pidió a sus discípulos que esperaran en Jerusalén hasta recibir del Padre la promesa, y ser bautizados con el Espíritu Santo, lo cual les invistió de poder (Hch 1:4-8); lo mismo hizo Dios con los gentiles en casa de Cornelio derramando sobre ellos el Espíritu Santo y bautizándoles con Él (Hch. 10:44-46; 11:15-17). Pedro y Juan oraron para que recibiesen el Espíritu Santo los que habían creído y se habían bautizado con Felipe tiempo atrás, sin que descendiera aún sobre ellos (Hch. 8:12-17); lo mismo hizo Pablo con los efesios (Hch. 19:1-6) a quienes luego escribía que desde que habían creído habían sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:13; 4:30); es decir, que los efesios habían tenido la experiencia de la investidura habiendo creído previamente.
El agua vivificante del río que vio Ezequiel (47:1-12) era la misma, ya sea que llegase hasta los tobillos, o las rodillas, o los lomos de Ezequiel; así también, las aguas vivas del Espíritu que reciben por fe los que por esa misma fe beben de Cristo, pueden ser aprovechadas en distintas maneras, según la medida en que por fe beban de ellas y en ellas se sumerjan los creyentes. El Espíritu es dado sin medida, pero muchos desparraman sin aprender a recibir. Debemos, pues, por fe penetrar más y más en el río, recibiendo, experimentalmente, por el Espíritu, la ministración que Éste nos hace del Sumo Bien conseguido para nosotros por Cristo Jesús. Acerquémonos, pues, a beber hasta ser completamente inundados y sumergidos; y hagámoslo así vez tras vez.
XVIII
IMPOSICIÓN DE MANOS
La imposición de manos señala una transmisión, o también una ordenación. En las Escrituras vemos imposición de manos en los momentos de: a) orarse por la sanidad de los enfermos; b) por la recepción del Espíritu Santo; c) por la ordenación al diaconado; d) por la entrega de un don; e) por el envío de apóstoles (Mr. 16:18; Hch. 6:6; 8:17; 9:17; 13:3; 19:6; 1 Ti. 4:14; 2 Ti. 1:6), también queda implicada la imposición de manos en la palabra griega usada al describir la constitución de ancianos.
Por causa de la realidad de la resurrección de Cristo y la realidad de su entrega de dones a los hombres, existe también la realidad espiritual de la delegación de autoridad que proviene directamente de la Cabeza del Cuerpo, que es Cristo Jesús, mediante el Espíritu Santo, y que opera realmente por Su Iglesia en la que existe realmente el ministerio espiritual del Cuerpo, el cual es un ministerio de justificación y reconciliación, bajo el Nuevo Pacto, en el Espíritu vivificante (2 Co. 3:2-11,17,18; 4:1-6). Tal ministración del Espíritu acontece a través del Cuerpo sujeto a Su Cabeza celestial, por lo cual tal Cuerpo recibe la delegación de autoridad en una forma espiritual y viva, y cuando transmite u ordena, en ejercicio de la autoridad espiritual, entonces hace uso de la imposición de manos, como señal de la realización auténtica y espiritual de tal transmisión y ordenación efectuada, bajo la autoridad directa de la Cabeza y en el poder del Espíritu.
Es por eso que Pablo aconsejaba a Timoteo a no imponer las manos con ligereza (1 Ti. 5:22); se imponen las manos con ligereza cuando se hace apresuradamente y con motivos bajos un rito hueco y vacío, desprovisto de la realidad espiritual; es decir, en la mera presunción de la carne y sin la verdadera participación y dirección de la Cabeza, Cristo Jesús. Cuando motivos humanos e intereses particulares mueven a hacer ostentación ritual, pero sin haberse atendido a la voz del Espíritu, se está obrando con ligereza. ¿Estará acaso Dios obligado a vindicar o respaldar lo que atrevidamente hacemos en la carne tomando con osadía y presunción Su propio nombre? Sin embargo, la Iglesia sí tiene Su nombre a disposición para obrar en el Espíritu con auténtica autoridad delegada, cuando se habla en íntima sujeción a la Cabeza celestial. Esa es la razón por la cual vemos a los apóstoles, también al presbiterio, orando antes de imponer las manos (Hch. 6:6; 8:15,17; 13:3; 1 Ti. 4:14). Durante la oración opera una relación íntima con la Cabeza celestial, por lo cual el Espíritu Santo puede revelar e impulsar a una auténtica imposición de manos, señalando así una auténtica transmisión espiritual efectuada, o una genuina ordenación efectuada y nacida desde el seno del Cristo glorificado que constituye.
Cuando Dios verdaderamente ordena o da, entonces entrega el carisma que es evidente de por sí. No es que el título meramente haga al ministerio, sino que el servicio prestado o ministerio, según el carisma provisto por Cristo directamente, tiene su propio nombre o título, que entonces, bajo la evidencia del Espíritu y bajo la dirección de la Cabeza celestial, es reconocido oficialmente en la conciencia de la Iglesia, que acata la autoridad de Cristo manifiesta en el carisma y con la cual se edifica –espiritualmente.
XIX
RESURRECCIÓN DE MUERTOS
Como vimos en el apartado IX, “Primicias: Cristo Resucitado”, el Señor Jesús resucitó corporalmente como primicias, es decir, como precursor de nuestra resurrección. Él resucitó para compartir con nosotros su victoria sobre la muerte. Es fundamento de la doctrina de Cristo la enseñanza divina acerca de la resurrección de los muertos.
Ya el profeta Daniel, por revelación divina a través del ángel Gabriel, nos registró : “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (12:2); lo mismo sostuvo el Señor Jesús cuando dijo: “28Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz (la del Hijo del Hombre); 29y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, saldrán a resurrección de condenación” (Jn. 5:28,29). Habrá, pues, dos tipos de resurrección: una para vida eterna, y otra para condenación. Los que permanezcamos en Cristo por la gracia de Dios resucitaremos para vida.
Jesús declaró: “Y esta es la voluntad del Padre que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 6:40). Pablo escribía a los corintios: “20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. 21Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.
22Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. 23Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. 24Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre” (l Co. 15:20-24a). Existe, pues, un orden para la resurrección, habiendo sido ya Cristo el primogénito de entre los muertos; entonces, a la segunda venida de Cristo, resucitaremos los suyos para vida eterna, como está escrito:
“14Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. 15Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. 16Porque el Señor mismo con voz fuerte, voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:14-17). El arrebatamiento de los cristianos sigue inmediatamente después de la resurrección y de la transformación de los vivos cristianos.
Transformación, resurrección y arrebatamiento de los cristianos fieles están juntos: “51He aquí os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Co. 15:51-52). También Colosenses 3:4 y Filipenses 3:20-21 nos hablan de la transformación hacia la incorruptibilidad de los fieles cristianos al momento de la venida de Cristo en Su manifestación gloriosa. Efectivamente, la séptima trompeta (Ap. 11:15-19) señala el tiempo del juicio de los muertos y del galardonamiento de los santos; galardón que Cristo trae con Su venida (Ap. 22:12).
Los que sean tenidos por dignos del siglo venidero (Lc. 20:35) y de la resurrección de los justos (Lc. 14:14) serán como los ángeles y no se casarán; serán recompensados en esta resurrección de justos, la cual, es, pues, a la final trompeta, la séptima, cuando el Señor mismo con gran voz de trompeta descienda en las nubes para arrebatarnos, enviando a sus ángeles con voz de trompeta a recoger sus escogidos de los cuatro vientos (Mt. 24:30-31). En el orden divino de la resurrección, la resurrección de los justos en Su venida precede a la resurrección de los demás muertos en un milenio: “4Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. 5Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección” (Ap. 20:4,5).
Según 1 Corintios 15:23,24, las primicias fueron: Cristo el Primogénito; en el orden seguiría, pues, la resurrección de los justos en Su venida; es decir, la primera resurrección, al tiempo del galardón, en la séptima o final trompeta; después será el fin, con la resurrección del resto de los muertos después del milenio, quienes resucitarán para juicio, y de entre los cuales se hallan los resucitados para condenación; con su castigo en el lago de fuego se suprime toda oposición a la autoridad Divina, y la muerte misma es echada al lago de fuego siendo definitivamente vencida; entonces habrá cielo nuevo y tierra nueva, y la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, después de que hayan sido suficientemente manifestados los hijos de Dios en Gloria (Ro. 8:19-21). He allí, pues, el orden en que la muerte es desplazada definitivamente por una nueva creación comenzada por la resurrección de Cristo. Jesús es la resurrección y la vida (Jn. 11:25) y es necesario ser hallado en Él para alcanzar la resurrección de los justos (Fil. 3:9-11).
Con el Hijo de “Dios y la Virgen”, la Simiente de la Mujer, es quebrantada definitivamente la cabeza del que tenía en sus manos el imperio de la muerte: la serpiente antigua que es el diablo.
XX
JUICIO ETERNO
Quizá sorprendería el hecho de que quien más habló en el Nuevo Testamento acerca del infierno haya sido nuestro Buen Salvador Jesucristo. Las consecuencias que sobrevendrán a la persona que resulte maldecida en una sentencia en el día del juicio serán horrendas e irreparables; por eso no es de extrañar que quien más ama nos amonesta para apartarnos del deslizadero al insondable abismo de perdición. La naturaleza moral del hombre implica un día en que rendiremos cuenta de nosotros mismos, enfrentándonos al ineludible efecto de nuestros caminos. Salomón, tras examinar implacablemente toda la obra que se hace debajo del sol, concluía:
“13Teme a Dios y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. 14Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Ec. 12:13,14).
Efectivamente, Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hch. 17:31), lo cual es lo mismo que escuchar al apóstol Pedro decir a los gentiles: “Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos” (Hch. 10:42). Ya Jehová había hablado por boca de Isaías: “Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua” (Is. 45:23). Y Enoc profetizaba: “14He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, 15para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Jud. 14b-15).
La razón de nuestra estructura moral y de la responsabilidad de nuestra libertad halla su sentido en ese día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de todos los hombres (Ro. 2:16). Y si existe, pues, en nuestras conciencias la evidencia de un poder legislativo, de hecho, esto conlleva un poder judicial, un tribunal de juicio. No nos pertenecemos, pues no nos hemos hecho a nosotros mismos; ¿acaso alguno de nosotros toleraría que una obra de sus propias manos se levantara contra él intentando arruinar el propósito de su hechura? Es imposible a la simple criatura eludir realmente a su Creador; por eso se nos amonesta tiernamente a despertar del sueño y del delirio de nuestras ilusiones, para acatar con entendimiento la fiel realidad: Hay un solo Soberano y éste es Dios; ama, pero alejarse de Él no puede significar sino irreparable pérdida. Por un lado, El Señor ha prometido inefables recompensas a quienes le aman; por otro lado, ha preparado un lugar que corresponde en contraparte a los que le dejan: fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, donde sus maldecidos encontrarán su lugar apropiado, en el que se hallarán a sí mismos merecedores de castigo eterno (Mt. 25:41). La revelación divina consignada en las Sagradas Escrituras nos habla muy claramente de un juicio final:
“11Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. 12Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. 13Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. 14Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego.
Esta es la muerte segunda. 15Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Ap. 20:11-15).
El apóstol Mateo nos registra las declaraciones de Jesús acerca de su sentarse en el trono de gloria y separar cual pastor a las ovejas de las cabras, juzgándolas según sus obras y brindando el Reino con vida eterna a las ovejas de la derecha; maldiciendo y apartando de sí entonces a las cabras de la izquierda. Existe, pues, un final escatológico: Por un lado, un Reino eterno e inconmovible en Su gloria, cielo nuevo y tierra nueva con la Ciudad de Dios; por otro lado, fuego eterno que nunca se apaga y donde el gusano nunca muere, junto a Satanás y sus ángeles. El lago de fuego y azufre es llamado también Gehena, donde serán echados los condenados con el alma y con el cuerpo resucitado para condenación en la resurrección postmilenial.
Así como la Jerusalén terrenal tenía en las afueras al valle de Hinom o Gehena donde se amontonaba la basura que se agusanaba y se quemaba con fuego, y donde los idólatras sacrificaban niños al demonio Moloch, así también, cual antitipo, la Jerusalén celestial tendrá en las tinieblas de afuera sur respectivo basurero Gehena donde los que viven para Satanás serán agusanados y quemados perpetuamente. La Gehena de la Jerusalén de abajo era un tipo temporal, pero el lago de fuego y azufre, fuera de la Jerusalén de arriba será una Gehena definitiva y eterna. La condenación eterna en la Gehena es, pues, la muerte segunda, y se refiere a la perdición eterna de los resucitados para condenación en alma y cuerpo (Mt. 5:22,29,30; 10:28. 18:9; 23:15,33; Mr. 9:43-48; Lc. 12:5; Stg. 3:6. (Las aquí citadas son todas las Escrituras que en el original griego usan la palabra “Gehena”, traducida por algunos “infierno”).
Examinando, pues, el contexto de todas las Escrituras que hablan de Gehena, vemos que ésta se refiere al definitivo juicio en cuerpo y alma en el lago de fuego y azufre después de la resurrección postmilenial de condenación eterna, pues no sólo se nos habla del alma sino también del cuerpo con sus miembros. Por lo tanto, no debemos confundir la Gehena con el Seol o Hades, el cual será echado al lago de fuego tras el juicio del trono blanco (Ap. 20:14), aunque algunos también lo traduzcan ambiguamente: “infierno”.
Sepamos primeramente que “Seol” (hebreo) es traducido “Hades” (griego), siendo lo mismo, como puede constatarse comparando la cita de los Salmos que hace Pedro (Salmos 16:10; Hch. 2:37). He aquí las referencias bíblicas al Seol o Hades: Gé. 37:35; 42:38; 41:31; Nm. 16:30-33; Dt. 32:22; 1 Sm. 2:6; 2 Sm. 22:6; 1 Re. 2:6,9; Job. 7:9; 11:8; 14:13; 17:13,16; 21:13; 24:19; 26:6; Salmos 6:5; 9:17; 16:10; 18:5; 30:3; 31:17; 49:14: 55:15; 86:13; 89:48; 116:3; 139:8; 141:7; Prov. 1:12 ; 5:5; 7:27; 9:18; 15:11,24; 23:14; 27:20; 30:16; Ec. 9:10; Cant. 8:6; Is. 5:14; 14:9,11,15; 28:15,18; 38:10,18: 57:9; Ezq. 31:15-17; 32:21,27; Os. 13:14; Am. 9:2; Jn. 2:2; Hab. 2:5; (hasta aquí “Seol”); Mt. 11:23; 16:18; Lc. 10:15; 16:23; Hch. 2:27,31: Ap. 1:18; 6:8; 20:13,14; (hasta aquí “Hades”).
Seol o Hades no significan, pues, precisamente “sepulcro” o “sepultura”, lo cual es “queber” (hebreo) y “mnemeion” (griego); significa más bien la dimensión del estado de las almas de los que mueren sin Dios; allí están conscientes y angustiados, adoloridos y en tormento. Hades o Seol no se refiere, pues, a sitios geográficos y sepulcrales, pues no se habla nunca de seoles o hades en plural. El rico epulón le llama “lugar de tormento” (Lc. 16:28). “Tártaro”, también traducido “infierno” (2 Pe. 2:4), se refiere a la prisión de oscuridad de los ángeles caídos que esperan el juicio.
Ahora bien, los que mueren en Cristo, mientras sus cuerpos esperan la primera resurrección a la venida de Cristo, sus almas van a descansar en Su presencia (Fil. 1:23); sí, presentes al Señor (2 Co. 5:1-10), bajo el altar (Ap. 6:9-11), conscientes y felices en el Paraíso o tercer cielo (2 Co. 12:2-4; Lc. 23:43).
La resurrección de los justos será una de galardonamiento y recompensa; es decir, obteniéndose una mejor resurrección según el peso de gloria acumulado (He. 11:35; 2 Co. 4:17; 1 Co. 15:40,42; 3:13–15; 4:5; Ap. 22:12); por lo cual, todos Sus siervos deberemos comparecer ante el Tribunal de Cristo para recibir cada uno según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo (2 Co. 5:10; Ro. 14:7-13; Mt. 25:19-30; Lc. 12:35-48 ; 19:11-27). Entonces el pueblo de los santos, recompensado, recibirá facultad de juzgar a partir del milenio (Is. 32:1; Dn. 7:10,13,14,18, 22, 26, 27; 12:3,13; 1 Co. 6:1-3; Ap. 2:26,27; 20:4-6) y reinará con Cristo eternamente y para siempre.
Por otra parte, he aquí lo que corresponderá a los excluídos del Reino: castigo eterno (Mt. 25:46), fuego eterno (Mt. 25:41) que nunca se apaga y el gusano no muere (Mt. 3:12; Mr. 9:43-48); vergüenza y confusión perpetua (Dn. 12:2); perdición eterna (2 Tes. 1:9) y exclusión de la gloria divina; y el humo del tormento de quienes adoran a la bestia o su imagen y reciben su marca, sube por los siglos de los siglos (Ap. 14:9-11) y no hallarán reposo.
FUNDAMENTOS / 4
PARTE IV
“16Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Viviente… 17Bienaventurado eres…, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos…, 18y sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.
Mateo 16:16b,17b y d,18b
XXI
EL REINO DE LOS CIELOS
SE HA ACERCADO
Con los rudimentos precedentes de la doctrina de Cristo, vemos que se nos anuncia un Reino para el cual se nos señala una puerta. Dios ha prometido, pues, un Reino. El plan eterno de Dios ha sido una Economía donde Su Hijo amado tenga la preeminencia (Col. 1:18; Ef. 1:9-14; Ro. 8:29; Mt. 22:2; 2 Pe. l:11; Ap. 19:16; 22:3-5). El Reino de los cielos que se acerca es, pues, el anuncio del Evangelio; fue lo primero que Jesús comenzó a enseñar (Mt. 4:17; Mr. 1:14,15) y acerca de lo cual enseñó claramente con parábolas (Mt. 5:3,10,19,20; 6:33; 7:21; 8:11; 9:35; 11:11; 12:28; 13:11,19, 24,31,33, 38,41,43, 44,45,47; 18:1,3,4,23; 19:14,23; 20:1,31; 22:2; 25:1,14; Mr. 4:11,26,30; 9:47; 10:14,15; 10:23-25; 12:34; 14:25; Lc. 4:43; 6:20; 7:28; 8:1,10; 9:11,62; 10:11; 11:20; 12:31,32; 13:18,20,28,29; 16:10; 17:20,21; 18:16,17, 24,25,29; 19:12,15; 21:31; 22:16,18,29,30; Jn. 3:3-5; 18:36; Hch. 1:3).
El Reino fue también lo que mandó a los suyos anunciar (Mt, 10:17; 24:14; Mr. 9:2,60) y fue lo que sus apóstoles anunciaron (Hch. 8:12; 14:22; 19:8; 20:25; 28:23,31; Ro. 14:17; 1 Co. 4:20; 6:9,10; 15:24,50; Gá. 5:21; Ef. 5:5; Col. 1:13; 4:11; 1 Tes. 2:12 ; 2 Tes. 1:5; 2 Ti. 4:1,18; He. 1:8; 12:28; Stg. 2:5; 2 Pe. 1:11; Ap. 1:9; 11:15; 12:10).
Es conveniente seguir atentamente todas estas Escrituras que nos hablan de un Reino; constituyen una hermosa panorámica dentro de la revelación. El Reino es, pues, el ambiente normal de la Iglesia, al cual ingresa y dentro del cual se prepara para su establecimiento definitivo con la segunda venida del Señor Jesucristo.
Ahora bien, ¿por qué se dice que tal Reino de los cielos se ha acercado? ¿por qué dijo del Señor que el tiempo se ha cumplido y el Reino se ha acercado? Israel estaba familiarizado con las profecías veterotestamentarias acerca del Reino; Israel esperaba el Reino del Mesías; los profetas habían hablado de él, e incluso, habían señalado los acontecimientos que precederían a tan glorioso evento. David recibió la promesa de que de su simiente se sentaría el Mesías en Su trono para siempre, puesto que de la simiente de Abraham serían benditas todas las familias de la tierra; por lo cual Mateo se apresura a reconocer a Jesucristo como Hijo de David e Hijo de Abraham (1:1) antes de comenzar aún a enumerar su genealogía.
Isaías (2:1-4; 4:2-6; 9:1-7; 11:1-16; 32:1-8; 33:2-24; 35:1-10; 40:1-11; 41:18-20; 42:1-17; 49:8-26; 51:1-23; 52:1-12; 54:1-17; 60:1-22; 61 y 62; 66:1-24).
Jeremías (23:5-8; 30:7-9; 33:15-17, 20-22,25,26).
Ezequiel (11:14-20; 16:59-63; 20:40-44; 36 y 37 ; 39:21-29; 47:13-23).
Daniel (2:44; 7:9,10,13, 14,18,22,26,27; 9:24; 12:1-3,12,13).
Joel (3:16-21), Amós (9:11-15), Abdías (1:17-21), Miqueas (4:1-13; 5:1-15), Sofonías (3:8-20), Zacarías (9:9-17; 10:1-12; 12:1-14; 13:1,2; 14:1-21), Malaquías (4:2,3).
Todos éstos describieron las características de este Reino, y lo que sucedería cuando estuviese cerca. De igual manera, los profetas hablaron del Mesías sufriente y de Sus padecimientos necesarios antes de las posteriores glorias. Daniel, incluso, en su profecía acerca de las 70 semanas, señaló el día de la visitación del Mesías, en cuya fecha exacta Jesús entró en un burrito a Jerusalén; con razón decía: “El tiempo se ha cumplido”; por lo cual Pablo escribía también a los Gálatas que Dios había enviado a Su Hijo venido en “el cumplimiento del tiempo” (4:4). La serie de imperios anunciada a Daniel en sus visiones, llegaba a su fin: Babilonia, Media y Persia, Grecia, y entonces Roma, la última bestia, bajo la cual murió el Mesías y contra la cual se desbordarían los acontecimientos apocalípticos, de lo cual el apóstol Pablo ya amonestaba, y bajo lo cual, nosotros hoy en día, nos hallamos inmersos, viendo el desarrollo perfecto del cumplimiento profético a punto de parir el anunciado Reino de los cielos. Así que verdaderamente el Reino de los cielos se ha acercado. La Iglesia ingresa en él y lo anuncia, primero espiritualmente, y entonces, cuando Cristo regrese, ya pronto, quedará establecido sin oposición alguna; primero, con el milenio, y entonces, para siempre en el Cielo Nuevo y la Nueva Tierra, con la Nueva Jerusalén, el monte de Sion y el imperio eterno del Mesías.
XXII
LA REGLA
Si bien Dios permitió que las cartas del apóstol Pablo tuviesen autoridad universal hoy, no obstante, históricamente hablando, el apóstol se dirigía a personas individuales (Timoteo, Tito, Filemón), o a iglesias locales (Romanos, Corintios, Efesios, Filipenses, Colosenses, Tesalonicenses); y descontando a “Hebreos”, tenemos sin embargo más ampliamente que la carta a los gálatas iba dirigida ya no a una sola iglesia local, sino a varias dentro de aquella región donde precisamente Pablo fue pionero con Bernabé: Galacia. El tema de la carta, además, era nada menos que la regla del evangelio, dirigida a una amplia jurisdicción histórica, y reconocida tal regla hoy como verdad universal.
En aquella carta Pablo comienza exponiendo su autoridad con la que abordaría el tema: era apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, no de hombre ni por hombre; y había recibido de Dios el evangelio por revelación, siendo especial comisionado de Dios para los gentiles; tenía el respaldo de la diestra de compañerismo de los apóstoles columnas, Jacobo, Cefas y Juan, quienes reconocieron la gracia que le fue dada sin añadirle nada nuevo; hablada, pues, con autoridad divina. En su carta anatematiza, pues, todo otro supuesto “evangelio” que no sea el que ellos han recibido de él; evangelio que a continuación expone en su carta, que termina entonces así: “Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios” (Gá. 6:16); entonces, como quien ha dejado todo claro y establecido, añade que de allí en adelante nadie le cause molestias.
La carta, pues, a los gálatas (que es corroborada por Romanos, 2 Corintios, y el resto del Nuevo Testamento), es de una importancia vital y fundamental, pues establece “la regla”, o sea, según la palabra griega, “el canon” de lo que es el evangelio cristiano y apostólico, fuera de lo cual, lo demás es anatema, aunque fuese presentado por un ángel del cielo (Gá. 1:8,9). No podemos minimizar esto, sino que debemos atenderlo con suma devoción; y en cuanto a “fundamentos”, he aquí, pues, una consideración vital.
El meollo de la carta es la justificación por la fe, que también obra por el amor; el andar en el Espíritu que se recibe de gracia por la fe en Cristo, y que produce un fruto contra el cual no hay ley. La nueva creación es la clave aquí, en la que somos libertos de las pasiones de la carne y de la esclavitud bajo la ley de los rudimentos del mundo. No nosotros, sino Cristo en nosotros. He allí el evangelio.
La correcta exégesis, bajo la unción del Espíritu Santo, de la carta a los gálatas, es alimento de primera magnitud para el establecimiento de la verdad. Entonces, la carta a los romanos, retomando el mismo tema, profundiza la exposición. Nadie puede justificarse ante Dios pretendiendo haber cumplido la ley, pues todos hemos pecado muchas veces en la debilidad de la carne. La ley ha puesto de manifiesto nuestro pecado, pero no nos ha dado vida para poder cumplirla, sino que nos ha condenado. Esta vida nos la ha regalado Dios por Jesucristo mediante el Espíritu Santo prometido, que recibimos al creer en Cristo, quien al morir por nosotros llevó también a la muerte la vieja creación caída, y por Su resurrección comenzó una nueva creación que nos es donada gratuitamente en el Espíritu, si lo recibimos por fe. Tal fe da lugar a Cristo en nuestra vida, el cual, ahora, por gracia, opera según el Espíritu produciendo el fruto que es amor y todo lo demás, en lo que se cumple toda la ley y los profetas.
No estamos, pues, ahora bajo el régimen viejo de la letra de la ley, como exigiéndole a la carne que en su atroz debilidad haga obras espirituales agradables a Dios; ¡no! sino que más bien estamos bajo la gracia, bebiendo por la fe del Espíritu de Cristo, y obteniendo por la confianza en Él, el don de la justicia; justicia gracias a la satisfacción del sacrificio de Cristo; gracias a la operación del Espíritu Santo recibido por una fe viva que obra por el amor. Este don de la justicia es, pues, fundamento de salvación, ya que somos salvos no solamente por Su muerte sino también por Su vida. ¡Cristo en nosotros, la esperanza de gloria!
XXIII
SOBRE ESTA ROCA
A esta altura de nuestro esquema, quepa ya el momento de volver a considerar aquel importante pasaje de Mateo 16:13-20, donde el Señor mismo revela sobre qué Roca iba a edificar su Iglesia.
Tratándose nuestro estudio acerca de “los fundamentos”, conviene ahora, después de lo ya expuesto, considerar el importante pasaje de la roca.
En Cesarea de Filipo, Jesús introdujo entre sus discípulos una solemne conversación acerca de Sí mismo; el tema era sobre Su identidad.
Jesús deseaba a propósito que se manifestase el punto hasta el cual los suyos y los hombres habían logrado identificarle. Su identificación, el conocimiento de Él, era el contexto preparado adrede por Jesús, pues estaba a punto de hacer una de las declaraciones más trascendentales para la Iglesia: acerca de la Roca sobre la que Él iba a edificarla.
Entonces Simón bar-Jonás, ante la pregunta de Jesús acerca de quien decían los hombres y ellos que era Él, respondió solemne y acertadamente: “16Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”; a lo cual Jesús le respondió: “17Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Las puertas del Hades no prevalecerían, pues, sobre la Iglesia de Cristo fundada sobre la Roca. ¿Cuál Roca?
Cuando Simón bar-Jonás identificó y confesó a Jesús de Nazareth como el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor le llamó bienaventurado por esta razón; llamándole ahora a Simón, en arameo, Cefas; es decir, piedra, Pedro, en griego. Simón bar-Jonás fue convertido en Pedro, un hombre común convertido en “piedra”, cuando gracias a la revelación divina pudo conocer a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Esto le hizo bienaventurado. Entonces Jesús añadió: “sobre esta roca edificaré mi iglesia”.
El Señor no le dijo a Pedro: “sobre ti edificaré mi Iglesia”, sino que dijo: “sobre esta roca”. Usó con Pedro la segunda persona, “tú”, pero ahora, hablándole a él, usa la tercera: ésta roca, refiriéndose a aquella sobre la que edificaría. No habló, pues, precisamente de Pedro, sino de aquello que acababa de declarar a Pedro, a saber:
“Bienaventurado… porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. ¡Esa es, pues, la Roca! El Hijo del Dios viviente confesado por directa revelación divina; Jesús reconocido espiritualmente como el Cristo, Hijo del Dios viviente. Tal revelación de Cristo confesada, hace bienaventurada piedra viva para ser edificada en Él, a quien la reciba directamente de Dios; pues ¿qué puede prevalecer contra aquello que Dios mismo ha establecido? Dios nos establece revelándonos a Su Hijo para que le confesemos. “No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”, pues también: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre” (Mt. 3:27), y ninguno puede venir al Hijo para ser salvo y edificado, si el Padre que envió a Cristo, no lo trajese (Jn. 6:44,45, 65). Debe, pues, sernos dado directamente del Padre el conocer a Cristo; conociendo al cual, conocemos al único Dios; conocimiento tal que es la vida eterna (Jn. 17:3). Cristo siéndonos revelado directamente del Padre y confesado con la boca desde el corazón, ¡es la Roca sobre la que el Señor edifica a Su Iglesia! Su Persona (Jesús, Hijo de Dios), Su obra y Su doctrina (la del Cristo) deben sernos enseñadas directamente de Dios para que podamos ser edificados. Sin tal conocimiento espiritual del Señor Jesucristo es imposible el nuevo nacimiento, el crecimiento y la madurez cristianos. Tan sólo participando de tan bienaventurada revelación divina somos asentados sobre la realidad del Reino de los cielos.
Todo lo que no plantó el Padre celestial será desarraigado (Mt. 15:13), pero “arraigados y sobreedificados” en Jesucristo, andaremos y seremos confirmados en Él (Col. 2:7). En Cristo somos, pues, sobreedificados. A éstos, el mismo apóstol Pedro también llama “piedras vivas” de la casa espiritual de Dios (1 Pe. 2:4,5). Somos hechos “piedras vivas” para ser sobreedificados en Cristo, de la misma manera como fue hecho “piedra” Simón bar-Jonás: concediéndosenos confesar al Hijo revelado. Nadie puede llamar a Jesús “Señor” sino por el Espíritu Santo, mas quien creyendo lo confiese invocándole, será salvo (1 Co.12:3; Ro. 10:9).
Tal revelación del Hijo que Pedro confesó, le abrió las puertas del Reino de los cielos; por eso Jesús le dijo: “19Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que atares sobre la tierra habrá sido atado en el cielo; y lo que desatares en la tierra habrá sido desatado en los cielos”. En el texto griego, el enfático y exclusivista “y a ti daré las llaves…”, no aparece; sino que simplemente dice: “doso soi” [δώσω σοι] (dare-te), o sea, apenas: “te daré las llaves”. Tampoco en el texto griego aparece el futuro perfecto “será atado” o “será desatado” en los cielos, sino que dice: “estai dedeménon” [εσται δεδεμένον] (habrá sido atado), lo mismo que dice: “estai leleménon” [εσται λελυμένον] (habrá sido desatado); es decir, que el cielo habrá atado o desatado aquello que revele para hacerse así en la tierra. Esta aseveración a Pedro por parte de Jesús, fue también hecha a la Iglesia por el Señor según Mateo 18:18; no es, pues, exclusiva de Pedro. La iglesia local debe, pues, operar según le haya sido revelado del cielo, atando y desatando en la tierra lo que ya “estai dedeménon” (habrá sido atado), o lo que “estai leleménon” (habrá sido desatado) en el cielo. Vemos, pues, así a la iglesia, y a cada miembro suyo en particular, operando bajo la directa gobernación de la cabeza celestial. Por eso es tan imprescindible la bendita y bienaventurada revelación del Hijo. Dios habla en los postreros días por el Hijo (He. l:1,2). Las riendas de la Iglesia siguen, pues, tan sólo en las manos de Aquel que está sentado a la diestra del Padre esperando que todos sus enemigos le sean puestos por estrado de sus pies. La autoridad radica, pues, en la revelación divina por parte del Padre de la cabeza única del cuerpo, Cristo Jesús. Cristo reina en el reino de la verdad, sin la violencia de la espada, como enseñó a Pilato (Jn. 18:36,37), y los que son de la verdad oyen Su voz (1 Jn. 4:6). “A él oíd” ordenó el Padre (Mt. 17:5). La espada la tiene el Estado para los transgresores, y estará en la boca de Cristo en su segunda venida.
Desde la gloria el Señor mismo constituye apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, revelándose a ellos para que puedan ministrarle espiritualmente al pueblo como ministros competentes del pacto del Espíritu (Ef. 4:10-16; 2 Co. 3:2-12; 3:17,18; 4:1-6).
El diablo entretanto ha sembrado la cizaña, la cual junto con el trigo
debe crecer hasta el día de la siega (Mt. 13:24-30, 36-43). No obstante, toda planta no plantada por el Padre será desarraigada en su hora; mientras tanto se nos enseña a hacer el reconocimiento por los frutos (Mt. 7:15-20); conocimiento según el Espíritu (2 Co. 5:16).
El que no haya nacido, pues, del agua y del Espíritu, regenerado por un nuevo nacimiento, no podrá ver el Reino de Dios ni entrar a él (Jn. 3:3,5), pues el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios que no puede entender, pues es preciso discernirlas espiritualmente (1 Co. 2:10-16). El nuevo nacimiento acontece cuando recibimos al Hijo y confesamos la revelación del Hijo identificándonos con Él, que ha de formarse en nosotros de gloria en gloria hasta el pleno conocimiento de Dios en la estatura de Cristo.
Tan sólo el Espíritu vivifica (Jn. 6:63), y el fortalecimiento espiritual del hombre nuevo interior que es el único que rinde frutos eficaces para Dios, deber ser la prioridad, y es lo verdaderamente valioso.
Todo lo demás, lo que haya nacido de la carne y que haya sido operado en virtudes meramente naturales, es reprobado, ya que no soporta la prueba del fuego, y por lo tanto no puede formar parte del edificio o casa espiritual de Dios (Jn. 3:6; 1 Co. 3:11-15; 15:50; Ef. 2:18-22; 1 Pe. 2:5). La Iglesia es columna de una verdad que es realidad espiritual evidente por sus frutos, lo cual tan sólo brota de la suministración del Espíritu por la revelación divina del Hijo. Sobre esta Roca edifica, pues, Cristo a Su Iglesia, de manera que las puertas del Hades son neutralizadas y derrotadas por la virtud del Cristo resucitado que vive en cada miembro de Su cuerpo místico iluminándolo y fortaleciéndolo.
El verdadero magisterio es, pues, tan sólo aquel que ministra de, en y por el Espíritu Santo y para la gloria de Dios, pues la competencia del ministerio consiste en la ministración eficaz de vida por el Espíritu (2 Co. 3), lo cual es, pues, lo único que, como decíamos, rinde evidentes frutos eficaces para Dios, reconciliándole efectivamente todas las cosas, en la realidad, y no meramente en huecas apariencias. Se nos exhorta, pues, a guardarnos de los lobos vestidos de ovejas, personas que apenas tienen apariencia de piedad, pero cuya eficacia les es extraña, pues que en su interior apenas hay rapacidad. Esta rapacidad se manifiesta en el negocio de la religión organizada carnalmente, que se ornamenta exteriormente y se autoexalta con títulos altisonantes, como pretexto para su avaricia y vanagloria. Se nos exhorta, pues, a seguir la fe, la paz, la santidad, la justicia y el amor, con los de corazón limpio que invocan al Señor, conocidos por sus frutos (Mt. 7:15-20; 23:1-36; 2 Ti. 3:1-9; 2:22).
“Conoce el Señor a los que son suyos; y: apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Ti. 2:19); he allí el sello que auténtica el firme fundamento de Dios; para esto, verdaderamente “nihil obstat”.
XXIV
EL SELLO DEL FIRME
FUNDAMENTO DE DIOS
Un sello es la señal o marca que autentica oficialmente un reconocimiento o una aprobación. Cuando algo no es reconocido o aprobado, entonces carece del sello oficial de autenticación, con lo cual se declara falto o insuficiente, falso o espúreo, peligroso y reprobado todo aquello que no haya recibido el sello. Los hombres, pues, pretenden hacer descansar el edificio de su salvación en diversos tipos de fundamentos, sean estos personas, experiencias, opiniones, métodos, formas, ritos, prácticas, asociaciones, organizaciones, etc.; sin embargo, el único fundamento que realmente es declarado firme de parte de Dios, es Jesucristo (1 Co. 3:11); de manera que quienes auténticamente se hallan arraigados y sobreedificados en Él cual sobre roca fundamental, poseen entonces el sello de autenticación que reconoce y aprueba su fundamentación. Tal sello es el que citamos en al apartado anterior: “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Ti. 2:19).
El sello tiene, pues, dos caras: “conocidos de Dios”, una; y “santidad de vida en los que invocan a Cristo”, otra. Por la parte de Dios, el Señor conoce a los que le pertenecen, a los que conforme a Su propósito son llamados. Y a éstos que antes conoció, también predestinó, llamó, justificó y glorificó en Cristo Jesús (Ro. 8:28-30). A su vez, éstos mismos, por la parte del hombre, son los que aman a Dios guardando sus mandamientos al vivir en Cristo. Los inicuos no son, pues, reconocidos de Dios. Jesús dijo:
“21No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
22Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? 23Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:21-23).
Así que la fe verdaderamente viva se muestra en sus obras de amor (Stg. 2:14-26; Gá. 5:6); así como la circuncisión sirvió a Abraham como señal de su pacto con Dios, así también, la circuncisión espiritual de corazón certifica nuestra alianza cristiana con el Señor; el corte de “la carne” y el despojamiento del viejo hombre, hacen públicamente manifiesto en nuestras vidas que estamos viviendo íntimamente unidos a Cristo. Así que todo aquel que invoca para salvación a Cristo y se confía verdaderamente en Él, exhibirá espontáneamente un amor a Dios y a los hombres, que es fruto evidente de su arraigo y fundamentación en Cristo.
La iniquidad es, pues, incompatible con la fuente sustentatriz divina, y por lo tanto no es reconocida por Dios; atribúyese, pues, la iniquidad a un falso fundamento. Nadie puede sostenerse en tal arena movediza. El hacer lo que Cristo manda es lo que demuestra la Roca sobre la que estamos fundados.
Los que aman a Dios y en verdad le siguen, son los mismos a quienes Dios reconoce; Dios acepta a quienes se hallen verdaderamente en el Amado (Ef. 1:6); éstos mismos son Sus conocidos que viven por Su gracia, de la cual extraen frutos de santidad que apartan de la iniquidad. No será reconocida, pues, aquella virgen fatua que pretendiendo esperar a Cristo apenas duerme y sueña estando desprovista, en su vasija que es el alma, del aceite de Su Espíritu (Mt. 25:12). Quien no tenga el Espíritu de Cristo, no es de Él (Ro. 8:9); y quien teniéndolo en su espíritu, lo contrista y lo paga, no andando en Él, verá afectada su recompensa, y no será reconocido para el milenial reino de los cielos.
FUNDAMENTOS / 5
PARTE V
“3Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo del la paz; 4un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; 5un Señor, una fe, un bautismo, 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”.
Efesios 4:3-6.
XXV
LA UNIDAD DEL ESPÍRITU
“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef. 4:3). “Porque por un sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Co. 12:13; comparar con Gálatas 3:28; Col. 3:10,11). A todos, pues, los que hemos recibido a Cristo se nos suministra del mismo Espíritu Santo, con lo cual se establece la base de la comunión. Se nos exhorta entonces a guardar la unidad del Espíritu. Dice “guardar” puesto que la unidad del Espíritu es ya un hecho dado. Todos los que personalmente, por la fe en Cristo, bebemos del Espíritu dado, somos introducidos mediante Él en una comunión espiritual que se constituye en el terreno de una única casa espiritual de Dios, que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Es el Espíritu el que nos introduce en el Cuerpo; por lo tanto, sin ese Espíritu se está fuera del Cuerpo; mas al beber del Espíritu, Éste nos comunica en Sí con el resto de todos los suyos.
El terreno básico del compañerismo cristiano es esta comunión del Espíritu que se efectúa en siete aspectos complementarios: Un Espíritu, un Cuerpo, una misma esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre (Cfr. Ef. 4:4-6). Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él (Ro. 8:9), pero quien ha recibido a Cristo, tiene Su Espíritu morando dentro, y por lo tanto participa del mismo Padre, sumergido en la misma identificación con Cristo, por la misma fe básica y fundamental con la que se somete al mismo Señor, teniendo la misma vocación o llamamiento, dentro del mismo Cuerpo. Por lo tanto, a todos los que estamos sobre esta misma base se nos exhorta a “guardar” el hecho divino de la unidad del Espíritu. Es una comunión espiritual que nosotros mismos no fabricamos, sino que de hecho existe, pero que si no guardamos con solicitud, entonces perdemos parte de sus beneficios y colocamos estorbos al plan divino.
Dios se ha propuesto reconciliar todas las cosas en Cristo (Ef. 1:10), por lo cual ha crucificado en Su cruz todo lo perteneciente a la carne y a la vieja creación, comenzando con la resurrección del Hijo, una nueva creación reconciliada y en armonía perfecta con Dios y consigo misma, lo cual nos es suministrado primeramente por la virtud del Espíritu Divino que toma lo del Padre y el Hijo y nos lo participa (Jn. 16:15); de manera que en el Espíritu residen todos los valores de la reconciliación perfecta, siendo el mismo Espíritu el amor personal del Padre y el Hijo. De modo que quien tiene al Espíritu tiene al Hijo, y quien tiene al Hijo tiene al Padre, y esta naturaleza divina que es puro amor es un hecho participado a cada renacido en Cristo; por lo cual se nos exhorta, no a producir, sino a guardar con solicitud tal unidad del Espíritu.
De manera que la comunión cristiana está delimitada simplemente por la participación o no con el Espíritu de Cristo. Debemos recibir a quien Cristo ha recibido, sobre la única base de la común participación con el Espíritu de Cristo. Erigir carnalmente otros muros o requisitos es levantar estorbos y defensas contra el propósito divino de reconciliación. Existen enemistades en la carne que se han levantado para demarcar dentro del compañerismo cristiano un laberinto de limitaciones, con exclusiones injustas, y con inclusiones ilegítimas.
Todo esto se ha hecho por no mantenerse en el terreno básico de la unidad del Espíritu. Solamente esta comunión del Espíritu logra reunir en reconciliación a todos los hijos de Dios; por lo tanto, es escrituralmente reprochable cualquier unificación basada en criterios carnales tales como raza, nacionalidad, sexo, liderazgos, clase social, operaciones, dones, ministerios, sectas, etc. La base de la comunión cristiana es únicamente la unidad del Espíritu evidenciada en la común participación de un mismo cuerpo, Espíritu, esperanza, Señor, fe, bautismo y Dios Padre. Toda otra delimitación queda prohibida. No podemos asociarnos en base a la raza fabricando sectarias fraternidades negras, o blancas, o asiáticas, o indígenas, y pretendiendo para ellas la suficiencia de “iglesia”. ¡No! sino que todos, indígenas, asiáticos, blancos y negros, etc., judíos y gentiles, todos somos uno si estamos en Cristo Jesús, y somos ya de hecho partícipes de la comunión del Espíritu; por lo cual no debemos separarnos, sino guardar y manifestar la unidad del Espíritu viviendo el Amor Divino de la reconciliación.
Tampoco podemos agrupamos por nacionalidades pretendiendo hacer supuestas “iglesias” macá, o coreanas, o alemanas, o rusas, etc. ¡No! sino que todo lo que heredamos en Adán ha sido crucificado con Cristo, y en Su resurrección ha surgido para nosotros una misma vida por cuyo Espíritu somos todos los que vivimos por ella, uno; sin tener en cuenta la nacionalidad. Los supuestos valores carnales del nacionalismo son infinitamente superados por los auténticos y eternos valores cristianos de la comunión universal de los copartícipes con el Espíritu de Cristo. La vida en el poder del Espíritu supera las rivalidades y orgullos nacionalistas y disipa las enemistades. La comunión en el Espíritu nos obliga, pues, a recibirnos en Cristo plenamente reconciliados.
De igual manera acontece en el ámbito de las diferencias de clase social y sexo. En Cristo no hay varón ni mujer, siervo ni libre, sino que es el mismo Cristo viviendo por el mismo Espíritu y operando en todos, hombres y mujeres, ricos y pobres, cultos e incultos, patrones y empleados, reconciliando por la virtud de la comunión del Espíritu, a todos en la verdad, el amor y la justicia. Asociarse con los humildes es, pues, lo normal para los ricos genuinamente cristianos. Trabajar como para Cristo junto a sus patrones, es lo normal de los proletarios cristianos. Amarse y encontrarse como hermanos, viendo cada uno por los intereses también del otro, es lo normal de los contratos cristianos. Un nivel diferente no es aún verdaderamente cristiano.
Esta inefable alianza cristiana sólo se debe a la comunión del Espíritu, lo cual es un hecho divino provisto ya en Cristo Jesús por el Espíritu; por lo tanto, con solicitud, y vinculados en la paz de Cristo, debemos guardar tal unidad del Espíritu, extrayendo de Su virtud, el vigor de nuestra reconciliación, y la realización consumada de ésta. Es, pues, imprescindible andar en el Espíritu de Cristo para ser beneficiarios experimentados de la unidad del Espíritu.
En la Iglesia, tampoco podemos girar alrededor de líderes o ministerios. No podemos hacer a Cefas el centro y la razón de nuestra comunión; tampoco a Pablo, ni tampoco a Apolo, ni tampoco a nuestra independencia (1 Co. l:11-13; 3:3-8). Los nuestros son todos los de Cristo, y no apenas los de Cefas. Cefas es nuestro y nosotros de Cefas en todo lo que compartimos de Cristo. No más allá del Espíritu de Cristo, ni más acá, no podemos establecer límites de comunión. La comunión se debe solamente a la unidad del Espíritu, y Éste ya mora en los que Cristo ha recibido. Cristo ha recibido a quienes le han recibido a Él. Debemos recibir de Cristo a todos sus miembros, y no hacer diferencia entre ellos por causa de líderes, ministerios, operaciones, dones, funciones y actividades. No podemos, pues, tampoco girar alrededor de misiones, u organizaciones, o denominaciones, o sectas, por más extensas que estas sean; nunca igualarán al Cuerpo de Cristo, y por lo tanto las limitaciones que imponen son inconvenientes. Debemos guardar la unidad del Espíritu dentro de un sólo Cuerpo valorándola más que nuestras afinidades naturales y más que toda asociación que cierre su círculo en base a requisitos ilegítimos de liderazgos, misiones, estatutos, etc. Solamente la completa y perfecta comunión del Espíritu, cuya unidad es ya un hecho que guardar, está en sintonía con los planes del propósito divino; no debemos, pues, enaltecer nuestras divisiones, sectarias y carnales, por encima y en contra de la reconciliación divina de todos sus hijos dentro de un solo cuerpo.
XXVI
UN CUERPO
La Iglesia universal que es el Cuerpo de Cristo, puesto que Cristo no está dividido, es, pues, una sola, de la que forman parte todos los hijos de Dios. No hay un sólo hijo de Dios que esté fuera de Su Cuerpo, puesto que para ser hijo de Dios debe participar de la vida de Cristo, lo cual se hace recibiéndole por fe. Si participa un hijo de Dios de la vida de Cristo, entonces es un miembro de Su Cuerpo. Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él; y por el hecho de no participar de Cristo, entonces ningún no-regenerado ajeno a la vida de Dios puede participar de Su Cuerpo que está formado por tan sólo miembros de Cristo. El Cuerpo de Cristo está, pues, formado por todos sus miembros, que son todas aquellas personas donde Cristo mora. Siendo, pues, Cristo uno solo, Su Cuerpo es también uno solo; como está escrito: “Un cuerpo” (Ef. 4:4).
“Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Ro. 12:5).
“12Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo…” (l Co. 12;12,13), “16Mediante la cruz reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. 21…un templo santo en el Señor” (Ef. 2:16,21).
“La paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo…” (Col. 3:15).
Este cuerpo único de Cristo formado de la suma de todos sus hijos en toda época y lugar, es la Iglesia universal; y a ella pertenece por derecho propio y sin necesidad de otro “ingreso”, toda persona que se haya identificado con Cristo Jesús, siendo efectivamente renacida por la virtud del Espíritu suyo. Una vez que Cristo haya recibido a una persona, esa persona queda incorporada a Él, y Cristo mora en ella haciéndole miembro Suyo. Todos Sus miembros, sin faltar ni sobrar ninguno, formamos Su cuerpo, y somos de hecho y por derecho la Iglesia universal.
Este cuerpo tiene una sola Cabeza y una sola Vida: Cristo Jesús. La autoridad dentro del Cuerpo radica, pues, exclusivamente en la Cabeza, Cristo Jesús, y opera exclusivamente por Su Espíritu, moviéndose a través de todos los miembros y delegando a cada cual un servicio en el Espíritu. Este servicio en el Espíritu es una manifestación espiritual evidente por sí misma, constituida directamente por la Cabeza y reconocida en la comunión del Espíritu por los miembros del Cuerpo sujetos a la misma Cabeza.
Cada carisma tiene, pues, su propia autoridad delegada, la cual se mantiene viva una vez que esté sostenida por el suministro del Espíritu y la autoridad de la Cabeza. Cristo no sólo dona carismas, sino que además delega responsabilidades. Carisma y responsabilidad, aunque no son lo mismo, están íntimamente relacionados, pues de cada talento debe rendirse cuentas. Sin embargo, carisma y responsabilidad son diferentes; la autoridad del carisma es moral; en cambio la autoridad del comisionado a una responsabilidad es además oficial. Cuando Cristo, la Cabeza, encomienda una responsabilidad, obviamente otorga también el carisma necesario para sobrellevarla. La encomienda es delegada con una autoridad oficial ungida con el carisma de autoridad moral.
Veamos un ejemplo para entender la diferencia entre autoridad oficial y autoridad moral; las dos delegadas directamente de Dios: En la familia, el padre es el primer responsable de su marcha, por lo cual se le debe sujeción; su autoridad es oficial. Si ese padre vive sujeto a Cristo, posee además autoridad moral; pero si no, de todas maneras es el responsable de su familia, por lo que dará cuentas; y por lo tanto sigue siendo suya la autoridad oficial, aunque moralmente se haya deslizado de su dignidad. Y ya que fue Dios quien otorgó esa autoridad oficial, por lo tanto merece respeto.
En el cuerpo de Cristo la Cabeza delega Su autoridad a quien quiere; a cada miembro una jurisdicción; y ante Su tribunal se rendirá cuentas. La autoridad oficial en la obra del Señor la tienen los apóstoles, y dentro de la iglesia local el presbiterio de ancianos, quienes son los obispos de la ciudad. Autoridad moral tiene todo miembro sujeto a la Cabeza, pero los comisionados tienen una responsabilidad especial por causa del encargo. Cualquier carpintero puede hacer una mesa (autoridad moral), pero el responsable es aquel a quien se le contrató para hacerla (autoridad oficial). El cuerpo está, pues, sujeto a Su Cabeza sometiéndose a Su autoridad por el Espíritu Santo. Debemos, pues, someternos a la autoridad del Espíritu, que delega autoridad moral y oficial en Sus miembros.
Aunque la Cabeza delega autoridad, no por eso se desliga del Cuerpo, sino que en sus manos permanecen las riendas, y con cada miembro hay un contacto vivo; con la oración se apela a la justicia de la Cabeza.
La cabeza es el único Coordinador suficiente de todos los miembros; y ya que Cristo es el Coordinador (Ef. 2:21), no podemos encerrarnos en círculos denominacionales, sectarios o estrictamente misionales, sino que debemos estar abiertos a la comunión con todos los hermanos, permitiéndole a la Cabeza asociarnos, dirigirnos y complementarnos. Recordemos que Cristo es nuestra paz, y que en Sí mismo ha hecho de muchos: Un solo y nuevo hombre. Solo, porque Cristo es único; y nuevo, porque proviene de la virtud de la resurrección; un solo y nuevo hombre: el Cuerpo de Cristo (Ef. 2:15,16).
No importa cuán multiforme aparezca la gracia, el Cuerpo es uno; no importa cuánta diversidad haya entre funciones y actividades, ministerios, dones y operaciones, Dios es uno, el Señor es uno, el Espíritu es uno, y entonces el Cuerpo es también uno. Nuestro deber es recibir a todos los que Cristo ha recibido, de la misma manera como Él nos recibió a nosotros (Ro. 15:7). Somos aceptos en el Amado por las infinitas riquezas de Su gracia derramada en Cristo para todos sin distinción.
XXVII
UN ESPÍRITU
Como ya vimos en el apartado XXV (La unidad del Espíritu), la comunión de los miembros del Cuerpo de Cristo se debe fundamentalmente a la unidad del Espíritu, uno sólo, pues, es el Espíritu el que debe operar en el Cuerpo: el Espíritu de Cristo. Con esto queremos señalar que quedan completamente reprobadas todas las acciones que procedan de otra fuente distinta al Espíritu Santo. Lo que es nacido de la carne es carne, lo cual para nada aprovecha, pues no puede heredar el Reino (Jn. 3:6; 6:63; 1 Co. 15:50). Es recibida toda persona que tenga el Espíritu de Cristo; y de tal persona se recibe toda acción nacida en el Espíritu. Y puesto que existen otros espíritus que operan error, se hace necesario probar los espíritus, examinarlo todo y retener lo bueno (1 Jn. 4:2; 1 Tes. 5:21). El Espíritu Santo se caracteriza por su confesión de Cristo (1 Jn. 4:2,3), y por Su fruto (Gá. 5:22,23), pues el espíritu de la profecía es el testimonio de Jesús (Ap. 19:10).
Esto no significa que una persona que posea el Espíritu de Cristo nunca vaya a cometer una falta o error, pues la persona sigue siendo libre y es su deber someterse voluntariamente al Espíritu Santo sin contristarlo, lo cual no siempre acontece. Pero sí significa que, aunque la persona tenga el Espíritu de Cristo y sea miembro de Su Cuerpo, no por eso serán aprobadas sus acciones nacidas de la carne y por la instigación tramposa de otros espíritus. Pablo escribía a los gálatas:
“1¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? 2Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? 3¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzando por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gá. 3:1-3).
Vemos que aunque los gálatas habían recibido el Espíritu Santo que podía guiarlos a toda la verdad, erraban en su niñez espiritual por no sujetarse a Él, sino más bien seguir obrando en la carne. Tales gálatas eran aceptados como hermanos, ya que poseían el Espíritu de Cristo, pero no eran aceptadas sus acciones en la came ni sus doctrinas fascinadas por error. Un concilio de numerosas personas no representa en sí ninguna garantía si no está sujeto al Espíritu Santo.
Es muy posible, y sucedió varias veces en la historia, que sus conclusiones fueron apenas el consenso mayoritario de una democracia carnal, o el eco sobornado y amedrentado de poderosos intereses personales. No es la voz de la carnalidad de la mayoría la que gobierna en el Cuerpo de Cristo, sino, siempre, Su Cabeza, Cristo Jesús, operando por medio del Espíritu Santo que evidencia Su verdad, santidad, amor, poder, dominio propio, gloria, etc.
Reconocemos, pues, tan sólo a un Espíritu, el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo (Mt.10:20; Jn. 15:26; Gá. 4:6), Espíritu de Cristo. Éste mora en todo el Cuerpo y se manifiesta a través de cualquier miembro de Cristo que, dándole lugar, se someta a Él.
Además, el Espíritu Santo inspiró las Sagradas Escrituras y habla siempre en plena concordancia con estas mismas Escrituras que Él mismo inspiró. Atendemos, pues, a la naturaleza del Espíritu por su fruto, por su concordancia con la verdad de las Sagradas Escrituras, y por el consenso de los miembros de Cristo sujetos al Espíritu. Este triple testimonio concuerda, ya que es evidencia y fruto de la unidad del Espíritu. El Espíritu Santo es el Vicario de Cristo que opera en Su nombre llevando adelante los intereses del Reino de Dios. Tal Reino no es ahora de este mundo, y por lo tanto no se impone por la espada, ya que opera en el ámbito de la verdad acatada en los corazones que están por ella, según lo testificó el Señor Jesús a Pilato (Jn. 18:36,37). Para lo demás está el Estado. El que es de Dios, oye a los apóstoles de Cristo cuya doctrina está en las Escrituras; capta además el Espíritu y penetra el evangelio gracias a la iluminación de la revelación divina. El espíritu de error se conoce porque no oye a los apóstoles de Cristo que hablan en perfecta armonía con las Sagradas Escrituras; además, tampoco percibe la luz del evangelio, y su confesión del Cristo adolece de error y falta de revelación (1 Jn. 4:1-6).
Un hijo de Dios puede errar, pero al ser corregido en el Espíritu Santo y con la verdad apostólica escritural, reconocerá la voz de Dios, y seguirá al Buen Pastor, Cristo Jesús. Nadie lo arrebatará de las manos del Padre y el Hijo, que operan a través del Espíritu Santo, ante cuya obra de iluminación y revelación no puede prevalecer el Hades.
Todos, pues, los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios (Ro. 8:14), y es una promesa que todos Sus hijos serán enseñados por Jehová (Jn. 6:45; Is. 54:13). La unción del Espíritu Santo cumple la promesa. El Nuevo Pacto con la Simiente de Abraham es nuestro en Cristo. Desde que estamos, pues, en Cristo, a nadie conocemos según la carne (2 Co. 5:16). Todos los participantes de este mismo Espíritu tenemos por Él entrada al Padre, y somos miembros de la misma familia de Dios, conciudadanos de los santos.
Somos, pues, hermanos, no importa los medios o instrumentos usados por Dios para nuestra conversión y para hacer posible nuestra regeneración en Cristo. Es este único Espíritu de Cristo el que compartido nos hermana; no es el instrumento usado para nuestra pesca, sea misión, denominación, equipo, predicador, etc. Pertenecemos a Dios y a toda su familia, y ella nos pertenece toda por el mismo Espíritu.
XXVIII
UNA MISMA ESPERANZA
“Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación” (Ef. 4:4 ).
“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27).
Dios había prometido en el principio de la humanidad que la simiente de la mujer (Cristo nacido de la virgen María) aplastaría la cabeza de la serpiente antigua, que es el diablo (Gé. 3:15; Ap. 12:9); de manera que el que tenía el imperio de la muerte sería quebrantado; con lo cual sería posible la redención, que significaría un retorno a la gloria de Dios de la que por el pecado fue destituido el hombre. Esta redención la llevaría a cabo la simiente de la mujer. Para cumplir tal promesa, Dios separó a Abraham, asegurándole que en su simiente, la cual es Cristo, bendeciría a todas la familias de la tierra, entregándole en herencia el mundo entero. Este Heredero se sentaría en el trono de David para siempre señoreando desde Sion, y en Su luz andarían también los gentiles; por lo cual, el Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, tomó también, aparte de las ovejas perdidas de la casa de Israel, a sus otras ovejas, nosotros los gentiles, y nos insertó en el tronco de su olivo, llevándonos a un solo redil y bajo un solo pastor, Cristo, el David mayor. Por lo cual, Pablo, apóstol de Jesucristo para los gentiles, declaraba el misterio revelado: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio (Ef. 3:5,6). De manera que verdaderamente, como citábamos al principio, fuimos también llamados a una misma esperanza que se alcanza y se consuma en Cristo para toda la humanidad: participar con Él de Su gloria, como está escrito: “Os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 2:14).
“20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, 21para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. 24Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:20-24).
“2Cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 3Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:2,3).
He aquí, pues, la esperanza que anida en todos nosotros los que tenemos Su mismo Espíritu, siendo por tanto miembros del mismo Cuerpo y coherederos del mismo Reino.
XXIX
UN SEÑOR
He aquí un reconocimiento fundamental dentro de la comunión cristiana: “Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él” (1 Co. 8:6).
La verdad del Señorío de Jesucristo es fundamental a la fe cristiana: “A este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hch. 2:36b). Que Jesús es el Señor, es la confesión insustituible que brota del corazón y los labios de los redimidos: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Ro. 10:9).
Era esta verdad la que con la vida y la palabra envolvía la predicación apostólica, como está escrito por Pablo a los corintios: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús” (2 Co.4:5). Sí, lo que los apóstoles predican es a Jesucristo como Señor; para esto Él nos salvó: “7Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.8Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. 9Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven” (Ro. 14:7-9 ).
Efectivamente, Su sacrificio por nosotros tiene grandes implicaciones, pues nos reconcilia con la voluntad del Padre. Reconocer a Jesús como el Señor significa, pues, vivir y morir para Él, pues, “por todos murió, para que los que viven (es decir, los renacidos), ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co. 5:15).
Pero el Señorío de Cristo no se reduce tan sólo a los cristianos, pues con Su resurrección recibió autoridad sobre toda potestad y carne (Mt. 28:18). No sólo por derechos de creación, ya que el Padre todo lo hizo con el Verbo y por el Verbo y para el Verbo; sino que además, por derechos de redención, por Su compra sacrificial que levantó el embargo del pecado, y por el sustento nuevo de la resurrección. “9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:9-11). Toda criatura, tarde o temprano, deberá, pues, reconocer la soberanía de Dios que ha hecho heredero de toda plenitud a Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.
Sólo bajo las plantas de Sus pies las cosas todas están en su debido lugar, pues sólo a Él corresponde el legítimo derecho. Ser el Señor significa ser el Amo absoluto con pleno derecho. Y Él es doblemente Señor: primero, por naturaleza, ya que en cuanto Verbo es Deidad creadora y sustentatriz, además de ser la meta legítima de todas las cosas con su diseño. Segundo, es también Señor por conquista, porque destronó al usurpador querúbico y venció a la muerte y toda oposición, en sus pruebas humanas, recuperando así lo que había perdido. Es Señor de señores y Rey de reyes, Soberano de los reyes de la tierra, y Cabeza de todo principado y potestad, Heredero de todas las cosas; por lo tanto es Juez con poder de salvar y condenar.
Ante Él doblamos presurosos y contentos nuestras rodillas desde lo profundo de nuestros corazones.
Quien tenga el Espíritu Santo no puede sino reconocer y confesar a Jesús como Señor, pues gracias a Él ha sido trasladado al Reino del amado Hijo de Dios, donde la voluntad del Padre es la perfecta directriz eterna con la que se nos concedió alianza. Estamos los cristianos aliados con Dios y Su santa voluntad, por medio de la lealtad a Su Cristo, Su Ungido al que puso sobre el trono altísimo. El cristiano debe, pues, reconocer que recibir a Jesús como Señor y Cristo, implica otorgar la primera lealtad a los derechos de la corona de espinas del Redentor; Él, primero, antes que nuestra propia vida, familia o propiedades.
XXX
UNA FE
La fe de los cristianos es, pues, la fe del Hijo de Dios; una fe que es don de gracia, nacida del Espíritu cual iluminación de la revelación. Es la fe apostólica, básica y fundamental, es decir, la fe esencial para salvación. No hablamos aquí de pormenores en la interpretación de doctrinas menores que apenas afectarían el galardón y no la salvación, pero hablamos, sí, de la fe, la única fe, la imprescindible para la salvación; aquella establecida bajo Cristo, apostólicamente: “8Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Ro. 10:8,9). Esta es, pues, la fe apostólica: Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, es el Señor, quien habiendo muerto por nuestros pecados ha resucitado corporalmente en incorrupción, y está vivo cual soberano Altísimo y cual Rey supremo a quien podemos invocar para salvación.
Por eso Pablo, antes de anunciar aquello a los corintios en su primera carta, antes de establecer lo que constituía primeramente el evangelio de salvación, fe única, se expresa escribiéndoles: “1Os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1 Co. 15:1,2). Y entonces establece la persona, la muerte y la resurrección de Cristo por nosotros como núcleo del evangelio de salvación, la fe esencial. Sí, era una declaración apostólica y salvífica de descomunal importancia; la fe apostólica, la fe recibida de los cristianos primitivos en los albores del cristianismo. Esta debe ser, pues, la fe mínima que se debe imprescindiblemente exigir a un hombre para reconocerlo cristiano; no podemos rebajar esta mínima exigencia. Está sobre el terreno básico de la comunión cristiana solamente quien de todo corazón crea y confiese a Jesús como el Cristo, como el Hijo del Dios viviente, como el Señor, muerto por nuestros pecados y resucitado. Sin esta fe y confesión se está fuera del círculo de la unidad del Espíritu, con lo cual se demuestra no tener el Espíritu de Cristo, que a Él glorifica; y por lo tanto, la tal persona no es aún de Cristo. No basta reconocerle como mero profeta, un luminar más de entre otros en la humanidad. Es preciso poseer la fe, una fe, la única. De allí brota y se establece el canon, la regla (ver apartado XXII).
XXXI
UN BAUTISMO
Un cristiano debidamente establecido y fundamentado, es uno que necesariamente ha pasado por la experiencia de identificación espiritual con Cristo. Este “un bautismo” es el bautismo en Cristo con el que somos revestidos de Él (Gá. 3:27; Ro. 6:3). Una vez que por la gracia de Dios hayamos podido reconocer en Jesús al Cristo, y a Su obra como la base de nuestra salvación, entonces debemos voluntariamente identificamos con Él, en Su muerte y resurrección, para perdón y liberación nuestra en Él, y para regeneración por Su Espíritu.
Para que fuese manifiesta tal identificación, tal toma de posición, el Señor estableció que la confesáramos exteriormente por medio de la confesión pública y el bautismo en agua; de manera que al consumar nuestra identificación de fe, aspirando a una buena conciencia, garanticemos la certeza de nuestra salvación por la promesa de su palabra: “el que creyere y fuere bautizado será salvo” (Mr. 16:16).
Estar bautizado en Cristo, es decir, debidamente identificado por fe con Él, habiéndole invocado de corazón personalmente y de forma voluntaria, es requisito básico para ser hallado dentro de la comunión cristiana y sobre el terreno de salvación. Ahora bien, y ¿qué es lo imprescindible para tal bautismo en Cristo? primero: la fe auténtica y de corazón en Él y Su obra; fe que entonces obedece invocándole, confesándole e identificándose con Él en Su muerte y resurrección.
Los que hacían esto en los tiempos bíblicos bajaban a las aguas para ser bautizados en señal de la consumación de su identificación en fe con Cristo en Su muerte y resurrección; así confesaban su nueva toma de posición, ahora en Cristo Jesús. Quien salva es, pues, Cristo mismo que opera por Su Espíritu ministrando la salvación a través de la fe que actúa identificándose con Él; con lo cual la persona es bautizada y revestida en y de Cristo. La fe auténtica se apropia suficientemente de la provisión, y también se exhibe con confesión pública que se gloría en la Gracia. No aconsejamos, pues, descuidar el descenso a las aguas.
XXXII
UN DIOS Y PADRE
Por último, anotamos como ingrediente fundamental de la unidad del Espíritu, el reconocimiento del único Dios verdadero, Yahveh-Elohim, Padre de todos los regenerados en Cristo: “4Un cuerpo, y un Espíritu…, una misma esperanza…, 5un Señor, una fe, un bautismo (y por último entonces); 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Ef. 4:4-6).
Lo primero que en la declaración apostólica notamos es que Dios es uno. Solamente existe un solo Dios verdadero, y fuera de Él no hay Dios. Monoteísmo es, pues, la religión del Espíritu. Lo segundo que captamos es que este único Dios es efectivamente Dios, el único Dios.
Deidad es, pues, de lo que se habla aquí, con lo cual queda implicada la omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia del Ser Supremo, principio y fin de todas las cosas. Pero este único Dios, no es apenas el elemento de un sistema filosófico; ¡No! sino que es el “Yo Soy el que Soy” que se ha revelado a Si mismo en forma definida e histórica; Él es Yahveh Elohim; Él que es en Sí mismo y se revela a Sí mismo.
Es, pues, Un Dios Trascendente, distinto de su propia creación, pues es “sobre todos”. Todo lo ha creado de la nada y a todo le ha dado un propósito. Además permanece inmanente también, a la par que trascendente, sosteniendo todas las cosas, pues Él es “por todos”, como dijera el apóstol Pablo: “27No está lejos de cada uno de nosotros. 28Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hch. 17:27b, 28a). Esta inmanencia Suya que sostiene toda la creación, no es sin embargo panteísmo, puesto que Él es trascendente, Otro, aparte de Su creación; Él es anterior a ella, causa y sentido de ella. Este único Dios es, pues, el Autor y Dueño y el Proveedor.
Observando atentamente los Nombres Divinos podemos captar los atributos de Dios. Sabemos que en el hebreo, y en muchas lenguas orientales, el nombre caracteriza a la persona; es decir, que la realidad de sus atributos es pronunciada y queda, pues, caracterizada en su nombre. Conozcamos, pues, a Dios en cada uno de Sus nombres. Él es ELOHIM, el Todopoderoso (Gé. 1:1); muchos reconocen a Dios simplemente este aspecto: aceptan la existencia de un Ser Supremo, pero no más. Sin embargo, además de: EL, ELAH, ELOHIM, Dios es también ELYON, el Altísimo (Gé. 14:18); nadie sobre Él; Él es el más Alto y como tal Poseedor de cielo y tierra; Él es quien reparte a las naciones su porción. Por lo tanto, Dios es también ADONAI (Gé. 15:2), el Señor; ADON, ADONAI, Amo y Esposo. Pero hay más; Dios es EL-SHADAI (Gé. 17:1), aquel pecho todo-suficiente que amamanta y sostiene sustentando para hacer fructificar. Es EL-OLAM (Gé. 21:33), el Eterno que administra la eternidad; por lo cual es también el Ayudador de Su pueblo, Jehová de los ejércitos, Yahveh-Sabaoth (1 S. 1:3), que sirve en las batallas de Su pueblo.
Su nombre especial en relación a la redención es YAHVEH, en sus siete formas compuestas: YAHVEH-JIREH, el Proveedor; YAHVEH- RAFAH, el Sanador; YAHVEH-NISSI, el estandarte de nuestra vanguardia y victoria; YAHVEH-SALOM, nuestra Paz; YAHVEH-RAAH, nuestro Apacentador y Pastor; YAHVEH-TSIDKENU, nuestra justicia definitivamente establecida; y YAHVEH-SHAMA, el perennemente Presente en medio de los suyos (citas respectivas: Gé. 22:13,14; Ex. 15:26; 17:8-15; Jue. 6:24; Salmo 23; Jer. 23:6; Ez. 48:55).
¿Conocemos así a Dios? ¿Hemos experimentado que Él es todo eso para nosotros? Dios es, pues, también Amor, Santidad, y Justicia, Suma de toda Belleza y Perfección. Pero no solamente es nuestro Creador y Dios, sino que este mismo Dios, el único verdadero, es además nuestro Padre. Por medio de Jesucristo hemos recibido vida eterna, llegando a ser partícipes de la naturaleza divina por su Espíritu, que es garantía de sus promesas (2 Pe. 1:3-4). El único Dios es, pues, también nuestro Padre, y cual hijos de Dios, testimonio de ser lo cual tenemos en nuestro espíritu, podemos decirle: “Papá, Papito”, “Abba, Padre”. Dios ha puesto el Espíritu de Su Hijo en nosotros para que seamos afiliados hijos suyos por Jesucristo, de manera que sepamos que nos ha hecho coherederos con Cristo, y que nos ha amado también como a Él ha amado (Jn. 17:23).
Por todo esto, además de estar Dios trascendente sobre todas las cosas, e inmanente por todos, está también habitando, sí, morando, en todos los que hemos recibido el Espíritu de Su Hijo; pues quien tiene al Hijo tiene también al Padre. “Yo en ellos y tú en mí. En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mi, y yo en vosotros” (Jn. 17:23a; 14:20; 1 Jn. 2:23; 2 Jn. 1:9).
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He aquí, pues, hasta aquí todo lo que se halla en la posesión común de los que partícipamos de la unidad del Espíritu y el Cuerpo de Cristo. Estas son las únicas credenciales que podemos exigir; quien las posea se halla sobre la misma base, y por lo cual, con toda solicitud, debemos guardar con él la unidad ya establecida del Espíritu. El vinculo de la Paz se mantiene sobre este único terreno; y una vez que nos hallemos sobre él, debemos mantener y acrecentar la comunión con todos los hijos de Dios de todo lugar, y en armonía con los de toda época que de hecho están fundados allí.
A partir de esta vida espiritual, el Señor usando de Su multiforme gracia, opera de distintas maneras para llevar a estos, de la unidad del Espíritu ya hecha y por guardar, a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta la estatura del varón perfecto en Cristo Jesús, por alcanzar, ya no guardar. Guardamos la unidad del Espíritu, y alcanzamos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo; para lo cual el Señor constituyó también el magisterio de la Iglesia (Ef. 4:3; 4:10-13). Hay una fe imprescindible que guardar mientras avanzamos a la fe madura por alcanzar en la estatura y el conocimiento pleno de Cristo. Para esto último Dios preparó un ministerio que es también fundamento y columna.
FUNDAMENTOS / 6
PARTE VI
“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles,
en la comunión unos con otros,
en el partimiento del pan
y en las oraciones”.
Hechos 2:42
XXXIII
EL FUNDAMENTO DE
LOS APÓSTOLES Y PROFETAS
“17Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; 18porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. 19Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, 20edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2:17-22).
La Iglesia universal, que es el Cuerpo de Cristo, es, pues, un edificio para Dios formado con muchas piedras vivas, siendo éstas, todos y cada uno de los hijos de Dios (1 Pe. 2:4,5), que al igual que Pedro (Mt. 16:15-19), son hechos piedras aptas para ser sobreedificados y arraigados en Cristo (Col. 2:7), cuando reciben directamente de Dios la revelación de Su Hijo Jesucristo, y entonces lo confiesan desde el corazón apropiadamente. Cada hijo de Dios es, pues, una piedra viva de esta casa espiritual, en la cual hay piedras que corresponden al fundamento; es decir, que están íntimamente ligadas a una función de soporte y sostén. Por eso Pablo escribía a los gentiles en Éfeso que somos “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. Jesucristo es, pues, la piedra del ángulo, y es además la piedra principal. Ahora bien, además de la principal, hay otras piedras íntimamente ligadas a ella, que junto con ella conforman “el fundamento de los apóstoles y profetas” sobre los que somos edificados cual edificio de Dios.
Jesucristo es, pues, el soporte de los apóstoles y profetas, y éstos son el soporte en Cristo de la obra de Dios. La Iglesia universal en pleno resulta entonces “columna y baluarte de la verdad” (1 Ti. 3:15)
Antes de seguir adelante, debemos advertir que tan sólo es apto para ser una piedra viva del edificio de Dios, aquel que tenga con Cristo una relación personal que lo haya regenerado; es decir, que obtenga su vida directamente del Espíritu de Cristo, por medio de cuya unción sea enseñado verdaderamente en la realidad substancial de la verdad. Entonces, recién estará apto para ser coordinado por Cristo en relación de su ubicación dentro del edificio en armonía con las demás piedras, sean éstas de fundamento y columna como los apóstoles y profetas, o de otra función. Lo que nos convierte en piedras es únicamente la revelación directa divina del Hijo; pero entonces, ya podemos ser edificados en estrecha relación a los que Cristo mismo ha constituido para perfeccionar nuestro servicio, pues “10el que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. 11Y él mismo dio [ἕδωκεν] unos como apóstoles; otros, profetas; otros, evangelistas; otros, pastores y maestros, 12para ajustar [καταρτισμὀν] a los santos en la obra de diaconía [εἰς ἕργον διακονίας], para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:10-12).
En la carta a los corintios escribía Pablo: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros”, etc. (l Co. 12:28). Jesús mismo dijo: “Por eso la sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré profetas y apóstoles” (Lc. 11:49); “Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas” (Mt. 23:34). El Señor mismo, pues, da a la Iglesia para su edificación a estos ministros de su magisterio: apóstoles, profetas, didascalos [διδσκάλους], sabios, escribas, evangelistas, pastores.
Y hay algo más: a estos apóstoles y profetas, Dios revela el misterio de Cristo y del Evangelio por el Espíritu, para que ellos lo administren, como está escrito: “4El misterio de Cristo, 5misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: 6que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (Ef. 3:4c-6). Así que los ya fundados en Cristo por el Espíritu, somos también edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, de entre los cuales Jesucristo es la piedra principal y la del ángulo.
Jesucristo, el Hijo enviado en el nombre del Padre, es por lo tanto el Apóstol de nuestra profesión o confesión (He. 3:1), y el Mesías Profeta (Dt. 18:15; Hch. 3:22-26). En los días de su carne, es decir, de su paso terrenal por Palestina, Él escogió a doce (12) que fuesen testigos oculares de su ministerio, sus padecimientos y resurrección, los cuales son los 12 apóstoles del Cordero, sólo doce (12): Pedro, Jacobo el mayor, Juan, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo Alfeo, Judas Tadeo Lebeo, Simón cananita y Matías; éstos son sus doce testigos autorizados en cuanto a que ocularmente vieron con sus propios ojos al Verbo de vida, le oyeron con sus propios oídos, y le tocaron con sus propias manos desde el comienzo de su ministerio en días de Juan el Bautista, hasta Su ascensión corporal al cielo, 40 días después de Su gloriosa resurrección (Hch. 1:12-16). Son llamados: “Los doce apóstoles del Cordero”, y eran conocidos en la Iglesia primitiva como los Doce (Hch. 6:2; 1 Co. 15:5). Estos 12 se sentarán sobre doce tronos juzgando a las 12 tribus de Israel (Lc. 22:28-30; Mt. 19:28). Sus nombres (de estos 12), estarán en los 12 cimientos de los muros de la Santa Ciudad, la Nueva Jerusalén (Ap. 21:14): “Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero”. Gracias al testimonio de estos doce testigos oculares escogidos de antemano, la Iglesia está edificada en la certeza de la historicidad de la persona, obra y doctrina del Cristo. Fueron ellos quienes establecieron la tradición salvífica que fue recogida en su núcleo esencial en el Nuevo Testamento.
Sin embargo, no son éstos los únicos apóstoles de que se nos habla en el Nuevo Testamento; Efesios 4:11 nos habla de apóstoles dados a la Iglesia por el mismo Señor, después de Su ascensión a la diestra del Padre; apóstoles edificadores del Cuerpo de Cristo que perfeccionan a los santos para la obra del ministerio, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a la estatura del varón perfecto. Estos ya no son los doce apóstoles del Cordero, testigos oculares de su ministerio terrenal, pero sí son apóstoles enviados directamente por Cristo glorificado después de la ascensión, para, edificar Su Cuerpo a todo lo largo de la historia de la Iglesia, hasta que todos lleguemos a la medida de lo que Dios se ha propuesto. Tal es el apostolado de Jacobo el Justo (Gá. 1:19), Pablo y Bernabé (Hch. 14:4,14), Silvano y Timoteo (1 Tes. l:1; 2:6), Andrónico y Junías (Ro. 16:7), no incluídos en la lista de los doce apóstoles del Cordero, pero sí efectivamente apóstoles edificadores del Cuerpo, según el lenguaje escritural. Al igual que Silvano y Timoteo, también Tito, Lucas, Epafrodito, Tíquico, Trófimo, Erasto, Crescente, Artemas, Aristarco, Justo, etc., eran colaboradores de Pablo dentro del equipo apostólico. Cercano también a Pedro y Bernabé está el sobrino de éste, Marcos. Estos apóstoles eran probados por las iglesias locales (Ap. 2:2).
Aún en el período siguiente al de los citados, a fines del primer siglo y a lo largo del segundo, son abiertamente reconocidos estos ministerios con toda claridad, como consta por ejemplo en la Didaké.
También Policarpo de Esmirna, discípulo directo del apóstol Juan, en las actas de la iglesia de Esmirna a Filomelia y vecinas, es llamado apóstol. De tales apóstoles hacen también mención Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía y Hermas. A lo largo de la historia puede constatarse el testimonio del envío por el Señor de insignes varones tales como Francisco de Asís, Raimundo Lulio, Nee To Sheng, etc., etc.
Aunque ciertamente los profetas del Antiguo Testamento fueron usados por Dios para preparar la venida del Mesías, sin embargo, no tan sólo a éstos es que se refiere Pablo en su carta a los efesios cuando habla de apóstoles y “profetas”. Mirando el contexto de la carta y el pensamiento de Pablo en sus otras epístolas, vemos que se refiere cual profetas a varones neotestamentarios que después de los apóstoles proclaman bajo el Espíritu Santo la administración del misterio de Cristo y del evangelio (Ef. 2:20; 3:5,6; 4:11; Ro. 12:6; 1 Co. 12:28,29; 14:29,32, 37). Tenemos como ejemplo de profetas a Agabo, Simón Niger, Lucio de Cirene, Manaén, Judas Barsabás y Silas (Hch. 11:27,28; 13:1; 15:27,32). También al apologista Cuadrato.
El Señor Jesucristo mismo, ahora glorificado a la diestra del Padre, es quien por el Espíritu Santo da directamente hombres carismáticos a la Iglesia para edificarla: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y didascalos o maestros. Jesús además prometió que enviaría sabios y escribas. Es el Señor mismo quien con el carisma necesario para el ministerio, constituye a éstos para bien de las iglesias. Aunque cada uno debe considerarse inferior a los demás y apenas disponerse a servir como el menor, sin embargo, entre los citados, existe escrituralmente el siguiente orden: “primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros” (1 Co. 12:28).
Todos éstos, incluídos los apóstoles y profetas, y entre los apóstoles los doce también, son ancianos o presbíteros (1 Pe. 5:1; 2 Jn. 1; 3 Jn. 1); es decir, son varones estimados principales entre los hermanos por razón de su madurez (Hch. 1:23; 15:22). Así que en cuanto más maduros y reconocidos, son presbíteros, que significa ancianos. Estos mismos, por razón de haber sido puestos por el Espíritu Santo para supervisar la grey del Señor, son de hecho “epíscopos”, llamados obispos. A éstos mismos, el Señor da ministerios carismáticos de profeta, maestro o didáscalo, evangelista, pastor; e incluso, de entre éstos es que el Señor mismo envía apóstoles, como consta en Hechos 13:1-3. Bastaba un presbiterio local para apartar con imposición de manos a estos apóstoles enviados del Señor. Hoy debe ser igual que ayer.
Apóstoles, profetas, evangelistas y maestros, los hay itinerantes. Profetas, maestros, evangelistas y pastores los hay también locales. Los apóstoles eran además comisionados directamente por el Señor, quien los enviaba para la obra según dirección directa del Espíritu Santo. La obra consistía en la fundación, confirmación y edificación de iglesias locales, una por localidad, dentro de una región asignada a cada grupo apostólico, por el Espíritu Santo (Hechos, capítulos 13 y 15). Estos apóstoles tienen colaboradores y ayudantes. Eran, pues, enviados de oficio con comisión especial; las iglesias locales los reconocían. Eran ungidos y confirmados por el Señor (2 Co. 1:21), señalados con paciencia y prodigios (2 Co. 12:12), el sello de cuyo apostolado era su fruto (1 Co. 9:2). Las iglesias locales los probaban antes de reconocerlos.
Estos apóstoles eran quienes por el Espíritu discernían de entre las iglesias locales a los que el Espíritu Santo había puesto como sobreveedores (epíscopos) u obispos, y entonces los señalaban ante el pueblo con imposición de manos, para constituirlos presbíteros o ancianos de la iglesia local, reconocida así oficialmente su autoridad moral.
La jurisdicción de los apóstoles era la región de su obra para la edificación de la Iglesia universal; solía tal región tener límites asignados a cada uno por el Espíritu Santo; tenía también la región un centro de donde partían los apóstoles y al que regresaban, y donde ejercían también como ancianos (Hch. 9:32 a 11:2; 13:3 a 14; 15:36 a 18:23; 19:1 a 27). Ejemplo de tales centros son Jerusalén, Antioquía y Efeso. Estos centros son movibles según la sazón de la obra del Espíritu. El valor no radica un la sede, sino en la operación evidente del Espíritu. El Espíritu hace a las sedes, no viceversa.
La jurisdicción de los ancianos obispos, o sea, de los epíscopos sobreveedores señalados presbíteros, es la ciudad de la iglesia local (Hch. 14:23; 20:17,28; Fili. 1:1; Tito 5, 7). Junto a ellos servían los diáconos.
El Espíritu usó, pues, tales canales para bendecir a las iglesias, edificándolas sobre el fundamento de Cristo primeramente, y de tales apóstoles, y entonces también de tales profetas; a éstos, pues, revela Dios el misterio de Cristo y del Evangelio de modo que lo administren por el Espíritu cual ministros del Nuevo Pacto, no de la letra gloriosa que condena, sino del Espíritu más glorioso que justifica (2 Co. 3:3-11). Estos apóstoles y profetas son, pues, las piedras vivas que junto a la principal piedra y del ángulo, Jesucristo, constituyen el magisterio fundamental sobre el que son edificadas las iglesias que constituyen el Cuerpo de Cristo. Los vencedores en cada iglesia local son hechos columnas del templo de Dios (Ap. 3:12; Gá. 2:9). Como fue espiritualmente ayer, así es hoy, y así ha sido en la realidad espiritual a lo largo de la historia, a pesar de la Babilonia de cizaña sembrada por el diablo entre el trigo. Los vencedores son los que por el Espíritu, se han mantenido en o cerca del nivel espiritual y original.
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Habiendo en los apartados anteriores considerado el vino fundamental, he aquí que ahora nos hemos introducido también en la consideración de su odre apropiado fundamental.
XXXIV
LAS IGLESIAS DE LOS SANTOS
El Cristo no dividido, un solo y nuevo hombre, habita por el Espíritu en todos sus hijos, haciendo a todos y a cada uno de ellos, miembros de Su Cuerpo, la Iglesia universal, edificada por la Cabeza enviada del Padre, el Apóstol de nuestra confesión, Cristo Jesús, quien a Su vez, por el Espíritu Santo, escogió a los 12 que estuviesen con Él cual testigos oculares, y a quienes llamó “enviados” o apóstoles, para dar testimonio de Su resurrección siendo discípulos; a éstos, después de Su ascensión añadió por el Espíritu hombres carismáticos dados a la Iglesia para edificarla como apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, sabios y escribas, con los cuales fundó Cristo las iglesias de Judea y las iglesias de los gentiles, y lo hace así hasta hoy, edificando de esa manera el Cuerpo hacia la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta la estatura del varón perfecto, y creciendo en amor, para que seamos coherederos con el Hijo de Su Reino anunciado a Israel de antemano. Tal Cuerpo celestial, místico y sobrenatural, invisible al ojo natural, tiene sin embargo sus pies en la tierra y la historia, el espacio y el tiempo; y ha tomado la forma visible al mundo de iglesias locales, las iglesias de los santos, según el lenguaje escriturario.
Fundadas son todas las iglesias de los santos, y cada una, por el Cristo glorificado, a lo largo y ancho de la tierra, mediante la operación de Su Espíritu, a través del ministerio del Cuerpo; sí, a través del ministerio de todos los santos, perfeccionado por los hombres carismáticos dados directamente por Cristo a la Iglesia universal, visible en las iglesias locales de los santos.
Estas iglesias de los santos son las asambleas de los hijos del Reino, plantados en el campo del mundo, entre cuyo mismo campo, el diablo ha sembrado cual cizaña a los hijos del malo. La red a recogido, pues, peces buenos y malos, de los cuales, los últimos, los malos, causan tropiezos, y por su fornicación e infidelidad espiritual, se ha constituido a la misteriosa Babilonia, la gran ramera, madre de otras rameras. De en medio de la tal Babilonia, llama a salir la voz celestial al pueblo del Señor, para que no participe de pecados y plagas sino que los suyos se mantengan vencedores, en cada iglesia local plantada en el mundo, siguiendo la fe, la justicia, el amor, la paz, la santidad, con todos los que de corazón limpio invocan al Señor (Mt. 13:38-41; Ap. 17:1-6; Mt. 13:47-50; Ap. 18:4; 21:7; 2 Ti. 2:22).
“Iglesia” significa asamblea sacada fuera. Todos los hijos de Dios son los santos apartados por el Señor para formar en un lugar y época dados, la asamblea de Su Reino que busca Su justicia. En cada localidad, pues, donde comience a haber 7 u 8 hijos de Dios reunidos en Cristo, se establece la iglesia de la localidad. Puede reunirse en una casa, pero su jurisdicción es la ciudad o localidad; es decir, que todos los hijos de Dios de una localidad conforman de hecho y por derecho propio, sin necesidad de otro ingreso, la iglesia de la localidad. Esta no debe dividirse, sino dar testimonio en unidad de Cristo y de Su Reino. Los vencedores apuntarán a esto.
Escrituralmente no estamos autorizados para tener más de una iglesia por localidad, sino que todos los hijos de Dios de una ciudad somos ya la iglesia del lugar y estamos obligados a guardar solícitamente la unidad del Espíritu, perseverando juntos y unánimes en la doctrina de los apóstoles, la comunión unos con otros, el partimiento del pan y las oraciones, recibiendo a todos los recibidos por Cristo. La iglesia no debe dejar de reunirse, si es posible en un solo lugar, o en varios, por las casas, etc., según la necesidad, pero manteniendo la unidad del Espíritu, reconociendo la misma mesa con un solo pan, discerniendo el Cuerpo, y anunciando la muerte de Cristo por nosotros y su resurrección hasta que Él vuelva como se fue, en las nubes.
El Nuevo Testamento no habla de supuestas “iglesias” denominacionales, ni de una corporación mundial, ni de sectas autorizadas, sino que habla solamente de iglesias locales: de Jerusalén, Antioquía, Cencrea, Corinto, Tesalónica, Efeso, Esmirna, etc. Las iglesias por las casas de que en cuatro (4) ocasiones habla el Nuevo Testamento, no eran iglesias menores y múltiples dentro de una localidad, pues en Jerusalén, las reuniones en muchas casas no eran varias iglesias en Jerusalén, sino apenas la iglesia de Jerusalén.
Las iglesias en casa de Aquila y Priscila, en casa de Filemón, en casa de Ninfas, eran la iglesia de la localidad reunida en tal casa; y no eran iglesias sectarias minúsculas divididas del resto de los hijos de Dios de la ciudad. ¡Eso no está permitido! La iglesia en casa de Aquila y Priscila era la iglesia única de Efeso, un solo candelero (Ap. 2:1); la iglesia en casa de Filemón era la iglesia única de Colosas (ver Teodoreto); la iglesia en casa de Ninfas era la iglesia única de Laodicea, un solo candelero (Col. 4:15,16; Ap. 3:14).
Por otra parte, la autonomía de tales iglesias no era quebrantada por una hegemonía provincial, nacional, continental o mundial, que les quitase el carácter de iglesias locales autónomas. ¡No! Puesto que no hay en las Escrituras autorización ninguna para iglesias mayores a una sola ciudad o localidad. Siempre se habla en plural de iglesias de Galacia, Macedonia, Acaya, Judea, Asia Menor, Siria, Cilicia, al referirse a naciones o provincias; se habla también en plural al referirse mundialmente: “iglesias de los santos”, “iglesias de los gentiles”, “en todas partes por todas las iglesias”. No es lícito escrituralmente destruir la autonomía de las iglesias locales, como tampoco es lícito dividirlas dentro de la misma localidad.
La obra apostólica edifica regionalmente por el amplio mundo, sí, pero sin destruir la autonomía de las iglesias de los santos, sino al contrario, edificándolas. Cada iglesia local tiene cada una su propio presbiterio de obispos, plural, puestos por el Espíritu Santo y señalados por los apóstoles; junto a los obispos de la ciudad están los diáconos, elegidos por la iglesia, en cada ciudad. Este presbiterio es el responsable de apacentar, enseñar, administrar, gobernar, a la iglesia local en su autonomía, la cual tiene derecho de probar a los apóstoles y ministros itinerantes que operen en su región; debe acoger a los auténticos ministros de Cristo, a la par que no debe permitir en la iglesia la influencia de los falsos.
Las iglesias locales, sin destruir su autonomía, mantienen la comunión del Espíritu con las demás iglesias locales de la región y el mundo, siendo cada una responsable de su propio candelero en el tiempo y en el espacio que le fueron delimitados. Tal comunión espiritual de las iglesias permite la ayuda mutua y la amonestación mutua, pero no la hegemonía.
Si una iglesia local capitula ante una hegemonía inconveniente, se hace responsable de su caída, pues fue a ella, a la iglesia local respectiva, a la que se encargó el testimonio de Cristo en su lugar y época, y no debe permitir que tal testimonio sea destruido, ni desde dentro ni desde fuera. La iglesia local junto a su presbiterio están bajo la autoridad de la Cabeza del Cuerpo por el Espíritu Santo. Puede y debe buscar ayuda espiritual fuera de su ámbito, pero sin renunciar a su autonomía y responsabilidad local.
La iglesia debe reunirse, y cada uno debe ministrar a los demás según el don recibido. Cada uno tiene algo de Dios para los demás; y mutuamente debemos enseñarnos, animarnos, ayudarnos, exhortarnos, etc. Ninguno debe tomar la mala costumbre de no reunirse, sino que, como la iglesia de Jerusalén, debemos perseverar juntos y unánimes en la doctrina apostólica, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones.
XXXV
LA DOCTRINA DE LOS APÓSTOLES
Las iglesias locales, al igual que la iglesia en Jerusalén en los inicios del cristianismo, debemos perseverar juntos y unánimes en la doctrina de los apóstoles. Y ¿cuál es la doctrina de los apóstoles? ¿dónde encontrarla con seguridad? Inicialmente ellos hablaron de viva voz y a personas en Jerusalén que conocían de primera mano los hechos de la vida pública de Jesús de Nazaret; se reunían por las casas y escuchaban el testimonio de la resurrección de Cristo de parte de los testigos presenciales que comieron y bebieron con Él después que resucitó de los muertos. Además, los apóstoles no podían dejar de decir todo lo que habían visto y oído. Con tales testimonios de los testigos autorizados, corroborados por el asentimiento de todos los demás que de una manera u otra tuvieron relación con la vida pública del Señor Jesús, se fue formando el contenido de la tradición, en los primeros años antes de escribirse el Nuevo Testamento.
Lucas (1:1-4) nos dice que ya en su época muchos habían tratado de poner por escrito la historia de las cosas ciertísimas ocurridas entre ellos. No obstante, de aquella masa de escritos y otros posteriores, no todos resultaron fieles, pues algunos añadían leyendas inseguras, otros modificaban el sentido de las palabras, algunos añadían lo afín a su tendencia, etc. Por todo lo cual, tales escritos comenzaron a usarse con cierta reserva, lo cual se significa con el término de “apócrifos”, y fueron quedando en pie solamente los libros que recogían la tradición más segura, corroborada por la autoridad de testigos autorizados tales como los apóstoles mismos, u hombres muy cercanos a ellos como Marcos y Lucas. Al coleccionarse los escritos autorizados se formó el canon del Nuevo Testamento. Del círculo más íntimo de Jesús en Su vida pública nos quedaron escritos de Pedro, de Santiago, de Juan, de Mateo, de Judas Tadeo; lo que Pedro enseñaba a los gentiles en Roma lo recogió Marcos en su evangelio, de lo cual existe seguridad, pues Marcos fue el intérprete de Pedro, y además compañero de Pablo y Bernabé. Papías, discípulo del apóstol Juan y conocedor de los apóstoles, escribía que de Juan mismo supo que lo registrado por Marcos era correcto. Conociendo Juan los tres evangelios sinópticos y aprobándolos, añadió entonces el suyo, el cuarto evangelio, para completar el cuadro en lo más importante.
Pedro mismo había escrito que él procuraría con diligencia el que sus oyentes tuvieran siempre memoria de aquellas cosas (2 Pe. 1:14-15); de él nos conserva el Nuevo Testamento dos cartas y el registro de Marcos. Mateo, del círculo apostólico, nos recogió en su libro lo esencial de la vida y enseñanza públicas de Jesús en el aspecto hebraico. De Santiago y de Judas, ambos hermanos de Jesús, nos quedó una carta de cada uno. De Juan nos quedó el Apocalipsis, el Evangelio y tres cartas. Del apóstol Pablo, maestro por excelencia de los gentiles, apartado por el Señor para ese preciso propósito, y cuyo apostolado y enseñanza fue además reconocida por Jacobo, Cefas y Juan, nos quedó una colección paulina de cartas reconocidas por Pedro (2 Pe. 3:15,16). De Lucas, compañero de Pablo, médico e investigador concienzudo que indagó personalmente acerca de las cosas hasta su origen, pudiendo hacerlo en averiguaciones con los mismos apóstoles, los pariente del Señor y María, de este Lucas nos quedó una historia en dos tratados dedicados a Teófilo: su evangelio y el libro de los Hechos de los Apóstoles, y posiblemente también la epístola a los Hebreos.
De entre toda la masa de escritos, tan sólo éstos citados fueron evidenciados por el Espíritu Santo y los testigos primitivos como dignísimos de completo crédito; los demás quedaron relegados a la categoría de reservados, no pudiéndose de ellos extraer suficiente autoridad. Lo recogido, pues, en el Nuevo Testamento es la tradición más segura y autoritativa, y es por lo tanto la norma establecida con la cual juzgar toda la tradición cristiana. El Nuevo Testamento establece, pues, la tradición inspirada y juzga toda otra pretendida tradición que no le sea perfectamente afín. De manera que la doctrina de los apóstoles la tenemos de su misma boca y de su propia mano en el Nuevo Testamento dirigido por ellos a cristianos normales. San Pablo decía: “Porque no os escribimos otras cosas de las que leéis; o también entendéis; y espero que hasta el fin las entenderéis” (2 Co. 1:13). Y a los efesios escribía: “3Por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, 4leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo” (Ef. 3:3,4 ).
De manera que las cartas apostólicas iban dirigidas a iglesias locales y a creyentes simples que podrían entender, pues no escribían otra cosa que lo que podía leerse. Así que es necesario atenerse con tenacidad a la doctrina establecida en las cartas, pues el mismo apóstol escribe: “Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra” (2 Tes. 2:15). Y más adelante advertía a la iglesia local: “14Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. 15Mas no lo tengáis por enemigo sino amonestadle como a hermano” (2 Tes. 3:14,15).
De manera, pues, que no importa cuán grande o espiritual aparente ser cualquier persona, de todas maneras debe reconocer lo que está escrito, sin derecho a modificarlo, pues: “si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Co. 14:37).
Los escritos apostólicos deben, pues, leerse en la iglesia con solicitud y acatamiento a su autoridad: “Os conjuro por el Señor, que esta carta se lea a todos los santos hermanos” (1 Tes. 5:27). No debe entenderse que la verdad dirigida a una iglesia local no era útil a otra; por el contrario, lo escrito a una iglesia local debía también leerse en otras iglesias locales. La carta a los gálatas iba dirigida a varias iglesias locales; igualmente las cartas de Pedro, Santiago, Judas, la primera de Juan y la dirigida a los hebreos; a los colosenses escribe Pablo: “Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros” (Col. 4:16). Las cartas apocalípticas enviadas por el Señor mediante el apóstol Juan a las siete iglesias del Asia, aunque iban dirigidas cada una a una iglesia local, sin embargo eran válidas y además proféticas, para tenerse en cuenta en otras iglesias y épocas, pues: “el que tiene oído oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (plural) (Ap. 2:7,11, 17,23,29; 3:6,13,22). Bienaventurados los que leen, oyen y guardan las cosas escritas en la Revelación de Jesucristo (Ap.1:3).
Desde el principio, pues, era normal en las iglesias de los santos, leer los escritos apostólicos, pues suplían su ausencia y establecían la verdad; v. y gr.: “30Así, pues, los que fueron enviados descendieron a Antioquía, y reuniendo a la congregación, entregaron la carta; 31habiendo leído la cual, se regocijaron por la consolación” (Hch. 15:30,31). Justino Mártir también nos informa de aquella práctica primitiva.
Todo lo realmente necesario, prioritario, urgente y esencial para la salvación de las almas y la edificación de las iglesias, se halla en la Sagradas Escrituras, y su autoridad es inapelable. “Estas cosas os escribimos para que vuestro gozo sea cumplido” (Jn. 1:4). “30Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn. 20:30,31). Para lo autoritativo y suficiente de las Escrituras revísense atentamente las siguientes citas de las Escrituras mismas: Ro. 15:15,16; 1 Co. 15:1-8; Gá. 6:16; Fil. 3:15-17; 1 Ti. 1:15; 2 Ti. 3:15.17; Tito 3:4-8; 1 Pe. 5:12; 2 Pe. 3:1,2; 1 Jn. 1:4-10; 2:1-7; 3:11,23; 5:10-13; Jd. 1:3; Ap. 22:6-10. Cualquier lector atento de estas citas hallará que ellas por sí mismas establecen con autoridad apostólica la suficiencia de lo contenido en las Escrituras para conocer claramente y establecidamente lo que es el evangelio de salvación.
De manera que no podemos menos que aferrarnos a ellas como a autoridad establecida divinamente e insustituiblemente. Otra cosa que difiera de ellas será para nosotros anatema.
Ahora bien, una vez puestas las Sagradas Escrituras en primer plano como de autoritativa procedencia divina, podemos recibir también ayuda del magisterio carismático que en el mismo Espíritu de las Sagradas Escrituras y en perfecta consonancia con todo su mensaje en su total contexto, nos brinde una exposición clara y legítima del Evangelio cual contenido en ellas. Es ese el lugar establecido por el Señor para el ministerio de los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, didáscalos, sabios y escribas. El Espíritu Santo, cuya enseñanza y ejemplo ha establecido ya con las Sagradas Escrituras, se mueve también consonantemente a través del ministerio del Cuerpo, trayendo a vida la verdad que es Cristo, de manera que Éste se reproduzca en la práctica, dentro de las iglesias de los santos, para testimonio al mundo. He allí la doctrina de los apóstoles en la que nos conviene perseverar.
¿Por qué no podemos poner en el mismo plano a las Sagradas Escrituras y al magisterio actual? Primero, porque las Sagradas Escrituras por sí mismas siguen siendo el magisterio autorizado de los testigos oculares o de primera instancia, cuya autoridad no admite cambio ni paralelo; segundo, porque es fácilmente demostrable en la historia que el magisterio posterior en varias ocasiones se apartó del Espíritu y de la letra autoritativos y originales. No siempre los que sucedieron en el desempeño de la cátedra fueron fieles; y aun varones insignes, ordenados legalmente, se deslizaron a herejías. La infalibilidad radica en el Espíritu Santo que ya habló por las Escrituras apostólicas y sigue diciendo por ellas hoy lo mismo que ayer. Cuando Él nos ilumina y nos revela al Hijo, entonces deja establecido con ello a las Escrituras como testigos de la verdad. Ellas son la Voz del magisterio del Espíritu y del magisterio apostólico fundamental.
Ningún cristiano es infalible cuando no oye la Voz del Espíritu que habla con las Escrituras. Todo hombre, por más fiel que sea, puede deslizarse en cualquier momento hacia la desobediencia del Espíritu Santo infalible. Igualmente puede acontecer en cualquier asamblea que por diversos motivos o intereses deje de someterse al Espíritu Santo, y se someta a otra influencia. Es una promesa la asistencia del Espíritu Santo a todo creyente, pero NO es una promesa la obediencia permanente de todo creyente al Espíritu. Repetimos aquí que NO es la voz de la mayoría carnal la que establece la autoridad, sino tan sólo la voz única e infalible del Espíritu Santo que habla siempre en perfecta concordancia con el Evangelio de las Escrituras y rodeado de legítima santidad. Tan sólo así queda a salvo la posición de la Cabeza, Cristo Jesús. El Espíritu Santo, las Sagradas Escrituras y el Cuerpo de Cristo sujeto a la Cabeza (y subrayo la última frase), tienen una sola y la misma Voz. La vida y voz son inseparables. Que no se pretenda reducir al Espíritu Santo a meras definiciones ¡NO! Él nos trae la completa realidad de la verdad que es Cristo mismo, Vida y Voz. “Por sus frutos los conoceréis”.
XXXVI
LA COMUNIÓN UNOS CON OTROS
La noche de la última cena el Señor Jesús dijo: “34Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. 35En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn. 13:34,35).
Este Amor es la característica del auténtico cristianismo. En virtud de este amor tenemos comunión los unos con los otros; en virtud de este amor lo compartimos todo; en virtud de este amor nos servimos los unos a los otros. Es amor lo que constituye el corazón de Dios, y Su deseo y propósito al crearnos y redimirnos es que lleguemos a compartir el amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el Amor Divino.
Así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola esencia divina que es amor, fuimos creados para participar con Dios de ese Amor, para amar con ese Amor, y para que todos los que estamos en Él seamos perfectamente uno en Amor.
Quien ha nacido de nuevo, gracias a Cristo, posee una naturaleza capaz de amar. Cuando el hombre nuevo interior es edificado, entonces crece en amor, lo cual va manifestándose en la Iglesia como comunión. Esta “koinonía” se acrecienta hasta la medida de la perfecta unidad, y va saliendo de su escondite en el espíritu y convirtiendo el alma, con su voluntad, mente y emociones, a una reconciliación total cuya lealtad se alimenta de la esencia divina. Entonces se abren el corazón y las manos, y la persona se entrega incluido lo suyo.
Ungidos de este amor, los santos en Jerusalén (y en otras varias ocasiones de la historia), “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hch. 4:32).
Voluntariamente, y constreñidos solamente por el Espíritu de amor, se entregaban al servicio de Dios, sirviéndose unos a los otros en Cristo. “44Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; 45y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. 46Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, 47alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo” (Hch. 2:44-47).
En este ambiente nacía la Iglesia; en este nido eran empollados los nuevos convertidos. El sentir del Espíritu de Cristo no ha variado ni cesado; a medida que se crece en el Señor, el corazón se dispone para los demás, dejando clavado con Cristo en Su Cruz que hacemos nuestra, el egoísmo de la naturaleza adámica y carnal.
El camino, pues, más excelente es el amor. Todo lo demás pierde su valor si falta el amor. Este amor se expresa en comunión, se entrega en abnegación. Todo el evangelio apunta a producir esto. Para esto creemos, nos arrepentimos y nos bautizamos; para esto recibimos el Espíritu Santo; para esto somos enseñados y edificados; para participar con Cristo en un Reino de amor que comienza a prepararse aquí y desde ya en el seno de la Iglesia. Todo lo anterior desemboca aquí y los valientes lo alcanzan.
XXXVII
EL PARTIMIENTO DEL PAN
La iglesia local debe, pues, perseverar también en el partimiento del pan; el Señor Jesús ordenó que lo hiciéramos en memoria de Él. La noche en que fue entregado tomó pan bendiciéndolo y habiendo dado gracias lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo que por vosotros es dado (o partido). Haced esto en memoria de mí” (Mt. 26:27; Mr. 14:22; Lc. 22:19;1 Co. 11:24).
Después de cenar, tomó también la copa y habiendo dado gracias les dijo: “Bebed de ella todos; porque esta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre que por vosotros se derrama. Haced esto todas, las veces que la bebiereis en memoria de mí” (Mt. 26:27,28; Mr. 14:24; Lc. 22:20; 1 Co. 11:25).
Desde sus comienzos los cristianos perseveraron entonces en el partimiento del pan, acerca de lo cual escribía Pablo: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (l Co. l0:16).
El Señor quiere, pues, que todos hagamos aquello en memoria de Él; todos debemos partir el pan, todos debemos bendecir la copa, y todos debemos beber de ella en su memoria y además dignamente y con discernimiento.
El pan que partimos y la copa que bendecimos, en memoria de Cristo, es la comunión de Su cuerpo y de Su sangre, como lo indica Pablo en 1 Corintios 10:16. En efecto, el Señor Jesús había ya dicho antes:
“47El que cree en mí, tiene vida eterna. 48Yo soy el pan de vida.
49Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron.
50Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. 51Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo…/… 53De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.
55Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. 57Como me envió el Padre viviente y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mi. 58Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, (en el desierto) y murieron; el que come de este pan vivirá eternamente” (Jn. 6:47-51,53-58).
Y puesto que sus discípulos dijeron que era dura tal palabra, y ¿quién la podría oír? Entonces Jesús añadió respecto de sus afirmaciones: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn. 6:63). Sus palabras son, pues, “espíritu y vida” y debemos comer de Él “asimismo” como el Padre viviente le envió a Él, y Él vivió por el Padre (v. 57).
Con ese mismo sentir, como de quien se entrega a Sí mismo para ser la vida sustentatriz, fue que el Señor tomó el pan bendecido y repartiéndoselos les dijo: “Esto es mi cuerpo”, y luego: “Esta es mi sangre”. Lo que debemos entender es que Cristo mismo se nos dio por sustento para que al asimilarlo vivamos por Él con vida eterna, para la resurrección también de nuestros cuerpos en el día postrero.
En el Hijo de Dios está la vida, y Su resurrección y glorificación es nuestra, pues participamos de Él, siendo carne de Su carne y hueso de Sus huesos. Por eso al partir el pan en memoria suya, debemos recibirlo de la misma manera como lo recibieron sus apóstoles en aquella mesa, pues participamos de esa misma mesa y en el mismo Espíritu; es como si aquella ocasión se prolongase hasta hoy al hacerlo en Su memoria; de manera que lo hacemos como Él, ya que Él mismo dijo: “haced esto”; y ese “esto” es, pues, lo mismo. Es por esa razón que al comer “el pan” y al beber de “la copa”, debemos hacerlo dignamente discerniendo el cuerpo del Señor (1 Co. 11:27-32).
El “partimiento del pan” es, pues, por una parte, un memorial de Él y de Su sacrificio. Por otra parte, es también un anuncio de tal sacrificio hasta Su regreso, como dice Pablo: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Co. 1l:26). Memorial, anuncio, y entonces además, el partimiento del pan es también “la comunión del cuerpo de Cristo”, así como la copa de bendición es “la comunión de la sangre de Cristo” (1 Co. 10:16).
Comer “el pan” y beber de “la copa” discerniendo el Cuerpo del Señor, es hacerlo “asimismo” como el Hijo enviado vivió por el Padre viviente (Jn. 6:57). Es por eso que comer “el pan” y beber de “la copa” del Señor indignamente hace culpable de sacrilegio; sí, hace culpable al sacrílego no apenas del “pan” y de la “copa”, sino culpable del “Cuerpo” y de la “Sangre” del Señor.
En esta comunión del Cuerpo, verdadera comida, y de la Sangre, verdadera bebida, nosotros no sólo recordamos Su sacrificio, ni tan sólo apenas lo anunciamos, sino que además participamos de los efectos de ese Santísimo Sacrificio hecho en la cruz una vez para siempre. Por la fe, nosotros aplicamos hoy a nuestro favor la validez de aquel sacrificio de la cruz, y en el momento de partir el pan, consumamos demostradamente nuestra participación con el Cristo real sacrificado y resucitado que regresará. La “comunión del Cuerpo” es, pues, la participación íntima, verdadera, real y profunda, cual perfectamente uno, con Cristo; sí, con la Cabeza y los miembros.
Jesús es la Cabeza y la Iglesia sus miembros. Jesús y la Iglesia somos el Cuerpo de Cristo, un solo y nuevo hombre. Por ello el pan es “uno sólo”, y la mesa es la “del Señor”.
Discernir el cuerpo implica también, pues, recibir en Cristo a todos los que Cristo ha recibido, pues a la “mesa de Él” se sientan todos los suyos. No podemos entonces excluir de Su mesa a ninguno de los suyos, a quienes Él sí ha recibido, pues entonces estaríamos haciendo “otra” mesa, “‘nuestra” mesa, y no “la de Él”. Aquello sería herejía.
Discernir es ver detrás de las apariencias; a nadie, ni a Cristo, conocemos según la carne (2 Co. 5:16). La nuestra es una comunión verdadera con Cristo y la Iglesia, en la nueva creación, también manifiesta en el amor y en el anuncio, para que por nuestra unidad en Dios, el mundo vea y crea.
Un aspecto más. Puesto que el partimiento del pan, además de memorial y anuncio, es la comunión del Cuerpo, tal comunión es una alianza donde también nosotros, por medio de Jesucristo, y al participar de los beneficios de Su sacrificio, entonces nos ofrecemos en sacrificio, y ministramos por Él al Padre, sacrificios espirituales. Tal aspecto sacrificial inclúyese también, pues, en la alianza. Está escrito: “Vosotros también como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe. 2:5). Por medio de Jesucristo, cuya alianza celebrarnos en el partimiento del pan, ofrezcamos, pues, a Dios sacrificios espirituales aceptables. Y son aceptables tales sacrificios espirituales precisamente por hacerse en virtud de Jesucristo; es decir, estrechamente ligados al sacrificio suyo.
Por ello también la carta a los Hebreos nos habla de que “15Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. 16Y de hacer el bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (He. 13:15,16). Se nos habla aquí del sacrificio de alabanza y del sacrificio de la ayuda mutua (renunciando para dar); sacrificios tales hechos por medio de Jesucristo.
El Sacrificio de Cristo, hecho una vez para siempre, que recordamos, anunciamos, y del que participamos consumadamente en el partimiento del pan dignamente, la alianza, es también el contenido que posibilita nuestros sacrificios espirituales a Dios, tales como la confesión de Su Nombre y la alabanza, la ayuda mutua, el sostén misionero (Fil. 4:18), y la consagración personal (Ro. 12:1).
XXXVIII
LAS ORACIONES
Además de perseverar en la doctrina de los apóstoles, la comunión unos con otros, y el partimiento del pan, la primitiva iglesia perseveraba también en las oraciones. El Señor Jesús había dicho :
“19Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:19,20). Además, pues, de la importantísima oración individual que cada cristiano debe cultivar en su devoción privada al Señor, es la voluntad de Dios que los suyos nos unamos para orar acerca de las cosas relativas al Reino y al propósito Divino.
Ahora bien, orar es hablar con Dios, tratar íntima y directamente con Él de corazón a corazón; es decir, encarecidamente. En esta relación con el Altísimo Soberano, hallamos diversos matices que se manifiestan a su vez en diversas clases de oraciones, todas ellas válidas y necesarias. Existe, pues, la pura adoración, donde nos postramos ante Su admirable grandeza para entregarnos a Él totalmente mientras le contemplamos anonadados. Existe también la alabanza en la que le confesamos y en la que reconocemos Sus excelencias; esta clase de oración está muy relacionada a la acción de gracias, con la que expresamos nuestra gratitud por Él y todos Sus beneficios con que nos ha colmado. También hay oraciones de petición y súplica, de ruego o rogativa, además de la de intercesión. Se ora también para preguntar y para estar a la expectativa en el Espíritu.
Se ora además para participar durante la oración en la lucha espiritual en lugares celestiales contra las huestes de Satán; repréndese, pues, también a Satanás y sus demonios, en el Nombre de Jesús.
Cualquier tipo de oración debe orarse siempre en el espíritu, pues Dios es Espíritu, y la oración es una incursión de nuestro espíritu en el mundo invisible. Pero órese además con el entendimiento; aunque es verdad que algunas veces la oración en el espíritu sobrepasa nuestro entendimiento también, pues, como está escrito: “26Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. 27Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, pues conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Ro. 8:26,27); la oración con el espíritu abarca, pues, también misterios (1 Co. 14:2,15).
Los valores por los que debemos orar nos fueron enseñados por el Señor Jesús en el célebre “Padre Nuestro” (Mt. 6:9-13).
En esta comunión íntima y comunitaria, si se hace sinceramente y en el espíritu, Dios suele revelarse iluminando los corazones, e incluso manifestando Su Espíritu en diversos dones tales como sabiduría, ciencia, discernimiento, milagros, sanidades, fe, profecía, diversas lenguas humanas y angelicales, e interpretación (l Co. 12:7-10; 14:26; Col. 3:16; 1 Pe. 4:10,11). Se nos exhorta, pues, a no dejar de congregarnos (He. 10:25), sino más bien a perseverar creciendo en la obra del Señor siempre. Debemos, pues, disponer nuestro corazón para percibir en el espíritu nuestro, la guianza y el movimiento del Espíritu del Señor, y entonces, habiendo examinado todo y retenido lo bueno, ocuparnos en el servicio de Dios por Jesucristo.
En el Santuario que poseía Israel, en el Lugar Santísimo, una porción permanente de las especies e incienso, representa las oraciones en Cristo de los santos; sin embargo, de mañana y de tarde, a la hora especial del rito, se ofrecía la ofrenda especial de incienso. Esto nos señala que existe una oración continua y permanente en el espíritu del cristiano, que le mantiene todo el día y en cualquier labor, ligado en comunión a Dios, ocupándose del Espíritu que dirige, aprueba o reprueba, avisa, restringe, da libertad. De tal comunión continua hablaba Pablo al decir: “orad sin cesar” (1 Ts. 5:17), lo cual está simbolizado con aquella porción reservada permanente en el Lugar Santísimo, que cual especies machacadas representan a Cristo, vida de nuestra oración en el Espíritu, escondida en Dios, a cuya diestra intercede Jesús permanentemente por nosotros. Pero los ritos matutinos y vespertinos del incienso ofrecido, representan también a las horas especiales de dedicación completa, espíritu, alma y cuerpo, al culto del Señor por Jesucristo. Tal como una pareja que siempre vive amándose, pero que tiene horas especiales para manifestarse más estrecha e íntimamente su amor, así también, aunque debemos vivir siempre delante de Dios, hay momentos de cultos especiales. Que la iglesia local persevere en ellos es lo de esperarse.
Por último digamos que sólo existe un Camino para el Padre, y es el Hijo. Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre (Jn. 14:6; 1 Tim. 2:5). Ha sido expresamente prohíbido por Dios inclinarse a imágenes y rendirles culto (Éxodo 20:3-6; Salmo 115:3-8; Is. 44:9-20; Jer. 10:1-16; Hab. 2:18-20; 1 Jn. 5:21; Ap. 21:8; 22:15).
También es abominación comunicarse con otros espíritus de ultratumba, sean o no de muertos, etc. (Dt. 18:9-14; Lev. 19:26,31; Is. 8:19,20).
FUNDAMENTOS / 7
PARTE VII
“9…EL MISTERIO de su voluntad, según su beneplácito,
el cual se había propuesto en sí mismo,
10de reunir todas las cosas en Cristo,
en la dispensación del cumplimiento de los tiempos,
así las que están en los cielos como las que están en la tierra”.
Efesios 1:9b,10
XXXIX
EL PROPÓSITO DE DIOS
Cuando se construye una casa, después de colocarse los primeros fundamentos, se acostumbra dejar las guías que señalen hacia dónde debe continuar la construcción; asimismo, después de haber bosquejado brevemente hasta aquí, el fundamento cristiano sobre el que descansan las iglesias de los santos mientras peregrinan hacia la estatura del Varón Perfecto con miras al Reino eterno en la gloria de Dios, me ha parecido apropiado señalar las guías que muestran hacia dónde se dirige la construcción de la gran Casa de Dios; es decir, cuál es en definitiva el propósito de Dios hacia el cual apunta todo su operar. Enfocaremos, pues, esta consideración desde dos perspectivas: el propósito universal y el propósito individual; qué quiere Dios con todo el universo y qué desea para cada individuo, no importa la diversidad de su función.
Acudimos entonces primeramente a un importante pasaje paulino de su carta a los efesios (1:3-14), subrayando aquí las frases que a este respecto nos parecen claves: “3Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4según nos escogió en él antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, 5en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, 6para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, 9dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, 10de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra. 11En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, 12a fin de que seamos para alabanza de su gloria… 14la redención de la posesión adquirida para alabanza de su gloria” (Ef. 1:3-6, 9-12, 14c).
Leemos aquí, pues, que la voluntad de Dios, que era un misterio, se nos ha dado a conocer a los santos en Cristo revelándonos su propósito para con lo que está en los cielos y en la tierra; y ese Gran Propósito Divino para con el universo es: REUNIR TODAS LAS COSAS EN CRISTO. Hacia esto avanza todo el operar de Dios, quien se ha propuesto esto.
Desde la rebelión de Lucifer y sus huestes en el cielo, e incluyendo la rebelión del hombre desde el Edén, las cosas en el cielo y en la tierra no están todas en su debido lugar, sujetas a la obediencia del soberano Altísimo. Dios, pues, que conocía todo esto anticipadamente, lo ha ordenado de manera que ahora en Cristo Jesús todas las cosas sean reconocidas por Él o a Él sometidas. Es decir, que todas las cosas sean efectivamente reunidas en el Hijo de Dios. Dios quiere hacerle bodas a Su Hijo (Mt. 22:2); quiere que Él tenga la preeminencia en todo (Col. 1:16-20). Todo lo hizo por Él y para Él. El Hijo es el heredero de toda plenitud, por lo cual Éste se ha sentado a la diestra del Padre esperando que todos sus enemigos le sean puestos por estrado de Su pies.
Pero además, Dios quiere también que Su Hijo Unigénito sea también el Primogénito entre muchos hermanos semejantes a Él; con lo cual queda expresado el propósito para con cada hijo de Dios: llevarnos a la estatura de Cristo Jesús; conformarnos a la imagen de Su Hijo, como está escrito: “28Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. 29Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:28,29).
De tal manera, la sabiduría de Dios es dada a conocer por medio de la Iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales “conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ef. 3:10,11 ). Dios se propuso, pues, que resultemos adoptados hijos de Dios todos los que estamos en Cristo, viviendo en santidad e inmaculez delante de Él, “para alabanza de su gloria y de su gracia”.
Desde la eternidad el Padre ha amado al Hijo y le ha dado todo; por medio de Él se expresa y quiere que todas las cosas le estén sujetas de manera que Él sea manifestado en todas ellas. Dios entonces ha llevado a la Cruz toda la vieja creación rebelde, para comenzar en la resurrección de Su Hijo una Nueva Creación fiel al Propósito Divino. El Hijo, a Su diestra, tiene, pues, el poder de sujetar a Sí mismo todas las cosas; por lo cual, habiendo enviado en Su nombre al Espíritu Santo con este propósito de glorificarle, entonces opera ahora mediante Su Cuerpo, la Iglesia, de la cual es Cabeza, trayendo, por Su virtud, a cada miembro, hacia la configuración en Su propia imagen; de modo que aun la naturaleza le sea entonces sujetada, para Él devolverlo todo al Padre en reconciliación, habiendo juzgado a los irredentos. Por todo lo cual, podemos ver al final la Ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén, teniendo la gloria de Dios, y asentada como Capital Universal del Reino de Dios, donde todas las cosas expresarán a Dios, dándonoslo a conocer en Cristo, vida sustentatriz y eterna. Conocer a Dios y a Cristo es la vida eterna (Jn. 17:3).
Lo urgente, pues, para colaborar con el propósito de Dios, es traerlo todo a la obediencia a Cristo, comenzando por nosotros mismos, área tras área, y de gloria en gloria, hasta fermentar toda la masa. Para lograr esto se nos ha concedido el Espíritu Santo, que nos participa el poder de la victoria de Cristo sobre Satán, la carne, el pecado, el mundo y la muerte, mediante la fe viva que nace de oír la Palabra de Dios, y que opera mediante el Amor.
La Iglesia, sujeta al Espíritu, es, pues, el vehículo de reconciliación que sostiene en el mundo la vanguardia del Propósito Divino, por el Espíritu Santo.
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Gino Iafrancesco V.
23 de abril a 5 de octubre de 1983
Paraguay
TRATADILLOS
por:
Gino Iafrancesco V.
CONTENIDO
(1) PARA USTED MISMO / lo mínimo que quisiera decirle a todo ser humano.
(2) JESUCRISTO, EL REMEDIO DE DIOS.
(3) DESTELLO DIVINO EN LA TIERRA DESDE LA ETERNIDAD.
(4) LA ENCARNACIÓN DEL VERBO DE DIOS.
(5) JESUCRISTO EN LA TIPOLOGÍA FESTAL.
(6) BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO.
(7) EL BUEN DEPÓSITO.
(8) DEL REPOSO CRISTIANO.
(9) LIBERTAD Y CONSIDERACIÓN.
El presente libro: “Tratadillos”, de Gino Iafrancesco V., está formado por la colección de una serie de breves tratados escritos y publicados por el autor para evangelizar y ayudar a los cristianos nuevos en asuntos que suelen presentarse en el inicio de la caminada cristiana. Los diversos tratados no están ordenados aquí según un criterio cronológico, sino más bien siguiendo un orden temático.
Para usted mismo, es un tratadillo evangelístico que lleva por subtítulo: “lo mínimo que quisiera decirle a todo ser humano”, y expresa la carga sentida en el espíritu por el autor para comunicar el camino de salvación, el evangelio de Jesucristo, a todo el mundo, en los términos más sencillos. Este tratadillo fue escrito en el año 1985, en Facatativá, Cundinamarca, Colombia, después de orar con Roosevelt Muriel en el parque arqueológico de “Las piedras del Tunjo”, pidiendo dirección por la carga evangelística. Desde ese mismo año hasta el presente, todos los años se realizan varias ediciones de este tratadillo.
Jesucristo, el remedio de Dios, fue ministrado en una concurrida reunión juvenil en Sincelejo, Sucre, Colombia, el 17 de agosto de 1997, trascrito por Esteban Iafrancesco A., y revisado por el autor.
Destello Divino en la Tierra desde la eternidad, es una compilación de pasajes bíblicos donde Dios mismo habla de Sí mismo, y de lo cual la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha desentrañado profundos significados. Este tratado fue escrito durante el primer semestre de 1998 en Bogotá D.C., Colombia, y su primera edición se realizó en septiembre de ese mismo año. También ha sido publicado en varios blogs en internet.
La Encarnación del Verbo de Dios, fue ministrado a la iglesia en la localidad de Teusaquillo, Bogotá D.C., Colombia, el 16 de octubre de 1992, y su segunda edición se realizó en julio de 2002. Se colecciona en Coletánea.
Jesucristo en la tipología festal, fue ministrado a la iglesia en Mosquera, Cundinamarca, Colombia, el 17 de octubre de 1992, y su segunda edición también se realizó en julio de 2002. Se colecciona igualmente en Coletánea.
Breve compendio bautismal cristiano, es un pequeño ensayo sobre el tema del bautismo que muchos cristianos nuevos desean comprender mejor, y alrededor del cual existen muchas preguntas. Este tratadillo fue escrito y publicado por el autor en el año 1978, en Asunción, Paraguay, donde se realizó su primera edición, que fue ampliamente distribuída principalmente en tal nación.
El buen depósito, es un artículo escrito por el autor con el fin de ayudar al pueblo del Señor, en los comienzos de la vida cristiana, para percibir el amplio espectro de los asuntos fundamentales abordados por la Palabra de Dios, de manera a no encasillarse en enredos periféricos, sino avanzar discerniendo lo prioritario. Este tratadillo fue escrito por el autor el año 1985, en Bogotá, Colombia, y recibió la clara dirección del Espíritu de difundirlo entre el pueblo cristiano. Existe de este tratadillo también una edición hecha en 1994 de la versión portuguesa de Roujet Fuchs llevada a cabo en Rio de Janeiro, RJ, Brasil, y distribuida desde allí.
Del reposo cristiano, es también un breve ensayo donde se busca responder bíblica y neotestamentariamente a las consabidas preguntas acerca del sábado, que suelen hacerse en los primeros tiempos del caminar cristiano, a veces debido a presiones religiosas de ciertos ambientes. El tratadillo busca ser cristocéntrico, presentando a Cristo como el cumplimiento perfecto, perpetuo, espiritual y real de todas las fiestas sagradas ordenadas por Yahveh a Israel. Quien está en Cristo, está en el cumplimiento perpetuo de tales fiestas que eran sombra de Él. Éste tratadillo fue escrito por el autor el año 1974, en Asunción, Paraguay.
Libertad y consideración, es la trascripción y traducción de una homilia presentada por el autor en portugués a la iglesia en Curitiba, Paraná, Brasil, la noche del 7 de diciembre de 1980, teniendo en vista la unidad de la iglesia. Los obreros cristianos brasileños: Aniceto Mario Franco y Juvenal Moura, trascribieron en portugués el mensaje, y lo publicaron editado y abreviado, difundiéndolo principalmente en Brasil. Este tratadillo, que contiene tal homilía, fue traducido por el mismo autor al castellano.
Se presentan agrupados aquí estos tratadillos de Colombia, Paraguay y Brasil, en este orden temático, con el fin de intentar servir de ayuda a los cristianos nuevos que se hacen preguntas relacionadas con los temas aquí tratados. De todos estos tratadillos, y otros, existen publicaciones en diversos blogs en internet.
PARA USTED MISMO
LO MÍNIMO QUE QUISIERA DECIRLE A TODO SER HUMANO
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Un ¡alto! puede salvarle la vida.
Dios desea comunicarle algo, antes de que usted siga de largo, y se pierda definitivamente.
No está en sus manos su futuro. Un minuto para atender a Dios, aquí y ahora, puede significar su salvación eterna.
Dios sí sabe de qué necesita usted ser salvo, aunque usted por ahora no lo sepa.
Dios lo hizo a usted con un propósito, y ahora interviene en su vida para hablarle.
El Dios de la gloria, Creador único de todas las cosas, se ha revelado a los hombres mediante Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el eje y la explicación de todas las cosas. Él es la Luz, la única que puede alumbrarle realmente.
Dios le ama y le comprende. Porque lo ha pensado a usted desde antes, fue porqué lo creó. Y ahora mismo le ha encontrado para hablarle, pues le ha estado buscando, aunque usted no se ha dado cuenta.
Él quiere decirle que está dispuesto a perdonarle todo pecado, y justificarle, con base en los méritos de Su Hijo Jesucristo en Su sacrificio en la Cruz.
El Hijo de Dios, que llegó a ser un hombre verdadero, y el Mesías profetizado de la historia, ha pagado en la Cruz el precio de todos los pecados de usted.
Al tercer día resucitó y se presentó vivo ante muchos testigos, pues Dios lo levantó de entre los muertos para mostrar que Él es Su Hijo y que ha recibido Su sacrificio en expiación por los pecados de todos los hombres, para que quien le creyere y le recibiere sea eternamente salvo por la fe en Sus méritos y en Su nombre.
Si usted cree y por Su gracia lo decide, puede invocar ahora mismo a Dios en el nombre de Jesucristo, y decirle de todo corazón que usted reconoce que ha pecado mucho, pero que por Su gracia se arrepiente de todos sus pecados, y que usted lo recibe a Él como su Salvador y Señor, como el Hijo de Dios completamente resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre, aceptando con toda fe el sacrificio que Él hizo por usted en la Cruz, de manera que Su sangre le limpia de todos los pecados por la fe.
Jesús dijo en Su Palabra:
“Ninguno que a Mi viene Yo lo hecho fuera”,
“Venid a Mi todos los que estáis cargados, trabajados y cansados, y Yo os haré descansar“,
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; Nadie viene al Padre sino por Mi“.
Jesucristo ha resucitado de entre los muertos ante testigos, y ante quienes mostró Su gloria; y ¡está vivo!; ¡está ascendido a la diestra del Padre! y conoce todos los secretos de su corazón, pero le ama y desea salvarlo.
Dios desea que usted mismo se pronuncie definitivamente por Su gracia.
Hable con Él en el nombre de Su Hijo Jesucristo, recíbalo por la fe de todo corazón, y encomiéndele en Sus manos todo su ser, su pasado, su presente y su futuro eterno. Si usted lo toma en serio, Él también lo tomará a usted en serio y le será fiel a usted y a su fe. Él es la misma Fidelidad Divina encarnada, el Testigo Fiel y Verdadero.
Reconcíliese ahora mismo con Dios por medio de la fe en Jesucristo; arrepiéntase, pídale perdón y crea. No permita que su orgullo y necedad le arrebaten la salvación eterna prometida por Dios a los que creen en Su Hijo. Pídale perdón y misericordia. Él será justo en perdonarle, pues Jesucristo ya pagó el precio de sus pecados y usted cree y lo recibe de parte de Dios, de todo corazón.
No se haga el inocente, ni sea descuidado, porque entonces sus males le alcanzarán.
La manifestación del reino de los cielos profetizada, está más cerca que nunca. Jesucristo regresará pronto, vendrá por segunda vez como lo prometió, y hará juicio. Los acontecimientos de este siglo, cada vez más dolorosos, son las señales profetizadas por Él que anuncian Su cercanía.
Él ha dicho que si alguno no está con Él, entonces está contra Él. ¿De parte de quién está usted?
No sea tibio. Comprométase en serio con Jesucristo, pues Él mismo le ayudará a hacerlo. Hable con Dios ahora mismo desde lo más profundo de su corazón y reciba Su ayuda. Confíe en Él, pues nunca ha defraudado a nadie que en verdad le busque y le reciba. No depende de nuestros métodos , sino de Su misericordia, gracia y justicia. Justicia por que yá pagó por usted con Su propia muerte y usted le ha creído.
La manifestación, pues, del reino de Dios está cerca, y el sistema actual de esta mundo se acaba. No se obstine en seguir sus propios caminos hasta el infierno. ¡El infierno sí existe! ¡Muchos lo conocen y no es ninguna broma!
Vuélvase a Dios por Su gracia ahora mismo. El temor reverente de Dios es la sabiduría.
No confíe en sus propias promesas. Confíe en la ayuda que Dios da a los débiles. Confíe en Su misericordia, gracia y justicia, sin falsedades ni posturas. Exprésese tal como ustted mismo es. Dios, que lo creó, le entenderá mejor que usted a sí mismo.
¡Escúchele ahora! El mañana no es suyo, y la eternidad es irrevocable. No arriesgue su futuro eterno en su insensatez. Sea sabio. Atienda la Palabra de Dios que está en la Biblia, Las Sagradas Escrituras, que por inspiración divina escribieron los profetas y apóstoles del Señor.
Lea atentamente la Sagrada Escritura, pidiéndole a Dios que por Su Santo Espíriru le ayude a entender. Considere a Jesucristo muy atentamente.
No se engañe a usted mismo, porque la muerte le espera seguramente cuando y donde usted menos lo espera y ni se lo imagina.
No se deje engañar por los hombres, ni por su propia torpeza. Sólo Dios te puede dar vida eterna, por medio de Su Hijo y Su Santo Espíritu. Busque directamente a Dios, a quien hallará en Su hijo Jesucristo, comforme a las Sagradas Escrituras. Sea honesto y Él será fiel con usted.
Él le está ofreciendo el perdón de sus pecados, para limpiarlo mediante la fe con la sangre de Su Hijo Jesucristo. También ha prometido venir entonces a morar en su espíritu, por medio del Espíritu Santo, para regenerarle, renovar su alma, vivificarle en las debilidades, inspirarle, enseñarle, comunicarle todo lo que Él es y ha hecho por usted; también para corregirle y fortalecerle interiormente para el supremo bien.
Usted mismo sería culpable, si rechaza o rehúsa esta bendición. El remordimiento le perseguirá siempre.
Dígale, pues, a Jesucristo, que usted cree en Él, por Su gracia, y le recibe, y de todo el corazón le entrega su vida. Pídale también con confianza que le guíe a usted y a los suyos. No espere a los demás. Recíbale usted primero, para que los suyos lo reciban más fácil.
Sea bautizado en Cristo. Sea un verdadero cristiano. Forme parte de la familia de Dios, que es una sola, formada por todos sus verdaderos hijos, aquellos que le creen y han sido perdonados de sus pecados, al ser comprados eternamente por la sangre de Cristo, y regenerados para siempre por Su Espíritu.
Reúnase con cristianos genuinos para agradecer y adorar a Dios, y aprender considerando Su Palabra, Las Sagradas Escrituras, y para animarse para hacer el Bien con la ayuda de Dios. Prepárese para la manifestación del reino de Dios que está cerca.
No se deje distraer, ni arrastrar por el diablo. Enfóquese de lleno en Jesucristo, y conocerá de verdad a Dios, Su amor, Su plan y Su propósito.
Dios quiere que usted le conozca verdaderamente como a Padre, y se goce con Él, y con lo que Él ha hecho, y con lo que se ha propuesto hacer con los que le aman y reciben con confianza.
Jesucristo interviene. Su Espíritu se está moviendo y actuando.
No todo será siempre guerras, masacres, alborotos, terremotos, hambres, desastres, enfermedades, injusticias, violencia y maldad. Estos son los estertores finales de este sistema del mundo, los dolores de parto cada vez más frecuentes e intensos por la maldad en la tierra. Alboreará, y pronto se verá la manifestación del reino de los cielos con la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Espérelo. Viene pronto.
Encare la vida con la ayuda del Divino Espíritu. Mejórela desde ya con Jesucristo. Su confianza en Él le permite salvarle. Su incredulidad y rebelión le deshonran y harán que permanezca sobre usted la condenación eterna.
Usted no está sólo. Dios está con usted y por usted; pero usted debe recibirlo por Su gracia. Nosotros, los cristianos, también estamos por usted. Decídase.
Este mensaje delante de usted, significa que usted ya ha sido llamado. No tenemos excusa.
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Gino Iafrancesco V., 1985, Facatativá, Cundinamarca, Colombia.
JESUCRISTO,
EL REMEDIO DE DIOS
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Hermanos jóvenes, yo estaba por allí sentado atrás, y los hermanos estaban muy contentos cantando; estaban cantando muy bonito y alegremente. Yo no sé quien paró las canciones, y escuché que algunos se pusieron tristes; ¡ah! Qué tristes. Cuando uno está cantando, quiere seguir cantando. Si es por mi, yo no paraba las canciones; dejaba que cantaran hasta que quisieran. Gracias hermanos. Pero, bueno, me tocó a mi hacer de malo y dañarles la fiesta; pero yo sé que ustedes también tienen al Señor, y ustedes entienden también; así que oremos a Dios; el Señor ha dicho que donde estamos dos o tres reunidos en Su Nombre, allí Él está; y Él está en nuestros corazones; así que podemos tocar al Señor con nuestros espíritus; así que los que quieran acompañarme en oración, se los ruego; amén.
Señor Jesús, gracias por estar con nosotros en esta noche; gracias, Señor, por atraernos a Ti. Padre, ayúdanos en esta noche; concédenos, Señor, entenderte; concédenos, Señor, conocer algo más de Ti, conocerte a Ti mismo, Señor. Señor Jesús, hazte conocido a Tu pueblo en esta noche; Señor Jesús, Tú que estás entre nosotros, toca nuestros corazones; pasa con Tu precioso Espíritu y déjanos conocer algo más de Ti. Padre celestial, en nombre del Señor Jesús, nosotros te pedimos, Señor, que nos attraigas a Ti, nos concedas entendertte, nos concedas ser atraídos por Ti; muchas coisas hay en la Tierra, señor, muchas voces; déjanos oir Tu voz, déjanos oir la Voz Tuya, señor. Señor Jesús, atráenos a Ti con Tu Presencia, atráenos a Ti con Tu Espíritu, y sea Tu Presencia, Señor, y Tu atracción, superior a cualquier cosa en la Tierra; superior a nosotros mismos. En el Nombre de Jesucristo, te lo pedimos, Padre. Amén y amén.
Bueno, le hemos encomendado al Señor Jesús que Él gane a todas las voces que hay en la Tierra; ¿no?. Hay muchas voces que nos atraen, muchos programas; y la juventud siempre es el blanco de muchas cosas. Yo le doy gracias a Dios porque hay juventud reunida aquí atraída por el Nombre del Señor Jesús. Tengo aquí la Biblia abierta en la segunda epístola que el apóstol Pablo le escribió a los corintios. Yo sé que muchos hermanos tienen su Biblia. La tengo abierta en el capítulo 4. Voy a leer el versículo 5. Allí el apóstol Pablo dice lo siguiente:
“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor a Jesús”.
No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor. Mire lo que decía el apóstol Pablo; no estaba tratando de atraer gente hacia su propia persona, ni los otros apóstoles; sino tratando de presentar al Señor Jesús. Dios sabe que nada más en esta Tierra, sino el mismísimo Señor Jesús, puede ayudar al ser humano. Hay muchas cosas que se hacen; algunas, inclusive, utilizando el nombre de Dios; pero si no está Jesucristo mismo en el asunto, resultan inútiles, y a veces, engañosas. El apóstol Pablo sabía que solamente Jesucristo mismo es el Señor y es el Salvador, y lo que Él hace es lo que es realmente útil al ser humano. Por eso, la intención de los apóstoles no era llevar a la gente a ninguna otra parte. Los apóstoles no tenían interés en distraer al pueblo. Al contrario, ellos querían llevar al pueblo a la verdadera fuente de vida, al Señor Jesucristo mismo.
A veces nosotros, y lo digo a ustedes que son jóvenes, nos preguntamos: ¿Y por qué es necesario conocer y recibir a Jesucristo? ¿por qué es necesario aprender de Él? ¿por qué Dios tuvo que enviar a Jesucristo? ¿por qué tenemos que poner atención a este asunto de Jesucristo?
Cuando uno es muchachito, a veces el papá o la mamá le hacen tomar a uno una sopa de verduras que el muchachito no se qquiere tomar. Dios sabe que se necesita esa sopa, pero el muchachito no lo sabe. Si fuese por él, se la pasaría comiendo caramelos, pues son tan dulces. El no piensa que comer tan solo caramelos le va a producir diabetes; y en cambio, eso de comer sopa de verduras, con espinacas, zanahorias, habichuelas, eso como que no le sabe tan sabroso. Pareciera que los caramelos parecen más agradables. Sin embargo, el papá y la mamá saben que que el muchachito no solamente necesita algún dulce, sino que necesita los nutrientes de esas espinacas, zanahorias, habichelas y toda clase de verduras, frutas y granos. ¿Pueden concordar con eso?
¿Saben una cosa? Dios sabía que si Él mismo no enviaba a Su Hijo Jesucristo, y si Jesucristo no fuera quien es, y no hubiera logrado lo que logró, todo ser humano estaría perdido para siempre. A veces las personas no saben qué es lo que ha pasado y qué le ha sucedido al ser humano. Sí, nos encontramos que el mundo no anda tan bien, que hay gente que está muriendo, mientras otros están robando y destruyendo, pero pensamos que el mal está solamente por allá afuera, un poco lejos de nosotros. Pero de pronto vamos descubriendo que el mal está también por aquí cerca, y a veces tan cerca, que hasta lo descubrimos en nosotros mismos. Sí, a veces lo descubrimos. Pero Dios sabe mejor que la condición del hombre es una de completa caída.
Hasta tal punto, uno de muchachito como que no se da cuenta de tanto. Uno de muchacho es idealista, y le parece a uno que sería fácil cambiar al mundo con nuestros ideales, con nuestro entusiasmo; pero todos los muchachos se fueron poniendo viejos, y se murieron, y el mundo no mejoró, sino que empeoró, y está cada vez peor. La Biblia sí lo dice con claridad. La Biblia sí dice que hay algo radicalmente malo en todos los hombres. La Biblia no anda con pañitos de agua tibia. La Biblia no dice que somos angelitos buenos que solo de vez en cuando cometemos algún pecadillo. ¡No! La Palabra de Dios hace un diagnóstico certero y verdadero; y Dios no lo hace para condenarnos; Dios no nos dice la verdad acerca del hombre y de su maldad simplemente para que nos pongamos tristes. ¡No!, Dios nos muestra la verdadera realidad, para que nosotros estemos dispuestos a recibir el remedio. Si la persona no descubre el mal que tiene, y piensa que de lo que adolece es apenas de un efímero dolor de muela, que con una pastillita mágica dejará de molestar, entonces la persona no recibe el verdadero remedio que condice con la verdadera condición. Solamente en la medida en que la persona va tomando conciencia de la verdadera situación, estará dispuesta para aceptar someterse al necesario tratamiento, y a recibir los remedios necesarios.
Uno, al principio, como que no se da cuenta de la profundidad del problema; pero Dios sí conoce todo el problema, así como los padres conocen que el muchachito necesita mucho más que meros caramelos. Puede ser que el niño diga: -pero papá, qué anticuado eres; cómo se te ocurre darme cosas tan desagradables.- Él no sabe que necesita esas cosas. Pero por eso Dios nos hece conocer que tenemos necesidad urgentísima de Su ayuda.
Dios no creó al hombre para vivir sin Dios. El hombre fue creado para vivir en unión con Dios. Miremos ese ventilador, o ese foco de luz. El fluorescente o el ventilador no pueden funcionar por sí solos, sin la energía eléctrica. Fueron diseñados para funcionar en estrecha relación con la energía eléctrica. Si la corriente entra en el fluoresacente, este alumbra; pero el fluorescente no alumbra por sí solo. El ventilador tampoco puede funcionar solo. Fue diseñado para funcionar en conexión con la corriente. Así también es con el ser humano. Fuimos hechos por Dios para vivir en estrecha comunión con Él; para que la vida de Dios, y el Espíritu de Dios, sean como esa especie de corriente eléctrica interior que nos lleva a realización perfecta.
Por eso, cuando Dios hizo al hombre en el principio, lo colocó delante del Árbol de la Vida; y esa Vida a la que se refiere el Génesis, es la propia vida de Dios. Dios hizo al hombre para que desde su espíritu el hombre se alimentara de la vida divina. Dios no le dio al hombre alimentos solamente para su cuerpo, cuando le dijo que de los árboles del huerto podría comer, puesto que el hombre es mucho más que un simple animalito. Lo que es más interior y noble en el hombre, necesita también de un alimento apropiado. Por eso el hombre fue colocado no solamente delante de los árboles frutales, sino también delante del Árbol de la Vida divina. Dios desea que la vida divina sea el alimnento que sustenta interiormente al hombre para la eternidad bienaventurada.
Si el hombre decidía vivir sin Dios, pues entonces moriría, de la misma manera como el fluorescente se apagaría si se desconecta de la corriente. El hombre podría ser inmortal y vivir eternamente si se alimenta de la vida divina. Sería como un fluorescente conectado, que alumbra, pues recibe el fluir de la corriente; pero desconectado no alumbra.
La Palabra de Dios nos dice que nuestro espíritu está dentro de nuestro ser; que nosotros tenemos un espíritu que funciona. Yo pienso que cada uno de ustedes, cristianos, ya ha captado la función de su propio espíritu. La conciencia es una función del espíritu. No somos animalitos; tenemos conciencia, incluso los pequeños. Si le preguntas al niño si decir mentiras está bien o mal, aunque quiera hacer trampitas, en su interior él sabe que decir mentiras está mal. El sabe que está bien obedecer a sus padres. No solamente por que lo aprendió de su mamita, sino porque lo tiene escrito en su corazoncito. En su conciencia él va percibiendo que no es solamente un cuerpo, que no es solamente algo exterior, sino que en su interior hay algo adentro, lo cual es el espíritu y el alma. Tú puedes reconocer tu propia alma en este mismo momento. Tú puedes decir: -yo soy fulano de tal.- Ese que está pensando, sintiendo y decidiendo, eres tú mismo, tu propia alma. A veces estás alegre, a veces aburrido, como algunos ahora recién cuando pararon de cantar. El alma es la que prefiere y la que escoge. La que decide es la voluntad de tu propia alma. Tu alma tiene pensamientos, sentimientos y voluntad.
A veces los muchachos se acuerdan solamente de la belleza de los cuerpos, y se olvidan de que adentro hay un alma y un espíritu. Cuanta atención se coloca hoy en el cuerpo, para lo cual se realizan ejercicios y dietas de modo a mantenerse en forma. Los jóvenes tienen más esperanzas que los viejos en ese respecto. Pero ¿acaso no es verdad que somos mucho más que eso? Sí, tenemos cuerpo, pero también alma y espíritu. Por tanto, debemos prestarle atención también a las demás cosas. La Escritura nos compara con una especie de vaso, el cual es un recipiente para contener. Así como este vaso de agua, así la Escritura nos compara con vasos de barro, y dice que los hijos de Dios somos como vasos de barro que contienen un tesoro adentro. Nosotros los seres humanos fuimos creados para ser llenados con Dios.
Pero ¿qué sucede, jóvenes, cuando el vaso está vacío? Llega una edad cuando el vacío se comienza a sentir; algunos se ponen románticos y comienzan a sentir ciertas emociones, de diversas clases; incluso la melancolía. A veces el muchacho aparenta estar contento en el exterior, pero en el interior está sufriendo, como en la conocida historia del payaso que fue a visitar al médico confesándole su tristeza y melancolía, y el médico le aconsejó asistir al circo para alegarse oyendo a aquel payaso famoso; pero el médico no sabía que su triste y melancólico cliente era precisamente ese payaso. Hacía reir a los otros, pero él mismo estaba vacío. Los jóvenes pronto van a darse cuenta de que, sin Dios, hay un abismo profundo dentro del ser del hombre; y van a querer llenarlo equivocadamente con alguna cosa de su mundo exterior; pero la parte más interior del hombre solo puede ser llenada con la vida divina del Árbol de la Vida.
El otro árbol a su lado, del conocimiento del bien y del mal, significaba el vivir solo por sí mismo como si no hubiera Dios. Pero estaba prohibido, pues nos apartaría de la verdadera Vida y realización. Así que concentrémosnos mejor en Aquel que Dios sí quería que el hombre comiera. Dios creó al hombre para que éste pudiera vivir por la misma vida de Dios. La mera vida humana tiene principio y tendrá su propio fin; pero la vida de Dios es eterna y sublime. Pero el hombre debe elegir libremente asociarse con Dios para vivir por la vida divina. Así como el citado fluorescente precisa alumbrar permaneciendo unido a la corriente eléctrica, así el hombre necesita ser llenado del Espíritu de Dios.
Cuando el hombre pecó, se separó de Dios, y algo comenzóma sucederle: su espíritu murió; dice la Escritura que estábamos muertos en delitos y pecados. Es como cuando se desconecta una conexión y la luz se apaga. Antes, ni siquiera se daban cuenta de que estaban desnudos; estaban totalmente brillando en la presencia del Señor, eran inocentes y transparentes; pero después de que el hombre se apartó, comenzó a esconderse, pues tenía miedo de Dios. Cuando la persona ha sido perdonada y está limpia, está delante de Dios con paz y vive a Su luz; pero cuando la persona se aleja de Dios, entra en oscuridad y tiene la conciencia culpable; empieza a esconderse, se hace el tonto, y usa muchas técnicas para disfrazarse, para q1ue no se descubra su oscuridad; pero el espíritu sin Dios está muerto, y por eso el hombre tiene un vacío adentro; de manera que el alma, por sí misma comienza a autoengrandecerse para compensar ese vacío, y se torna en un ego. Ahora el hombre quiere hacer las cosas solo por sí mismo, y se hace el fuerte y el duro, sobrepasa temerariamente los límites. Y el alma del hombre, que había sido diseñada para interpretar y representar el sentir de Dios en su espíritu, cual mayordomo atento al querer de su amo, en vez de consentir a la indicación de Dios en su espíritu, y cooperar con Él, ahora solo hace lo que le da la gana, haciéndose el alma enemiga de Dios, y pretendiendo soberbia la autosuficiencia, a veces hasta pretendiendo ser ella misma Dios. Esto le ha ocurrido al hombre por instigación de la serpiente, que dijo: -seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.- Hoy muchos promueven la auto-superación del hombre por su propia fuerza; pero eso es apenas el payaso inflándose hasta reventar.
El cuerpo del hombre también fue afectado por el pecado, y por eso el hombre muere. Además, dice ahora la Escritura, que en nuestra carne no mora el bien, sino el mal y el pecado. Todo esto sucedió cobn el hombre cuando se rebeló y desobedeció a Dios. Su espíritu, alma y cuerpo fueron afectados. Dios sí sabe lo que acontece con el hombre, aunque éste no conozca cuan torcido ha nacido. Pero ese niñito aparentemente tan querido, buenito e inocente, cuando menos pensamos, le da su pellizco violento a su hermanito o amiguito. Y si los padres se descuidan, los maneja de la oreja. La Escritura sostiene que el pecado del primer hombre constituyó pecadores por naturaleza a los demás hombres. Antes de reproducirse la primera pareja, ya la naturaleza humana fue vendida por ellos al pecado, de manera que el poder del pecado comenzó a operar en el hombre desde el mismo principio en que el hombre por sí mismo le dio lugar. Cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, comenzaron a reproducirse, sus retoños nacimos todos torcidos y malos. Dios sí sabe con que clase de “diablillos” se está metiendo, pero apenas nosotros nos damos cuenta.
Gracias a Dios que Él no fue sorprendido por esto. Él ya sabía todo lo que iba a acontecer, pero nos amó, y como nadie puede frustrar Sus planes, ya tenía preparado un plan de redención, un plan apropiado para tratar con la condición caída del hombre. Dios quiere restaurar al hombre en todas sus partes que fueron afectadas.
El hombre necesita, entonces, por una parte, ser perdonado de lo que ha hecho; pero también ser liberado de lo que él mismo llegó a ser. Pues no solo hace cosas malas, sino que él mismo es malo. Hace cosas malas, porque es malo. Por eso Jesucristo dijo: “¿Cómo podéis vosotros hacer cosas buenas, siendo malos?”. El árbol bueno produce fruto bueno, y el árbol malo produce fruto malo. Por su fruto se conoce el árbol. Y Dios tiene solamente un árbol bueno: Jesucristo. Todos los demás árboles somos malos. Yo sé que esto no es muy agradable decírselo a la juventud, pero ustedes mismos saben que no les estoy diciendo mentiras. Ustedes no son de otro planeta. No hay aquí entre nosotros ningún “marciano”. Pueden levantar la mano los que se creen buenitos. Cuando Jesucristo dijo: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, los primeros que comenzaron a irse fueron los viejos, pero después también todos los jóvenes se fueron. Dios sabe muy bien que tú necesitas ser ayudado, perdonado, liberado, reconciliado, limpiado, regenerado, justificado, santificado, renovado, fortalecido, transformado, configurado a la imagen de Su Hijo. Muchas cosas tiene que hacer Dios con nosotros. Y para hacerlas fue que vino Jesucristo.
Porque Dios vio la condición del hombre, tuvo gran compasión, y decidió poner sobre sí al hombre y pasar por la cruz, para poder así terminar con todo aquello que el hombre se hizo a sí mismo. Entonces resucitar para comenzar de nuevo, siendo ahora, otra vez, el alimento del hombre. Entonces da vida a nuestro espíritu, para que el poder de Su Espíritu regenere el nuestro. Y a partir de allí ir ganando nuestra alma renovándola, vivificando nuestros cuerpos hasta un día glorificarnos con la glorificación con que Él fue gloirificado en Su humanidad que asumió. Porque habíamos sido afectados en espíritu, alma y cuerpo; entonces ahora Dios que dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanzam y señoree…”, cumplirá definitivamente Su propósito, perdonándomos, limpiándonos, reconciliándonos, justificándonos, liberándonos, santificándonos, regenerándonos, renovándonos, transformándonos y configurándonos en Cristo a la imagen Suya. Pues fuimos creados para parecernos a Cristo, al vivir por Él. Ese ha sido el plan de Dios para el hombre, que el hombre fuese como Su Hijo. El Hijo de Dios es el modelo y el contenido para el hombre. Para que esto se dé, el Hijo mismo ha de ser la vida y el contenido del hombre. Fuimos hechos para contenerlo a Él, viviendo en estrecha comunión con Él, en unión mística. Dios en Cristo y por el Espíritu viviendo en el hombre, y el hombre viviendo a Dios en Dios. Cristo siendo la vida y el vivir del hombre.
Pero cuando el hombre está vacío, muere; usted puede ponerle todos los adjetivos negativos, pues allí estarán. Pero el Verbo de Dios vino y se hizo hombre, y como Adán, fue sometido a la prueba. Adán recibió gratuitamente la naturaleza humana libre, pero la vendió al pecado. Al hacerlo, prácticamente traicionó y perjudicó a toda su progenie. Ahora el poder del pecado opera en todo ser humano. Ahora no hacemos el bien que queremos, pero sí el mal que no quisiéramos; como lo dice Pablo a los romanos en el capítulo 7 de su epístola. Cuando se trata de ideales, especialmente los jóvenes tienen muchos. Y decimos: -qué lindas serían las cosas, si fueran así.- Pero al intentar hacerlas, no nos salen las cosas como esperábamos, sino que resultamos tan fracasados como nuestros abuelos, o quizá peor. Descubrimos que no somos tan generosos como ponderábamos, sino avaros como criticábamos. ¿Será que el problema del egoismo es un problema solamente mio? ¿Ustedes qué dicen? También he querido muchas veces ser diligente, pero no sé de donde brota la pereza. Quisiera ser una persona pura, pero no se pueden aprobar todos mis pensamientos y sentimientos. Quisiera siempre decir la verdad, pero a veces le agregamos por aquí y le quitamos por allá. En la valoración de las cosas, resaltamos lo que nos atañe, pero disminuimos lo que atañe a otros. Algo malo siempre aparece en el hombre, y con esto creo que ya será suficiente para entender. Yo no los veo muy tristes; ¿será que es necesario seguir insistiendo? Nos reímos, pero la cosa es para llorar. Dios, que conoce nuestro problema, sabe como arreglarlo. El método de Dios se llama: Jesucristo.
El Verbo e Hijo de Dios se vistió de naturaleza humana; fue tentado en todo como el hombre es tentado, pero en vez de vender al pecado la naturaleza humana, Jesucristo no permitió que el pecado le venciese; y aunque fue tentado en todo conforme a nuestra semejanza, venció al pecado en la carne. ¡Qué gran trabajo estaba haciendo Dios con Jesucristo! Cuanto debemos aprender a apreciar la obra que hizo el Señor Jesús. Vino a deshacer las obras del diablo, y a realizar al hombre en su persona. El hombre fue restaurado en la humanidad de Jesucristo; por eso Él debe ser nuestro alimento diario. Como hombre, pues no como Dios, Él comenzó a crecer en estatura, gracia y sabiduría. Aprendió la obediencia por el sufrimiento, y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para los que creemos en Él. El hombre, por el pecado, se tornó un viejo hombre; pero ahora, por Jesucristo, ha surgido un nuevo hombre. Antes de la caída, el hombre nomera ni viejo ni juevo; era simplemente hombre. Con la caída nos hicimos viejos; incluso los más jovencitos aquí, son viejos cuando solo están en sí mismos. Para ser nuevos, precisamos andar en Cristo. Y escúchenlo, por favor, las jovencitas; para no envejecer, y permanecer por siempre jóvenes, debemos vivir en Cristo, pues Él resucitó joven para siempre. Él es la novedad de vida. Jesucristo llegó a ser el hombre que Dios esperaba que fuese el hombre. Lo que Adán no alcanzó, lo logró Jesucristo.
Pero, escúchenme bien; todo lo que logró Jesucristo, lo hizo para nosotros. Él se santificó a sí mismo para santificarnos a nosotros. Él desarrolló en sí mismo todas las potencialidades de la humanidad. Él llegó a ser el Varón Perfecto, con el fin de agradar a Dios y poder meterse dentro de nuestro espíritu, y con Su capacidad, darnos nueva vida. Dios siempre ha querido que nuestro contenido sea Jesucristo. Dios sabe que sin Él somos unos perversos. En nosotros mismos estamos dañados y muertos, no importa cuan jovencitos seamos. Toda apariencia es pura paja. En nosotros mismos solamente somos gusanos disfrazados. Pero Dios en Cristo, por el Espíritu, nos da vida como un regalo, recuperando nuestro espíritu que estaba muerto, y comienza a transformar nuestra alma, para retornarla a la semejanza Suya.
Nos perdona por Su sangre derramada en expiación, para que se olvide el pasado. Nos libera de lo que éramos, para que seamos nuevos en Él andando por el socorro oportuno de Su Espíritu. Nos hace, pues, nuevas creaturas. La deformación de nuestras almas comienza a ser transformada en dirección a configurarnos a Él hasta que se forme en nosotros. Lo que éramos lo terminó en Su muerte, y lo que recibimos ahora proviene de Su resurrección por el Espíritu. Cristo en nosotros es el nuevo hombre. Ya murió, pero resucitó y ascendió, y habiendo enviado Su Espíritu victorioso, nos alumbra, regenera, renueva, transforma y configura, haciéndonos un solo cuerpo. El fluorescente ahora alumbra gracias al fluir de la energía. En su epístola a los filipenses, Pablo nos habla de la suministración del Espíritu de Jesucristo.
Amados, desde jóvenes conozcamos que existe algo así como la suministración del Espíritu de Jesucristo. Su sangre nos limpia, mas Su Espíritu nos da vida. Todo lo que Cristo es y logró pasa a ser nuestro gracias a la obra de Su Espíritu. Estas son dos “cosas” muy importantes: la sangre y el Espíritu de Cristo. Eso lo anunció muy bien el apóstol Pedro en el día de Pentecostés, cuando nos ofreció, de parte de Dios, la remisión de los pecados y el don del Espíritu Santo. Dijo Pedro que nos arrepintiéramos y fuéramos bautizados. Así expresamos la fe por la que recibimos las promesas de Dios. El perdón borra lo pasado, la cruz termina con lo viejo, pues Jesús llevó nuestros pecados, el viejo hombre, la maldición sobre sí mismo en la muerte; pero resucitó, porque tiene poder para poner Su vida y para volverla a tomar. El Padre le dio el que tenga vida en sí mismo. Resucitó para resucitarnos, dándonos vida al injertar en nosotros Su Espíritu. Y entonces comenzar a permear nuestras almas, nuestros pensamientos, sentimientos y voliciones. Antes nuestros pensamientos vagaban sin rumbo por caminos de muerte; igualmente nuestras emociones. Pero ahora el Espíritu, desde nuestro interior, nos trae de vuelta al redil. Hija, no cedas al enamoramiento de ese caballero, pues es un hombre casado. Te consuela y fortalece. Caballero, aquella mujer es mujer de otro; no te detengas en ella; y te fortalece para hacerte a un lado y mirar en otra dirección.
Las emociones comienzan a ser puestas en orden por el Espíritu, en unión con tu alma. Comienzas a recibir aquella inspiración que te conduce como un jinete a su caballo. El potro indómito comienza a ser domado. Todos necesitamos que Dios dome nuestra lengua, nuestros apetitos; y ese poder será nuestro por Jesucristo. Como Él ya pasó por la prueba del mundo y de la carne, y ya venció a todo enemigo, entonces es poderoso para socorrernos en nuestras debilidades. La victoria de Jesucristo sobre satanás, es ahora un regalo para nosotros, dispouestro a ser tomado por la fe, en estrecha comunión con Cristo. Él enfrentó la muerte y la venció, para compartir con nosotros. Por eso el Espíritu Santo es un Don que se recibe al creer en el Evangelio. El espíritu Santo fue derramado como demostración de la victoria de Jesucristo, y como garantía de nuestra herencia con Él. Ahora está disponible para nosotros, por la fe que se atreve a contar con Él. Al recibir por la fe al Señor Jesús, le estamos diciendo: -desde ahora, Señor, cuento contigo firmemente.- Cuando sinceramente crees, tú en verdad no haces nada, pues Dios sabe que de ti no puede salir nada bueno por sí solo. Simplemente lo recibes por fe, diciéndole Amén. No es necesario subir de rodillas hasta el monte para merecer alguna cosa. Dios sabe que todo eso es inútil. Lo único que puede ayudarte es recibir a Jesucristo por la fe, contando con Él para todas las cosas y desafíos. Jesucristo es el único que nos puede cambiar. Los que somos genuinos cristianos, ya tenemos a Jesucristo adentro con todas Sus capacidades que están a nuestra disposición, no solamente para imitarlo, sino para vivir por Su mismo Espíritu. Somos fortalecidos en el Señor. Por eso Pablo le escribe a Timoteo que se esfuerce en la gracia. No se trata de una imitación exterior basada en la justicia propia desde la carne, sino de una fe activa que se apropia de la provisión. Por eso el apóstol Juan hablaba a los jóvenes, con fe, diciéndoles ser fuertes y haber vencido al maligno. No les pedía ser fuertes, sino que les comunicaba que en el Señor ya eran fuertes. Ya no estamos más solos, sino que Él está en nosotros, y nosotros estamos en Él, como un café con leche. La leche está en el café, y el café en la leche. Ya no se separan más. Así también nosotros por la fe estamos en Cristo, pues Él está en nosotros al haberle recibido por la fe. Ya no nos separaremos más. Antes el café y la leche estaban separados. Cristo estaba en el Cielo y nosotros en la Tierra. Pero ahora estamos unidos como Uno en espíritu. Contamos con Él, no importa como nos sintamos. Si nos sentimos débiles, pues Él es fuerte y Su poder se manifiesta a través de nuestra debilidad. Si estamos tristes, nos consuela. Si estamos cansados, nos hace descansar. No necesitamos fingir; simplemente confiar, creer y contar sinceramente con Él por la fe.
A veces no sabemos ni siquiera como orar; pero nos enseña el apóstol Pablo que el mismo Espíritu nos enseña a orar con gemidos indecibles según la voluntad divina. El Espíritu está ahí presente. Tú no ves la corriente eléctrica, pero enchufas con confianza y la energía fluye. Acudes al Señor y Él no te echa fuera. No importa cuan oscuro esté un cuarto; si hay una pequeña brechita, el rayo de luz pasará por allí. Así hará el Espíritu Santo. Se nos dio a beber del Espíritu. Él está ahí. No podemos huir de Su Espíritu. También la palabra Espíritu se dice en griego: pneuma. Lo cual podemos asociar con el viento. El aire está ahí simplemente para que respiremos. Así es con el Espíritu. La manera de beber y de respirar es por la fe. Y así como añades a una bebida láctea toda clase de vitaminas y nutrientes, y con solo tomarla, esos nutrientes entran en usted, así también el Espíritu contiene todas las riquezas y victorias de Cristo que pasan a ser nuestras al beber por la fe. Todo lo que necesitamos está allí. No es lo que tú eres lo que te ayuda, sino lo que el Señor es en el Espíritu para ti. Jesús dijo que si creemos en Él, desde nuestro interior fluirá el Espíritu como rios de aguas vivas.
La Iglesia es edificada sobre la roca que es Cristo revelado y confesado. Lo que el Señor es para nosotros, no lo que nosotros somos, es lo que hace la diferencia. Si crees, lo confiesas con tu boca. Cuando una señora va a planchar una camisa, espera a que la plancha se caliente, y para eso debe enchufarla. Si estás frío, acudes al seeñor invocándolo de todo corazón con fe, y permaneces asido de Él. La plancha entonces se calentará y la señora podrá aplanchar la camisa. Permanezca allí confiando. No solo pidiendo, sino creyendo que fue oído y las cosas ya están en camino. Cuando fluye el agua del Espíritu, Su fluir se lleva lo viejo, y trae refrigerio. El Nombre del Señor es una torre firme. Invoquémoslo con fe, pues no está lejos de nosotros, sino en nuestra boca y en nuestro corazón. A Él acudirá el justo (por la fe) y será escuchado. Es decir, recibirá respuesta. A veces acudimos a muchas partes, pero no a Él mismo. Toquemos su manto por la fe y contemos con su socorro.
¡Que el Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu!
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Gino Iafrancesco V., 17/VIII/1997, Sincelejo, Sucre, Colombia.
DESTELLO DIVINO
EN LA TIERRA
DESDE LA ETERNIDAD
“SEFER YAH”.
א
ALEF
DESTELLO DIVINO EN LA TIERRA
DESDE LA ETERNIDAD
Yo soy Yahveh.
Yo soy el que soy.
Yahveh El Holam.
Yo soy El Shaday.
Yahveh Elohim.
Yahveh El Helion.
Adonay.
Adón Yahveh Elohim.
Yo soy Santo.
Santo soy Yo Yahveh Elohim.
No hay otro junto a Yahveh Elohim.
Yo Yahveh Elohim El Celoso.
Yahveh Elohim, Yahveh Uno.
El Elohim es Yahveh.
Elohim de todo saber es Yahveh.
Yahveh Elohy TSabaoth.
Adonay Yahveh.
Yahveh Elohim sin semejante.
Yahveh Elohim es Justo.
Yahveh Elohim desde la eternidad.
Yahveh Elohim Bendito de eternidad a eternidad.
Yah es Bueno.
Yah Yahveh.
Yahveh es Rey eternamente y para siempre.
Yahveh es Fiel.
La Fidelidad de Yahveh es para siempre.
Yahveh es Recto.
Yahveh es Puro.
Yahveh es Limpio.
Yahveh es Verdadero.
Yahveh es Creador.
Yahveh es Sustentador.
Yahveh es Redentor.
De Yahveh es el Reino.
Yahveh TSabaoth es el Rey de la Gloria.
Bueno y Recto es Yahveh.
Yahveh es Misericordioso y Clemente.
El consejo de Yahveh permanecerá para siempre.
Yahveh el Helion es Temible.
Grande es Yahveh,
Adonay Yahveh TSabaoth.
Yahveh es TodoPoderoso.
Yahveh Hacedor.
Yahveh permanece para siempre.
Yahveh es Perfecto.
Yahveh, eterno es Su Nombre.
Yahveh es Excelso.
Santo, Santo, Santo Yahveh TSabaoth.
Yahveh el Santo.
Yahveh es Juez, Yahveh es Legislador, Yahveh es Rey.
Yo Yahveh, el Primero.
Yo Yahveh, Este es Mi Nombre, y a otro no daré Mi Gloria.
Vivo Yo para siempre.
Ved ahora que Yo, Yo Soy,
y no hay dioses conmigo.
Yo Mismo Soy;
antes de Mi no fue formado Dios,
ni lo será después de Mi.
Yo, Yo Yahveh, y fuera de Mi no hay quien salve.
Yahveh dice: Yo Soy Elohim.
Yo Yahveh, Santo, Creador, Rey.
Yo Soy el Primero y Yo Soy el Postrero y fuera de Mi no hay Dios.
Yo Yahveh, que lo hago todo, que extiendo Solo los cielos, que extiendo la tierra por Mi Mismo.
Yo Soy Yahveh, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de Mi.
No hay más que Yo; Yo Yahveh, y ninguno más que Yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Yahveh soy el que hago todo esto.
Yahveh que creó los cielos dijo así: que El es Elohim, El que formó la tierra, El que la hizo y la compuso; no la creó en vano; para que fuese habitada la creó.
Yo Soy Yahveh, y no hay otro.
Yo soy Yahveh que hablo Justicia, que anuncio rectitud.
¿Quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino Yo Yahveh?
Y no hay más Dios que Yo;
Dios Justo y Salvador; ningún otro fuera de Mi.
Mirad a Mi, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque Yo Soy Elohim, y no hay más.
Por Mi Mismo hice juramento, de Mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: que a Mi se doblará toda rodilla y jurará toda lengua. Y se dirá de Mi: en Yahveh está la justicia y la fuerza.
¿A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que seamos semejantes?
Yo Soy Elohim, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a Mi, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero.
Yo hablé y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré.
Yo Mismo, Yo el Primero, Yo también el Postrero.
Yahveh es Elohy TSabaoth; Yahveh es Su Nombre.
Yahveh es Dios Celoso y Vengador.
Yahveh es Vengador y lleno de indignación; se venga de sus adversarios y guarda enojo para sus enemigos.
Yahveh es tardo para la ira y grande en poder y no tendrá por inocente al culpable.
Yahveh es Bueno, Fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en El confían.
Yo Soy Gran Rey, dice Yahveh TSabaoth.
¿Quién es este Hermoso en Su vestido, que marcha en la Grandeza de Su Poder? Yo, El que hablo en Justicia, Grande para salvar.
Yahveh Yiréh.
Yahveh Rafah.
Yahveh Nissi.
Yahveh Raah.
Yahveh TSidkenu.
Yahveh Shalom.
Yahveh Shama.
Yo lleno los cielos y la tierra, dice Adonay Elohim Yahveh TSabaoth El Holam El Helion El Shadday.
Esto y más ha dicho y revelado Yah acerca de sí mismo a los hombres y a los ángeles.
Yah es Yahveh, y Yahveh es El; El es Elohim,
y Elohim es traducido inspiradamente por Su Espíritu mediante Sus apóstoles como Theòs y significa Dios.
También Yahveh dícese Jehová.
Yah El,
Yahveh Elohim,
Jehová Dios.
Adón es traducido Kyrios y significa Señor, Soberano, Amo y Esposo.
Adonay, Mi Señor.
El Holam, Dios Eterno.
El Helion, Dios Altísimo.
Yahveh TSabaoth, Jehová de los ejércitos.
El Shadday, Dios TodoPoderoso, Divino Pecho Todosuficiente que alimenta, nutre, sustenta y hace florecer y fructificar.
Jehová el Proveedor, el Sanador, el Estandarte de nuestra Vanguardia y Victoria, el Pastor, Nuestra Justicia, Paz, Siempre ahí Presente.
Yahveh Elohim es Personal y tiene conciencia de sí mismo, se conoce y se revela.
Yahveh Elohim dice: Yo Soy.
Yahveh Elohim es Eterno.
Yahveh Elohim es Uno.
Yahveh Elohim es Amor.
Yahveh Elohim es Bueno, Fiel, Misericordioso y Clemente, Justo, Recto y Verdadero, Perfecto, Santo, Galardonador y Vengador.
Yahveh Elohim es Rey, Legislador y Juez.
Yahveh Elohim es Creador, Hacedor, Formador, Sustentador y Redentor.
Yahveh Elohim es Espíritu.
Yahveh Elohim es TodoPoderoso, Omnipotente.
Yahveh Elohim es TodoSapiente, Omnisciente.
Yahveh Elohim está todo en todas partes, Omnipresente.
Yahveh Elohim es antes de todo y sobre todo; es Trascendente.
Yahveh Elohim está en todo y todo en El; es Inmanente.
Yahveh Elohim es Inmutable, Nunca cambia.
Yo Yahveh no cambio, no mudo.
En Elohim no hay mudanza ni sombra de variación.
Yahveh Elohim es Padre Eterno,
Yahveh Elohim es Verbo Eterno e Hijo Eterno,
Yahveh Elohim es Espíritu Eterno.
Yahveh Elohim es Uno en Esencia y Trino en Persona.
Yahveh Elohim es Uno en Naturaleza y Trino en Hipóstasis o Subsistencia.
Yahveh Elohim dice: Yo, y dice: Nosotros.
Yahveh Elohim envía a Yahveh Elohim y a Su Santo Espíritu.
También Yahveh es Enviado de Yahveh.
El Ángel Yahveh es Yahveh y dice: Yo Yahveh.
Yahveh Elohim es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Yahveh Elohim es Propio.
Yahveh Elohim es TodoAdorable.
¡Yahveh! ¡Yahveh! Fuerte, Misericordioso y Piadoso; Tardo para la ira y Grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.
Esto ha proclamado Yahveh de Sí mismo y ha declarado Su Nombre.
Yo Soy Jehová Tu Dios, Fuerte, Celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.
Dios es Amor.
El Amor Divino es Eterno.
Dios ama con amor eterno.
Dios es Fuego Consumidor.
Dios es Santo.
Mirad la Bondad y la Severidad de Dios.
Soberano es Dios y Misericordioso.
Con Justicia juzga y pelea.
Yahveh Elohim, como Padre Eterno, ha engendrado Su Sabiduría eterna, que le acompaña desde la eternidad, y que está delante de Sí como un Consejero, el Verbo Divino, el Hijo Unigénito.
Yahveh Elohim, el Padre Eterno, al conocerse a Sí Mismo desde la eternidad, y a todas las cosas, engendró Su Sabiduría eterna.
La Divina Sabiduría es Eterna y tiene conciencia de Sí, tiene Hipóstasis, Subsistencia y Personalidad.
Por Su Divino Verbo Yahveh Elohim se revela según se conoce y dice: Yo Soy El que Soy.
La Sabiduría Divina y Eterna es el Verbo Divino y Eterno, Subsistente y Personal, que dice de Sí Mismo Yo Soy, así como el Padre Eterno dice Yo Soy.
El Padre Eterno Yahveh Elohim ha dicho a Su Hijo Unigénito:
Yo te engendré hoy.
Engendrado, no creado, porque es de la misma Esencia, Substancia, Naturaleza, Deidad y Divinidad.
Engendrado, no creado, porque ya era en el Principio, y nunca comenzó Yahveh Elohim a conocerse, sino que eternamente se ha conocido en, con, y por Su Divina Sabiduría Eterna, Subsistente y Personal, Tan Igual a Sí Mismo que es el Propio Carácter de Su Hipóstasis, la Impronta de Sí Mismo, La Imagen Subsistente y Personal de Su Propia Subsistencia y Persona.
Así pues, Yahveh Elohim es el Resplandor de la gloria de Yahveh Elohim.
Yahveh Elohim se revela según se conoce perfectamente a Sí Mismo como Yahveh Elohim.
Yahveh Elohim es el Padre Eterno.
Yahveh Elohim es también la Plenitud consciente, subsistente y personal del Divino Verbo, Sabiduría Divina Eterna, Revelación Divina Perfecta, Resplandor Divino de Divina Gloria, el cual también con el Padre es Yahveh Elohim, el Verbo Eterno, Hijo Eterno y Unigénito, Engendrado, no creado, El Mismo y Único Dios Verdadero. Dios Verdadero de Dios Verdadero.
La Sabiduría Divina y Eterna, como subsistente y personal, dijo de Sí Misma: Yo, la Sabiduría, eternamente fui engendrada; con Yahveh estaba Yo antes de todas las cosas, delante de El como Su Consejero. Yahveh me poseía en el Principio, ya de antiguo, antes de Sus obras; eternamente tuve el Principado.
El Verbo Divino y Eterno, cual Divina Teofanía o Manifestación de Dios, es Yahveh, el Príncipe de los ejércitos de Yahveh, Yahveh Enviado de Yahveh, El Ángel Yahveh que dice: Yo Soy Yahveh, Yo Soy El que Soy.
Así ha dicho el Hijo Unigénito:
Antes que Abraham fuese, Yo Soy.
Padre, Glorifícame Tú, al lado Tuyo, con Aquella Gloria que Yo tuve ConTigo antes que el mundo fuese.
Como el Padre tiene Vida en Sí Mismo, así ha dado al Hijo el tener Vida en Sí Mismo.
Que todos honren al Hijo como honran al Padre.
El que no honra al Hijo, no honra tampoco al Padre.
El que no tiene al Hijo, no tiene tampoco al Padre.
El que no recibe al Hijo, no recibe tampoco al Padre.
El que Me recibe a Mi, recibe Al que me Envió.
Yahveh Elohim envía. Yahveh Elohim es enviado de Yahveh.
Si Me conocieseis, también a Mi Padre conocerías.
El que Me ha visto a Mi, ha visto al Padre.
Yo y el Padre Uno somos.
Yo Soy en el Padre y el Padre Es en Mi.
Tú, oh Padre, en Mi; y Yo en Ti.
Todo lo Tuyo es Mío y lo Mío Tuyo.
La Vida Eterna que estaba con el Padre se nos manifestó.
En el Principio Era el Verbo, y el Verbo era y estaba con Dios, y Dios era el Verbo. Este era en el Principio con Dios.
¿Cuál es Su Nombre y el Nombre de Su Hijo si sabes?
Y Aquel que es la Sabiduría Divina y Eterna, es también el Poder Divino y Eterno.
El Verbo es también el Único Dios, Yahveh Elohim.
El Verbo es Divino y Eterno como Sabiduría Divina y Eterna de Dios y como Poder Divino y Eterno de Dios.
El Hijo Unigénito del Padre es el Verbo Divino y Eterno.
El Hijo es Eterno con el Padre. Igual en Divinidad, en Esencia, en Substancia, en Naturaleza, en Sabiduría, en Poder, en Gloria.
El Hijo es la Sabiduría, el Poder, el Verbo, la Impronta, la Imagen, el Poder, la Gloria, de Dios.
El Único Dios Verdadero es conocido mediante el Hijo Unigénito, Divino, Eterno, Subsistente y Personal.
Agradó al Padre que en el Hijo habitase toda Plenitud.
El Hijo de Dios es Dios, Yahveh Elohim.
Cuando el Padre dice Yo Soy, revela poseer una Subsistencia Personal, La Persona Divina del Padre.
Cuando el Hijo dice Yo Soy, revela poseer también una Subsistencia Personal, la Persona Divina del Hijo.
Cuando el Espíritu dice Yo Soy, revela poseer igualmente una Subsistencia Personal, la Persona Divina del Espíritu Santo.
El Padre ha dicho al Hijo: Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy; Tú eres Mi Hijo Amado en el cual Yo tengo contentamiento.
El Hijo ha dicho al Padre: Tú, oh Padre, en Mi, y Yo en Ti; Todo lo Tuyo es Mío y lo Mío Tuyo. Aquella Gloria que Yo tuve Contigo antes que el mundo fuese.
El Espíritu ha dicho: Yo los he enviado. Y ha dicho: Apartadme para Mí… Yo los he llamado.
El Espíritu no habla por Su propia cuenta, sino lo que oye;
El Espíritu glorifica al Hijo;
El Espíritu toma lo del Hijo, que también es del Padre, y lo entrega en Su Nombre.
Dios es Espíritu.
El Espíritu de Dios, que conoce las cosas profundas de Dios, que es Señor, que es Espíritu del Padre y Espíritu del Hijo, que procede del Padre y del Hijo, que convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio, que vivifica y da Vida Eterna y es Eterno, que Unge, Santifica, participa la Naturaleza Divina y llena de la Plenitud de Dios, que transforma, que contiene, presenta y transmite al Padre y al Hijo, Es también Dios Mismo, Yahveh Elohim.
El Espíritu vivifica y transforma en el Nombre del Hijo que a Su vez vino en el Nombre del Padre.
Yahveh Elohim es Uno en Esencia, Substancia, Naturaleza y Ser, y subsiste hipostática y personalmente en la Persona Divina del Padre, en la Persona Divina del Hijo y en la Persona Divina del Espíritu Santo.
Tres Personas Distintas y Un Solo Dios Verdadero, Yahveh Elohim.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Tres Personas Divinas que subsisten en la Misma Esencia y Naturaleza Divinas como Un Solo y Mismo Dios y Ser Divino; siendo coeternas, coexistentes, coinherentes e interpenetrables, siendo Una en la Otra, e interpenetrándose mutuamente a manera de Amor Divino TriPersonal en el que subsiste Una sola y misma Esencia, Naturaleza y Ser Divino.
Son Distintas (mas no en esencia ni naturaleza) las Tres Hipóstasis, Subsistencias y Personas del Único Dios Verdadero Yahveh Elohim, puesto que el Padre Eterno y Divino subsiste hipostática y personalmente como Aquel Invisible que engendra al Verbo y exhala al Espíritu; en cambio el Verbo Divino y Eterno subsiste hipostática y personalmente como el Hijo Unigénito engendrado del Padre, Imagen Suya y Resplandor de Su Gloria; y el Espíritu Divino y Eterno subsiste hipostática y personalmente como Espíritu Procedente del Padre y el Hijo, en cuanto que el Padre no es Unigénito, ni Procedente; ni tampoco el Hijo puede dejar de ser Unigénito, y aunque procede del Padre, no procede de la misma manera que el Espíritu, pues el Hijo procede por Generación Divina desde el Padre, siendo así Unigénito del Padre desde la eternidad. En cambio el Espíritu procede del Padre y del Hijo.
El Padre y el Hijo participan en un Amor Común tan Pleno que al compartirse y expirarse es Plenitud Divina subsistente y personal y es el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo.
Dios ha revelado, pues, que es Uno Solo y Trino. Dice: Yo, y dice: Nosotros.
Dijo en Sí Mismo: Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza.
Y dijo: Descendamos y confundamos su lengua, en Babel.
Y preguntó: ¿quién irá por Nosotros?, cuando el profeta Isaías, en días de Uzías rey de Israel, vio y oyó el Trisagio conque los serafines Le confesaban Tres Veces Santo.
Y el Hijo de Dios, refiriéndose a la venida del Otro Consolador, el Espíritu Santo, dijo: Mi Padre y Yo vendremos. Y al Padre dijo de los Suyos: que ellos sean uno en Nosotros.
Por ello el título Elohim que Dios usa apropiadamente, tiene la terminación “im” que en hebreo implica pluralidad en la singularidad; así como la palabra “uno” de la confesión básica del Monoteísmo en Deuteronomio 6:4 no es “Jahad” según la reformuló Maimónides en el siglo XII de la era cristiana y que no admite pluralidad, sino que es “ejad” que sí la admite dentro de su singularidad.
No obstante, aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo subsisten propiamente cada Uno en la Divina Esencia Única de una manera particular y distintiva, siendo Coexistentes, sin embargo también son Inseparables, Coinherentes e Interpenetrables, perfectamente Unificables en Un Solo Ser Divino, Siendo Uno en el Otro, y estando Uno en el Otro y donde está el Otro, y como el Otro, siendo y actuando Juntos en un Solo Nombre, de tal manera que el Hijo que nos es dado como un niño es llamado sin mentira ni error: Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Y el que ha visto al Hijo, ha visto al Padre. Y pidiendo Su discípulo Felipe de Betsaida: -Muéstranos al Padre y nos basta, respondió el Hijo en primera persona: -Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y ¿no ME has conocido?…- Y enseñó que el Padre ES en el Hijo y el Hijo ES en el Padre.
Y hablando el Hijo de la venida del Espíritu Santo, dijo en primera persona refiriéndose a aquello: -Yo no os dejaré huérfanos. Yo vendré a vosotros. De modo que la venida del Espíritu Santo es la venida pneumática del Hijo, y también del Padre, pues que dijo: -el Padre y Yo vendremos. Y así también está Escrito que El Señor ES el Espíritu. Y la Sagrada Escritura considera que el Espíritu de Dios morando, es el Espíritu de Cristo morando, y el Espíritu de Cristo morando es Cristo morando, y Cristo morando es el Espíritu del Padre morando, y por la morada del Espíritu del Padre, el Padre Mismo vivifica mediante Su Espíritu.
Y También se revela en la Sagrada Escritura que el decir del Hijo es el decir del Espíritu.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se connumeran, pues, en la Sagrada Escritura divinamente inspirada por Dios.
Esto y más, entonces, ha revelado Yahveh Elohim de Sí mismo a los hombres y ante los ángeles, lo cual se ha recogido con la debida suficiencia, por inspiración divina, en las Sagradas Escrituras de la Antigua y Nueva Alianza, de un Mismo y Único Dios que se ha revelado progresivamente a los hombres, y cuyo Espíritu ha iluminado también progresivamente a Su Pueblo desde La Suma de la Palabra Divina, propuesta a la Fe de los Hombres una sola vez, en la consumación de los siglos, a la venida del Hijo de Dios Jesús el Cristo, Yahveh Salvador el Mesías.
El Padre ha confesado la Divinidad del Hijo ante los hombres y los ángeles cuando al introducir al Primogénito en el mundo dice: -Adórenle todos los ángeles de Dios. Y también dice al Hijo: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo.
También el Hijo mismo ha confesado Su Divinidad cuando proclama en el Apocalipsis: Yo Soy el Alfa y la Omega, Principio y Fin, el que es y que era y que ha de venir, el TodoPoderoso, el Primero y el Ultimo; y el que Vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos .
Y El Espíritu confiesa la Divinidad del Hijo por los profetas y apóstoles enviados por Dios. Isaías le llama Dios con nosotros y Dios fuerte; y dice que el precursor del Mesías precursaría a Yahveh. Jeremías le llama Yahveh TSidkenu; Zacarías al igual que Moisés reconoce como Yahveh al Ángel Yahveh, y reconoce ser Yahveh Aquel que sería vendido por treinta piezas de plata, y traspasado, y que retornará glorioso con los santos al Monte de los Olivos. Pedro le llama Nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo al igual que Pablo, que además confiesa a Cristo como Dios Bendito por los siglos. Juan le llama al Verbo: Dios, y al Hijo de Dios: Dios Verdadero. Y Tomás le confiesa: Señor Mío y Dios Mío. Aún Su propio hermano Jacobo el Justo le confiesa Kyrios, Adonay. Y Jesús mismo recibe adoración.
Por otra parte, las Sagradas Escrituras consideran que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.
Hasta aquí, pues, someramente, solo lo relativo a la Divinidad en su aspecto esencial, la Trinidad esencial en Sí Misma y ante Sí Misma y para Sí Misma, aunque también revelada en la economía divina a los hombres progresivamente y en parte; entre otros, a Adam, Abel, Set, Enós, Enok Jaredita, Matusalem, Noé, Sem, Abraham, Isaak, Jacob, Job, Elifaz Temanita, Bildad Suhita, Zofar Naamatita, Eliú ben-Baraquiel Buzita de Ram, Levi, Judá, José, Coat, Amram, Jocabed, Moisés, Aarón, Josué, como está Escrito en la Torah; y también en los Nebiim y Ketubim: Josué, Caleb, Eleazar, Finees, Otoniel, Débora, Gedeón, Abimelek Jerobaalita, Tola ben-Fúa ben-Dodo Isacarita de Samir, Jair Galaadita, Jefté, Manoa de Zora Danita, Sansón, Booz, Noemí, Ruth, Elcana, Ana, Samuel, David, Sadoc, Natán, Gad, Asaf, Coreítas, Hemán Ezraíta, Etán Ezraíta, Salomón, Agur ben-Jaqué, Ahías Silonita, Iddo, Semaías, Urías ben-Semaías de Quiriat-Jearim, Azarías ben-Obed, Hananí, Josafat, Micaías ben-Imla, Jehú ben-Hanani, Jahaziel ben-Zacarías ben-Jeiel ben-Matanías Asafita, Elías Tisbita, Eliseo ben-Safat, Jehú ben-Josafat ben-Nimsi, Eliezer ben-Dodava de Maresa, Joiada, Jonás ben-Amitai de Gat-hefer, Isaías ben-Amoz, Obed, Ezequías, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Miqueas de Moreset, Nahum de Elcos, Habacuc, Josías, Jeremías de Anatot, Sofonías ben-Cusi ben-Gedalías ben-Amarías ben-Ezequías, Ezequiel ben-Buzi, Daniel, Ananías Sadrac, Misael Mesac, Azarías Abed-nego, Baruk, Hageo, Zacarías ben-Berequías ben-Iddo, Zorobabel, Josué ben-Josadac, Esdras, Nehemías, Mardoqueo, Ester, Malaquías. Y entre los dos Pactos: Judas Macabeo. Y en el Nuevo Testamento: Zacarías de la clase de Abías, Elizabeth, José ben-Jacob y ben-Elí, María de Nazareth, Juan el Bautista, Simeón de Jerusalem, Ana bet-Fenuel Aserita de Jerusalem, JESÚS EL CRISTO, Simón Cefas Pedro bar-Jonás, Jacobo bar-Zebedeo de Cafarnaum, Juan bar-Zebedeo de Cafarnaum, Andrés bar-Jonás, Felipe de Betsaida, Natanael Bartolomé, Mateo Leví bar-Alfeo, Tomás Dídimo, Jacobo bar-Alfeo, Judas Tadeo Lebeo bar-José, Simón cananita el Zelote, Matías, José Barsabás Justo, María Magdalena, Martha de Betania, Lázaro de Betania, Cleofás de Emaús, María de Emaús, Salomé, Jacobo el Justo, José bar-José, Simeón bar-José, Jacobo el Menor, José de Arimatea, Juana de Chuza, Susana de Galilea, Zaqueo, Jairo, Bartimeo, José Bernabé Levita de Chipre, Esteban, Felipe de Jerusalem, Prócoro de Jerusalem, Nicanor de Jerusalem, Timón de Jerusalem, Parmenas de Jerusalem, Nicolás de Antioquía, Eunuco de Candace Etiope, Ananías de Damasco, Pablo de Tarso, Eneas de Lida, Dorcas Tabita de Jope, Cornelio de Cesarea, Simón Níger, Lucio de Cirene, Manaén de Antioquía, Judas Barsabás, Silvano Silas, Loida de Galacia, Eunice de Galacia, Gayo de Derbe, Timoteo de Galacia, Lucas de Troas, Lidia de Tiatira, Carcelero de Filipos, Jasón de Tesalónica, Aristarco de Tesalónica, Segundo de Tesalónica, Tíquico de Asia, Trófimo de Efeso, Sópater de Berea, Dionisio Areopagita, Dámaris de Atenas, Aquila del Ponto, Priscila de Aquila, Crispo de Corinto, Sóstenes de Corinto, Apolos de Alejandría, Erasto de Corinto, Eutico de Troas, Agabo de Judea, Mnasón de Chipre, Publio de Malta, Tito de Grecia, Estéfanas Epeneto de Acaya, Fortunato de Corinto, Acaico de Corinto, Febe de Cencrea, María de Roma, Andrónico, Junias, Amplias de Roma, Urbano de Roma, Estaquis de Roma, Apeles de Roma, Aristóbulo de Roma, Herodión de Tarso, Narciso de Roma, Trifena de Roma, Trifosa de Roma, Pérsida de Roma, Rufo de Cirene, Asíncrito de Roma, Flegonte de Roma, Hermas de Roma, Patrobas de Roma, Hermes de Roma, Filólogo de Roma, Julia de Roma, Nereo de Roma, Olimpas de Roma, Lucio de Tarso, Tercio de Corinto, Cuarto de Corinto, Epafrodito Epafras de Colosas, Ninfas de Laodicea, Arquipo de Colosas, Onésimo de Colosas, Juan Marcos de Jerusalem, Jesús Justo de la Circunsición, Crescente, Carpo de Troas, Onesíforo de Efeso, Eubulo de Roma, Clemente de Roma, Pudente de Roma, Lino de Roma, Claudia de Roma, Artemas de Nicópolis, Zenas, Filemón, Apia de Colosas, Demetrio de Derbe, Lucas; y otros íntimamente allegados a la primera generación cristiana apostólica en que se completó la Fe dada completa a los santos: Policarpo de Esmirna, Antipas de Pérgamo, Papías de Hierápolis, Ignacio de Antioquía, Cuadrato…Todos estos recibieron Revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y sus nombres, algunos más que otros, son testigos o de la Antigua, o de la Nueva Alianza de Dios, con Israel y con la Iglesia de JesuCristo.
Y conforme a la promesa del Hijo de Dios, el Espíritu Santo ha iluminado progresivamente a la Iglesia de Dios y de Cristo, acerca de la Revelación de Sí Mismo en las Sagradas Escrituras, conduciéndola a toda verdad, usando el ministerio del Nuevo Pacto en hombres como: Justino Mártir que corroboró el cumplimiento mesiánico de las Escrituras en Jesucristo; Ireneo de Lyon que desenmascaró las herejías gnósticas, como también Hipólito de Roma, Novaciano y Tertuliano de Cartago frente al unitarismo monarquiano modalista; Atanasio de Alejandría, gran defensor de la confesión de la Divinidad del Hijo de Dios, como también Hilario de Poitiers en Occidente; Basilio Magno y Dídimo el Ciego confesores de la Divinidad del Espíritu Santo. Lo cual fue proclamado en su orden en el Primer Concilio de Nicea y en el primer Concilio de Constantinopla. Profundizada fue también la iluminación acerca de la Trinidad, así llamada por Teófilo de Antioquía y Tertuliano de Cartago por primera vez en griego y latín respectivamente en el siglo II, por Agustín de Hipona, Gilberto de la Porré, Tomás de Aquino y el Concilio de Florencia en lo relativo a la relación de las Personas. Andrew Murray ha señalado profundidades acerca del Espíritu de Cristo. Acerca de la coinherencia de las Personas ha insistido Witness Lee de Chefow, aunque advertido por Stephen Kaung para no permitir desliz al sabelianismo. Y frente a lo cual aquí sostenemos la necesidad de velar para que la consideración de los aspectos económicos de la Trinidad en Su revelación a los hombres y a los ángeles, y en Su Don, no supediten la Trinidad esencial a los accidentes de la economía. Pues la economía divina no puede traer mudanza a la inmutabilidad confesada por Dios de la Trinidad esencial, sino apenas revelación progresiva de Su Ser y Gloria, y participación de Su Naturaleza (aunque no de Su Deidad que solo a Dios mismo le es propia), y realización de los hechos eternamente decretados de Su Administración, cumplidos en el tiempo por Dios el Padre con el Hijo y el Espíritu para nuestro disfrute y glorificación corporativa: el Misterio de Cristo que es Su Cuerpo en Gloria para alabanza de la Gloria de Su Gracia en Su Preeminencia y Primogenitura; Participación de Su Vida y Naturaleza, y las de Cristo, para Conocimiento y Expresión de Su Gloria. Ahora aquí: Destello Divino en la Tierra desde la eternidad.
Esta es la administración apostólica del Misterio de Dios.
Primera Parte.
Compilado y escrito en el año de 1998, en la localidad de Teusaquillo, Santafé de Bogotá D.C., Colombia, América del Sur, por Gino Iafrancesco V.
“Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el TodoPoderoso”.
(Apocalipsis 1:8)
LA
ENCARNACIÓN
DEL
VERBO DE DIOS
Algunos errores cristológicos
Este apéndice hace parte de las enseñanzas de la serie llamada “Edificando a la Iglesia”, y fue precedido por un largo pasaje sobre el contenido de la Iglesia, en donde vimos que Dios ha dado un depósito a la Iglesia, el cual consta de varias áreas básicas y algunas verdades fundamentales que son propias de la Iglesia, entre ellas la Trinidad y la encarnación del Verbo de Dios. Habíamos tratado lo relacionado con el Verbo de Dios, pero no de Su encarnación. Por tanto vamos a considerar dos pasajes claves relativos a la encarnación del Verbo de Dios; se trata de dos grandes verdades, grandes dogmas de la Iglesia cristiana, nacidos de la Palabra de Dios: La Trinidad, la existencia de un solo Dios en tres Personas, y la encarnación de esa segunda Persona, el Verbo de Dios. Esos dos pasajes relativos a la encarnación los encontramos en el capítulo 1 del Evangelio según San Juan, y en el capítulo 2 de Filipenses.
“1En el principio era el Verbo (nos recuerda la preexistencia del Verbo antes de todas las cosas), y el Verbo era con Dios (nos recuerda la coexistencia de la persona del Hijo con el Padre antes de la fundación del mundo), y el Verbo era Dios (nos recuerda la divinidad del Hijo de Dios). 3Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 14Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1,3,14).
La primera consideración que debemos tener en cuenta por causa de los errores cristológicos que se han dado en la historia de la Iglesia, es aquel Verbo; es decir, el Hijo de Dios que estaba con el Padre desde antes de la fundación del mundo, por medio de quien el Padre creó todas las cosas y para quien las creó, como lo dice en otros pasajes: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”; teniendo en cuenta que lo que aquí se traduce «habitó», en el original griego es «tabernaculizó», utilizando el verbo que nos recuerda la figura del tabernáculo. En el tabernáculo aparecía el arca del madera de acacia y de oro, señalando la naturaleza humana en la madera y la divina en el oro que recubre el arca.
Es necesario detenernos en el primer pasaje. No dice que el Verbo descendió sobre una carne, sino que El fue hecho carne. Esto es muy importante entenderlo cristológicamente porque la confesión del Espíritu Santo se distingue de la confesión del espíritu del anticristo acerca de Cristo; es decir, lo que cada espíritu confiese acerca de Jesucristo; lo delata. San Juan dice en su primera epístola 4:1-3a:
“1Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. 2En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; 3y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo”.
También hemos leído en la misma epístola de Juan 5:6a que: “Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre”. ¿Por qué esas declaraciones tan misteriosas de que Jesucristo no vino sólo mediante agua, sino mediante agua y sangre? ¿Por qué esos misterios? Porque dice que el Espíritu de Dios confiesa que Jesucristo ha venido en carne, y aquí dice San Juan en el prólogo del evangelio, “Y aquel Verbo fue hecho carne”. Lo que está declarando Juan allí no es una cosa liviana; está haciendo la confesión propia del Espíritu de Dios acerca de esta gran verdad de la encarnación del Verbo divino; entonces cuando dice que no vino sólo mediante agua, es porque algunos herejes, entre ellos Cerinto y otros gnósticos, decían que el Logos o Verbo había entrado en un hombre; es decir que allá en el bautismo, cuando vino el Espíritu Santo en forma de paloma, fue cuando el Verbo entró en un hombre.
Eso nos dice que estaban considerando a este hombre, Jesús, como un hombre al cual visitó el Verbo, y después el Verbo lo volvió a dejar en la cruz cuando dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?“; entonces están negando que esa persona del Señor Jesús es divina y humana, y la están tomando solamente como humana; por eso esa frase tan sencilla que solemos leer rápido y que suena muy bonita, y que a veces no la discernimos, “el Verbo fue hecho carne”, significa que la persona divina preexistente del Hijo, que estaba con el Padre antes de la fundación del mundo, consustancial, de su misma esencia, porque el Verbo era con Dios y era Dios, y aquel Verbo se hizo carne. No dice que descendió sobre una carne, sino que El mismo se hizo; es decir, El asumió la naturaleza humana desde el vientre de la virgen María; la misma persona del Verbo que era y es el Hijo de Dios, llegó a hacerse el Hijo del Hombre, una misma persona con dos naturalezas, la naturaleza divina en cuanto Verbo de Dios, y la naturaleza humana en cuanto se hizo carne; no son dos personas, una Logos y otra el hombre. Decían que sobre El descendió el Logos; y no es que el Logos descendió sobre un hombre, sino que “el Logos se hizo carne“, “semejante a los hombres”, como dice Filipenses 2:7.
De lo contrario estaríamos dividiendo al Logos uno y al hombre otro. Es como si se tratara de dos personas. Ese es el error cristológico del nestorianismo, que se llamó así porque lo enseñó en la historia de la Iglesia un hombre que se llamó Nestorio, y él enseñaba que Jesús no había sido sino solamente un hombre; que el que nació de la virgen María era solamente un hombre, y que a ese hombre se unió voluntariamente el Logos de Dios; es decir, que el Logos o el Verbo es una persona, y el hombre sobre el que entró es otra persona. De manera que no está confesando que Jesús es el Cristo, sino que Jesús es uno y el Cristo es otro; pero San Juan en el capítulo 2 de su segunda epístola, se refiere a esto mismo, diciendo que precisamente el espíritu del anticristo es el que no confiesa que Jesús es el Cristo.
Falsos cristos
“¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo” (1Juan 2:22).
¿Quién es el mentiroso? El que niega que Jesús es el Cristo; es decir, que hay personas que usan el concepto Cristo por un lado y el concepto Jesús por el otro, sin identificar a Jesús como el Cristo; esto es lo característico de los falsos cristos. El Señor me ha permitido conocer la doctrina de algunos falsos cristos que se dicen así mismo cristos, como por ejemplo los de Abdu-Bahá, de la fe Bahai, o de Baha-Bulá; o William Soto Santiago, que dice ser la segunda venida de Cristo; a Julio Alvarado, de Bolivia, que dice ser el Cristo; a Majertal, de Holanda, que dice ser el Cristo; a Laurey, de la India, que era adorado como Nishu-Khrisna, quien también decía ser el Cristo. Estos personajes tenían en común un detalle: que ellos hablan del Cristo como el Logos aparte de Jesús, pretendiendo ser cada uno de ellos el mismo Cristo que estuvo en Jesús, afirmando que se trata del mismo Cristo que había estado antes en Buda, en Krisna, en Rama, después en Rama-Krisna, y el mismo que ahora pretenden que está en fulano de tal, y que no era otro sino que era el mismo; o sea que ellos separan el Cristo de Jesús y ponen ese Cristo, una vez en Buda, otra vez en Jesús, otra vez en otro personaje, y ahora en un falso Cristo. De esta forma ellos separan a Jesús del Cristo.
Pero la Biblia dice: “¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?”; es decir, que Jesús es el nombre personal del Verbo de Dios encarnado, Cristo es su posición, es el Ungido, es el Mesías; es decir Cristo es el título propio de la persona de Jesucristo, pero no es otro. El Cristo es Jesús, Jesús es el Cristo, Jesucristo es una sola persona divina-humana; divina en cuanto al Verbo, y humana en cuanto ese Verbo se encarnó; es decir, asumió naturaleza humana. Cuando la Palabra dice que “el Verbo se hizo carne”, está afirmando no que descendió sobre una carne, sino que El mismo fue hecho carne; es decir, que su misma persona divina asumió una naturaleza adicional pero no una persona adicional. La persona es El mismo en cuanto a persona.
Antes de la creación era el Verbo, en la creación era el Verbo; en la eternidad antes de la creación era el Verbo, y desde que comenzó a encarnarse en el vientre de la virgen María continuó siendo la misma persona, el mismo Verbo, solamente que ahora estaba asumiendo, además de su naturaleza divina, la naturaleza humana, pero en su misma persona. Aquel Verbo fue el que se hizo carne; aquel Verbo es la persona de este hombre llamado Jesús; el Verbo de Dios se hizo hombre, entonces Jesús es el Cristo. No que el Verbo sea uno, y Jesús otro; no es que el hombre sea una persona y la divinidad otra persona. La persona divina se hizo humana y es una persona divino-humana. Una sola persona con dos naturalezas: divina en cuanto Verbo, y humana en cuanto se encarnó.
La kenosis de Cristo
Es posible que si uno considera solamente la encarnación a la luz del capítulo I del evangelio de Juan, se podría cometer un error; es por eso que no solamente en ese capítulo se habla en las Escrituras de la encarnación, sino también en el capítulo 2 de Filipenses. Leamos en Filipenses 2:5-7 para ver en qué sentido debemos tomar la palabra “carne” que aparece en Juan 1:14.
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres”.
La frase “el cual siendo en forma de Dios”, significa que el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios, como lo afirma Juan. La Palabra “se despojó a sí mismo”, en el griego es “ekenosen”, de donde viene otra palabra que se usa en teología, la kenosis de Cristo; es el despojamiento o anonadamiento a que se sometió el Señor por su propia voluntad, de acuerdo con el Padre, a fin de someterse a una condición de inferioridad. Al despojarse a Sí mismo y tomar forma de siervo, se trata de Cristo Jesús; es la misma persona con forma de siervo. Detengámonos aquí un poco antes de entrar en lo relativo a la cruz y a la resurrección, lo cual requiere una consideración mayor. Por el momento veamos solamente los pasajes relativos a la encarnación.
El versículo 7 dice: “Se despojó a sí mismo”; eso es precisamente lo que se llama la “kenosis“; o sea que Él estaba en una condición de gloria pero se sometió a una condición de humillación. Él estaba en forma de Dios y tomó forma de siervo; es decir, si tomó forma de siervo es porque no lo era; tuvo que tomar forma de siervo. El debe ser el servido, no el siervo. Eso significa que la kenosis consistió por una parte, en tomar forma de siervo, en despojarse; pero fijémonos en un detalle: no dice que se despojó de sí mismo, de su propia persona, de su propia identidad, sino a sí mismo; es decir se humilló a sí mismo. No que Él mereciera ser humillado, sin embargo acepta tomar forma de siervo sin ser siervo, y aceptó ser humillado, aceptó ser obediente y estar en condición de hombre, habiendo estado en condición de Dios. En Filipenses dice: “hecho semejante a los hombres; y estando en condición de hombre, se humilló”; entonces si leemos solamente la declaración de Juan podríamos pensar que lo único que el Verbo asumió de la humanidad sería el cuerpo debido a que la palabra carne es un término que se usa con varios significados; algún día el Señor nos permita considerar los distintos sentidos bíblicos de la palabra carne. De manera que si uno toma esa palabra sólo en el sentido del cuerpo, de que el Verbo solamente se puso un cuerpo, pero que no tenía ni alma ni espíritu humano (porque la palabra carne en griego es sarx), cuando dice: ”el Verbo se hizo carne”, si uno la toma en un sentido literalista, sin relacionarlo con Filipenses 2, entonces, ¿qué sucedería? pensaríamos que el Verbo divino sólo se puso un cuerpo humano, pero que el alma no era humana, como tampoco el espíritu; eso significaría que realmente no sería un hombre, sino sólo un cuerpo; y es por eso que el pasaje de la encarnación de Juan 1 se complementa con el pasaje de Filipenses 2. Es importante aclarar que la carta a los Filipenses fue escrita antes del evangelio de Juan, ya que ese evangelio fue escrito después de la muerte de Pablo.
En Filipenses 2:7 dice: “Se despojó a sí mismo”. Miremos la prueba de que se despojó a sí mismo. Recordemos que en el evangelio de Juan, el Señor oraba diciendo: “Padre, glorificame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). La palabra tuve indica que El estaba antes en una condición de gloria y eso nos da a entender más o menos en qué consistió la kenosis, o sea el despojamiento o anonadamiento a que El se sometió; tomó forma de siervo. Tenía esa gloria pero ahora en vez de recibir gloria es humillado. Estaba en forma de Dios y tomó forma de siervo; estaba en condición de Dios y tomó condición de hombre. Si entendemos ese fenómeno de kenosis aunque sea superficialmente, vamos a percibir algo interesante, vamos a entender el por qué en algunas ocasiones, aunque el Señor es Dios, habla como si fuera menor. Si no hubiera habido kenosis no habría razón para que Jesús mismo dijera, “porque el Padre es mayor que yo”. Notemos que aquí en Filipenses dice que “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse”; y eso significa que El es igual a Dios en cuanto Verbo, porque dice que el Verbo es Dios; y si el Verbo es Dios no puede ser menor que Dios, en cuanto Verbo, o en Su divinidad. Notemos que como El se despojó a sí mismo, entonces en Su humillación, en Su encarnación, en Su forma de siervo, en Su condición de hombre, podía decir una cosa: “El Padre es mayor que yo; yo nada hago por mí mismo sino lo que veo hacer al Padre”. El Padre es la cabeza y el Hijo está sujeto a la cabeza. Dios es la cabeza de Cristo; es decir, El tomó la forma de siervo; no la tenía pero la tomó.
La inferioridad, la subordinación que aparece en algunos pasajes es por causa de la kenosis del Hijo; no es inferioridad del Hijo respecto a la divinidad del Padre, porque no hay sino una sola divinidad. Si Dios es Dios y el Verbo es Dios, la divinidad del Verbo es igual a la del Padre, de lo contrario no sería divinidad; pero cuando El se subordina al Padre es porque tomó forma de siervo haciendo a Dios el Padre Su Cabeza.
¿Qué implica la kenosis? El despojamiento tomando forma de criatura; por eso se llama el Primogénito de la creación, pues toma forma de criatura, y como criatura fue tentado, porque como Dios El no puede ser tentado. Entonces entendamos un poco lo relativo a la encarnación. Estando en la condición de hombre se humilló; es decir, todavía más, porque no sólo se despojó a Sí mismo siendo Dios, sino que tomando la naturaleza humana, no se hizo hombre potentado, sino que se hizo siervo, el más humilde; se humilló.
La parte clave es el versículo 7: “hecho semejante a los hombres”. ¿Qué quiere decir eso? Que el Verbo de Dios no solamente asumió el cuerpo humano, sino toda la naturaleza humana, de lo contrario El no sería hombre. Si El no hubiera sido un hombre como nosotros, no habría podido redimirnos porque era necesario que Él desarrollara en Su humanidad las posibilidades de la humanidad en Dios, para luego compartirse con nosotros para que nosotros lo asimilemos y seamos realizados en Él; pero Él tenía que hacerse hombre semejante a nosotros. Por eso dice la Biblia claramente que se hizo carne, no sólo en el sentido de cuerpo, sino que dice: “fue hecho semejante a los hombres”; o sea que el Señor Jesús, que es la persona divina del Verbo de Dios que estaba con Dios el Padre antes de la fundación del mundo, ese Verbo se hizo carne, pero carne semejante a los hombres; es decir, Él no solamente tuvo cuerpo humano, sino también alma humana y espíritu humano; o sea que la persona divina asumió la naturaleza humana con todos sus íntegros componentes, propiedades y operaciones. Por eso Él decía: “mi alma está muy triste hasta la muerte”.[1] O sea que Él tenía también alma humana, no sólo cuerpo humano. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”,[2] significando que Cristo tenía también espíritu humano. Si El no tuviera espíritu, alma y cuerpo humanos, no sería un hombre como nosotros. Él en todo es semejante a nosotros excepto en el pecado, porque el pecado no es propio de la naturaleza humana, sino que fue algo a lo que se vendió Adán y Eva. En las tentaciones sí es semejante a nosotros, por cuanto la Biblia dice que El aprendió la obediencia por lo que padeció, que fue tentado en todo, conforme nosotros somos tentados.
“14Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, 15y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. 16Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. 17Por lo cual debía ser (debía, de lo contrario no habría podido salvarnos) en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. 18Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:14-18).
Eso indica que El sabía lo que estaba haciendo, y por eso el diablo no quiere confesar que Jesucristo vino en carne para anular toda la obra de Satanás.
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).
“7Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. 8Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; 9y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:7-9).
Notemos que de la frase: “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia, y habiendo sido perfeccionado”, esas palabras no se pueden decir de Dios, pues de Dios no se puede decir que es perfeccionado, o de que aprende, o que tiene temor, que es liberado, pero cuando se hizo hombre tuvo que crecer, como dice el evangelio de Lucas[3], en estatura, en sabiduría, en gracia delante de Dios y de los hombres; tuvo que aprender la obediencia por lo que padeció, tuvo que ser perfeccionado; es decir, que Él asumió la naturaleza humana y por eso el Mesías no apareció así glorioso la primera vez (excepto en la transfiguración). En la segunda sí porque ya hizo lo necesario. La primera vez El hubiera podido aparecer como quería la gente. Ellos estaban esperando un mesías que se apareciera con poder y echara a los romanos al fondo del mar; que apareciera en la plaza y dijera: Yo soy el Mesías, y miren el poder que tengo. Pero de haber hecho eso, hubiera puesto muy alegres a los judíos, pero no nos hubiera podido salvar. Él tenía que ser engendrado, concebido, gestado, ser niño, crecer, aprender, crecer en estatura, en gracia y sabiduría, ser sometido a la tentación, estar treinta años ahí trabajando en la carpintería. La naturaleza humana antes no era caída, sino que Adán fue tentado, y aceptado el mal, llegó a ser caído. Ahora Jesucristo tomó la naturaleza humana, pero al revés de Adán que permitió que el pecado entrara. El Señor Jesús no permitió que el pecado entrara, e hizo lo contrario de Adán; Él asumió la naturaleza humana, pero no permitió que el pecado entrara. Adán recibió la naturaleza humana pero permitió que el pecado entrara en él; es decir, que la condición de la naturaleza antes de la caída no era sometida al pecado; entonces esa la tomó Cristo pero no la sometió al pecado. Él vino en carne pero sin pecado. Dice Romanos 8:3, que vino “en semejanza de carne de pecado”; es decir, que el Señor asumió el mismo tipo de carne que luego se vendió al pecado, pero esta vez El no permitió que el pecado entrara en Su carne; entonces condenó el pecado en la carne, y por eso es muy importante la cuestión de la encarnación.
Cuando la Biblia dice que “fue tentado en todo”, nos indica que Él fue un verdadero hombre igual que nosotros, pero que Él no aceptó la tentación. Adán fue tentado y cayó; Él también fue tentado, pero no cayó. El Señor Jesús fue tentado por cuanto Él era un hombre con espíritu, con alma y con cuerpo. Él habla de Su cuerpo cuando dice: “un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39); respecto del alma dice: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38); respecto del espíritu dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). Vemos claramente que la persona del Verbo asumió la naturaleza humana íntegramente y se sometió a la primigenia inocencia y libertad; para eso fue que El se sometió. Estos dos pasajes de Juan y Filipenses que hemos venido analizando son muy importantes y fundamentales.
Por esa razón el diablo admite confesar que el Señor Jesús es el Hijo de Dios, pero no que vino en carne. ¿Por que? Porque fue en la carne que Satanás fue vencido, porque Cristo se hizo hombre, porque se sometió, porque el diablo lo llevó y le dijo: Mira, mira acá; y le dejaba por un rato y luego venía constantemente con todo tipo de tentaciones; sin embargo Él no pecó, Él fue fiel. ¿Para qué hacía el Señor Jesús eso? Para nosotros. Dios quiere al hombre con espíritu, alma y cuerpo; Dios no quiere sólo el espíritu del hombre, ni sólo el alma, ni sólo el cuerpo. Dios dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen”; lo hizo espíritu, alma y cuerpo, y el hombre cayó íntegramente, y Dios lo quiere recuperar íntegramente, y para eso Él se hizo íntegramente humano y recuperó en su condición, la condición humana; restauró al hombre en su persona, pero luego hizo algo más, incluso algo más que Adán, porque lo que no había hecho Adán era comer del árbol de la vida, y lo que hizo Cristo fue vivir la vida de Dios. Él pasó a ser la vida del Verbo encarnado, porque antes sólo era del Verbo, y ahora era del Verbo encarnado. De manera que ahora la gloria del Verbo llegó a ser de nuevo del Verbo, pero encarnado; es decir, la humanidad en el Verbo fue glorificada, y por eso la humanidad fue glorificada en la resurrección, ascensión y entronización de Cristo. Él es el Hijo del Hombre, y por eso la Biblia dice que nosotros ya estamos glorificados, porque nuestra humanidad asumida por Cristo fue glorificada en Él, y ahora Él es nuestra vida. Por eso nos alimentamos de Él, y por eso Él mismo dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:54); porque nosotros asimilamos de lo que nos alimentamos y eso llega a ser parte nuestra. Todo lo que hizo el Señor lo hizo por nosotros. El mismo dijo: “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Juan 17:19). Sí, todo el vivir humano del Señor, todo su desarrollo humano, era para llevar a la humanidad, a nosotros, a la estatura del varón perfecto[4]; y ahora nosotros nos alimentamos de Él, vivimos por Él, lo asimilamos a Él, para ser redimidos otra vez a la imagen perfecta de Dios.
La encarnación del Verbo es la gran verdad de la Iglesia; eso es lo más grande, y siendo tan fundamental hay que ponerle mucha atención. La Iglesia tiene ésto como uno de los contenidos centrales de la verdad. El Verbo se hizo carne, no solamente cuerpo, sino naturaleza humana completa.
“37Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan: 38cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:37-38).
Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret; es decir, que Jesús es presentado aquí también ungido por el Espíritu Santo. Notemos que el Verbo, en cuanto Dios es la segunda persona de la Trinidad, que estaba con el Padre antes de la fundación del mundo, siendo Dios juntamente con Él; y aquel Verbo se hizo carne, semejante a los hombres, y estuvo en condición de hombre asumiendo ahora la naturaleza humana, y además de la divina teniendo también la humana. Una misma persona que se llama Jesús y es el Cristo, con dos naturalezas: la divina en cuanto Verbo, por la que es igual al Padre, y la humana por cuanto se encarnó y se hizo hombre semejante a los hombres, en condición de hombre, por la cual es menor que el Padre; y por eso es que Él a veces dice que “el Padre es mayor que yo”; por eso es que los a sí mismos llamados testigos de Jehová se aferran de los versículos donde Él habla como hombre en Su kenosis, en Su despojamiento, para pretender negar Su divinidad, y no comprenden que lo que pasó fue que aquel Verbo se despojó a sí mismo, no de Su divinidad, sino de Su condición. Él sigue siendo siempre la misma persona, pero la condición humana ya no es lo mismo que la divina. La forma de siervo es una y la forma de Dios es otra; entonces, Él no se despojó de sí mismo, sino a sí mismo. Esto no quiere decir que Él desapareció como Dios y ya no es Dios; ¡no! Él siempre es Dios; por eso les dice a ellos: “antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58).
Entonces el Verbo no se despojó en el sentido de que dejó de ser Dios, sino que siendo igual a Dios, no lo estimó como cosa a que aferrarse; no se aferró a esa condición, sino que estando en forma de Dios, tomó forma de siervo. Eso es un despojamiento de aquella gloria que tenía con el Padre; cuando hablaba esas palabras Él estaba en humillación, y por eso le dijo: “Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). Él fue hecho menor que los ángeles. En Hebreos dice ”menor que los ángeles”; eso fue un despojamiento: concebido como hombre, tentado como hombre, se hizo menor que el Padre, como hombre se subordinó, como hombre Él no sabía algunas cosas, tenía que depender de Dios para que se las quisiera revelar, y es por eso que dice (refiriéndose a la segunda venida): “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Marcos 13:32); pero se dirá, cómo, ¿acaso el Hijo no es Dios? Sí, pero Él está hablando en su kenosis, en Su despojamiento, en Su condición humana.
Entonces hay que verlo en los dos aspectos: Él es Dios y Él es hombre. A veces actúa como Dios, a veces actúa como hombre; pero Él es Dios perfecto y hombre perfecto. Dos naturalezas en una misma persona. El Verbo encarnado que asumió la naturaleza humana, ahora como hombre; como Verbo divino asumió la naturaleza humana, con espíritu humano, alma humana, cuerpo humano, tentaciones humanas, pero sin pecado; también ungido por el Espíritu Santo, o sea, como ese varón. El Espíritu Santo de Dios ungió el espíritu humano de Jesús de Nazaret, que es el Cristo y que es el mismo Verbo de Dios que vino encarnado.
[1]Mateo 26:38
[2]Lucas 23:46
[3] Referencia a Lucas 2:40
[4] Referencia a Efesios 4:13
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Gino Iafrancesco V., 16/X/1992, Bogotá D.C., Colombia.
JESUCRISTO
EN LA TIPOLOGÍA FESTAL
El Señor Jesús es el fundamento
El Señor Jesús es el fundamento. La primera epístola del apóstol san Pablo a los Corintios está dirigida a una iglesia que estuvo pasando por algunas dificultades debido a que acontecían cosas propias de la niñez en Cristo. El apóstol en la carta, entre otras cosas, les enseña que ellos son un edificio, una labranza, y al mencionar el símil del edificio, se los dice de la siguiente manera:
“9Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. 10Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera heno, hojarasca, 13la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego. 26¿No sabéis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? 17Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:9-17).
El siguiente versículo también es muy importante, pero para tratar lo relacionado con el contexto del edificio, del tempo de Dios, basten estos versículos por el momento. Aquí el apóstol presenta el edificio de Dios con dos partes: Una parte es el fundamento, y la otra es la sobre-edificación. Respecto al fundamento es estricto; él dice: “…nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo”. Ahora, sobre ese fundamento “cada uno mire cómo sobreedifica”. No dice: cada uno mire qué fundamento pone; no.
Nadie puede poner otro fundamento; pero sobre ese fundamento cada uno mire cómo sobreedifica; es decir, se puede edificar sobre ese fundamento con materiales como el oro, la plata y las piedras preciosas, representando todo esto la naturaleza divina, la obra de la redención y la obra de la transformación por medio del Espíritu Santo; o lo contrario, también se puede edificar con madera, que es lo meramente humano; o con heno, que es como la paja y muy parecido al trigo pero sin granos; o con hojarasca, que son las hojas que caen de los árboles porque se secan al no llegarles la savia. Se puede edificar algo al Señor sin la savia de Dios, o edificarlo con oro, que representa la naturaleza de Dios. Sin embargo, en este momento vamos a tratar no lo relativo a la superestructura sino lo relacionado con el fundamento, puesto que la sobreedificación simplemente trata con el galardón, mientras que el fundamento trata con la salvación. Esa es la diferencia entre el fundamento y la sobre edificación.
El que no está en el fundamento, que es Jesucristo, está perdido; pero el que está en Jesucristo, puede tratar de servir a Jesucristo a su manera y su obra ser quemada, pero él no pierde la salvación, sino que él mismo será salvo; aunque sea por fuego, pero será salvo. Entonces quiere decir que lo relativo a la sobreedificación afecta la recompensa del creyente, en cambio lo relativo al fundamento determina si la persona está salva o no. Antes de tratar lo relativo a la sobreedificación, que también es importante, trataremos el fundamento, porque Dios quiere todo el edificio. ¿Qué hacemos con tan sólo el fundamento? El quiere que sobre ese fundamento se edifique la estatura de la plenitud de Cristo; por eso tiene que establecerse en Jesucristo. El fundamento es la persona del Señor Jesús, es Jesucristo mismo; tenemos que mirar lo relativo a Su persona, lo relativo a Su obra y lo relativo a Su enseñanza.
La persona del Señor Jesús
Primeramente veamos lo relacionado con Su persona. ¿Quién es Jesucristo? ¿Cuál fue la confesión que aprobó el Señor? La de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”[1]; es decir, que Jesús es el Mesías, aquel que estaba prometido. Y ¿cuál es el Mesías prometido? Dios mismo que se haría hombre, como dice en Isaías 9:6: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”.
Dios enseñó que Su Hijo vendría a la tierra como un niño y ese sería el Mesías, Emmanuel (Dios con nosotros). Entonces hay que reconocer los dos aspectos de la persona de Jesucristo: Su divinidad y Su humanidad. El Señor Jesús es el Hijo de Dios y en cuanto Hijo de Dios, el Verbo de Dios, Dios mismo. En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios; y aquel Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y fue hecho semejante a los hombres, tentado en todo, conforme a nuestra semejanza; estuvo en la condición de hombre, se humilló, murió por nuestros pecados y resucitó íntegramente, completamente, y se sentó a la diestra del Padre, y allí intercede por nosotros. Esta es la persona, esta es la obra y esto es lo principal de la doctrina apostólica que fue primero la doctrina de Cristo.
Quisiera llamar la atención sobre distintos aspectos acerca de la persona y obra del Señor Jesús; y para esto quiero valerme de algunos pasajes de la epístola a los Colosenses, y otros que nacen de éste.
Rudimentos tipológicos
“16Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, 17todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:16-17).
En aquella ocasión, en aquella coyuntura histórica, el apóstol Pablo estaba escribiendo a esta iglesia porque sus miembros tenían la siguiente dificultad: por un lado, los judaizantes querían hacer a los cristianos como judíos y, por otro lado, los gnósticos querían hacerlos gnósticos. Por esa razón la epístola a los Colosenses es para tratar a los judaizantes y a los gnósticos. Los judaizantes querían que los cristianos se circuncidaran para ser salvos y se sometieran a la ley de Moisés imponiéndoles que no tenían que comer esto o aquello, que tenían que guardar ésto y que tenían que guardar aquéllo. Entonces, en este contexto, en esta coyuntura histórica, Pablo les escribió lo siguiente: “Por tanto, nadie os juzgue (como quien dice, no se dejen amedrentar, o criticar, o asustar) en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo (porque de eso era que estaban pendientes los judaizantes, de lo que había que comer, de lo que no había que comer, de lo que había que guardar, etc.)”.
Pablo también le dice a los gálatas: “9Mas ahora (es decir, antes sí vosotros estabais en una situación diferente, pero ahora que hemos recibido a Cristo, que estamos en el Nuevo Testamento), conociendo a Dios, o más bien (Pablo corrige sin haber dicho una mentira), siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? (¿Cuáles eran esos rudimentos?) 10Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. 11Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros” (Gá. 4:9-11). Eso nos dice que también a los gálatas querían someterlos a las fiestas judaicas, a la tradición judaica.
Pablo está enseñando algo en Colosenses, al decirles: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta”. Fijémonos que esos días de fiesta, luna nueva o días de reposo, son cosas diferentes. Los días de reposo eran los sábados, las lunas nuevas eran cada mes y los días de fiesta eran otras fiestas que se celebraban en Israel aparte de los sábados. Entonces tenemos aquí tres tipos de celebraciones festivas judaicas:
a) Las fiestas solemnes o los días de fiesta,
b) las lunas nuevas, y
c) los días de reposo, cada séptimo día.
Los judaizantes querían que los cristianos guardasen los mismos días que ellos guardaban, y los de Galacia ya estaban guardando los días, los meses y los años, y Pablo les dice que parece que trabajó en vano con ellos, que cómo es que quieren volverse atrás, retroceder otra vez a los antiguos rudimentos. La explicación de Pablo para estas fiestas, esos ritos, esas comidas, es el siguiente versículo, al decirles: “…todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:17).
Notemos que san Pablo entiende por el Espíritu Santo que aquellas comidas, aquellas bebidas, aquellos días de fiesta, aquellas lunas nuevas o novilunios, aquellos sábados, no eran sino la sombra de lo que habría de venir, pero lo que proyecta la sombra es un cuerpo. Si hay una luz que alumbra y viene un cuerpo para entrar en un cuarto, primero llega la sombra si la luz es proyectada desde atrás; entonces cuando nosotros vemos la sombra, por ella entendemos qué clase de cuerpo es el que va a entrar: si es un hombre, si es una mujer, si es un animal, eso se sabe por medio de la sombra; uno mira la sombra y ella nos avisa lo que viene. Pablo dice que el Antiguo Testamento era como una sombra. Dice que aquellos mandamientos acerca de comidas, bebidas, días de fiesta, novilunios y sábados, todo esto, fijémonos en la palabra todo, “todo lo cual es sombra”, pero en realidad lo que proyectaba esa sombra era Cristo.
Las fiestas veterotestamentarias proyectan la sombra de Cristo
Dejando a un lado las cuestiones de bebidas, de comidas, de sábados, de novilunios, vamos a detenernos en los días de fiesta. Dice Pablo que los días de fiesta que Dios había mandado en el Antiguo Testamento son una sombra de Cristo; es decir, que Dios quería proyectar algo acerca de Cristo con aquellas fiestas. No tenemos que mirar esas fiestas como simples fiestas judaicas para someternos a ellas en el Nuevo Testamento, sino que tenemos que mirar entre líneas qué era lo que Dios quería hablar acerca de Jesucristo por medio de aquellas fiestas, porque aquellos días de fiesta son sombra de Cristo; es decir, lo que realmente es importante es Cristo, pero Dios, antes de que viniera Jesús, nos empezó a hablar en forma tipológica y profética acerca de Cristo que vendría, y lo empezó a hacer a través de algunas fiestas y otras cosas; pero como estamos diciendo que el fundamento es Cristo, vamos a ver qué usó Dios en esas fiestas para señalar de Cristo.
En primer lugar notemos que las principales fiestas ordenadas por Dios a Israel, eran siete (7). Fijemos nuestra atención en el número siete (7), que es un número de completación. Dios toda Su obra la completa en siete: siete trompetas, siete sellos, siete truenos, siete copas, siete estrellas, siete candeleros, siete ángeles, etcétera. El número siete aparece constantemente en la Palabra de Dios. También son siete fiestas, pero estas fiestas muestran siete aspectos diferentes de Jesucristo.
¿Para qué se hace una fiesta? Por ejemplo, ¿por qué no todos los días del año son iguales al 20 de Julio o al 7 de Agosto para los colombianos? Porque un 7 de agosto sucedió algo especial, muy significativo, que cambió la historia de Colombia; somos deudores de lo que sucedió en ese tiempo. La condición actual es deudora de lo sucedido el 20 de julio y el 7 de agosto, y por eso se celebra una fiesta. Una fiesta no es un día común y corriente; una fiesta es un día especial que pretende traer algo especial a la memoria de las personas, algo significativo, y por eso es especial. Decimos que es la fiesta de tal cosa para que los acontecimientos no sean comunes y corrientes ese día, para que ese día nos acordemos de algo importante, algo significativo, algo que siempre hay que recordar y tener presente; entonces es cuando se establece una fiesta.
¿Para qué estableció Dios siete fiestas? Para recordarnos constantemente y hacernos mantener presentes siete aspectos fundamentales de Jesucristo. Dicho de otra forma, la plenitud de Cristo está representada en siete fiestas, y la Biblia nos habla de ello tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el Nuevo nos da la pista para interpretar esas fiestas. Veamos cuáles eran esas fiestas:
1. La fiesta de la Pascua
2. La fiesta de los Panes sin levadura
3. La fiesta de las Primicias
4. La fiesta de Pentecostés
5. La fiesta de las Trompetas
6. La fiesta de la Expiación
7. La fiesta de los Tabernáculos, o de las cabañas.
Las tres primeras fiestas: la pascua, los panes sin levadura o ácimos y las primicias, eran las primeras en celebrarse, e iban juntas. La pascua era como decir el principio del año; el mes de Abib era el primer mes del año. Dios dijo: “Para vosotros este es el inicio del año“, o sea que el inicio del año es la pascua, porque nuestra nueva vida comienza con Cristo, nuestra pascua es Cristo. Pascua, junto con los panes ácimos o sin levadura y las primicias que se celebraban al final de la semana. La fiesta de pentecostés se celebraba conjuntamente con la fiesta de las Trompetas. Hasta el día de hoy se celebran estas fiestas en los medios judíos.
Tengamos presentes estas fiestas: Pascua, ácimos, primicias, pentecostés, trompetas, expiación y tabernáculos. Siete palabras claves, siete fiestas con las cuales, manifiesta san Pablo, Dios quiere enseñarnos algo de Jesucristo, porque dice que esos días de fiesta son sombra de Cristo, de lo que ha de venir; Cristo había de venir y hacer algo por nosotros, y esa obra séptuple, completa, de Cristo, está representada en siete fiestas.
La obra del Señor Jesús
Ahora, ¿qué representan esas fiestas? Vamos a ver inicialmente las dos primeras y luego la tercera, pues están íntimamente relacionadas. En la primera carta a los Corintios aparecen dos fiestas que se celebran juntas.
“7Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. 8Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Co. 5:7-8).
La Pascua. Aquí vemos en el Nuevo Testamento dos fiestas: La pascua y los panes sin levadura. Dice que Cristo es nuestra pascua; recordemos este aspecto. El ángel de la muerte tenía que pasar juzgando, pero el pueblo del Señor se había cubierto bajo el cordero, comiendo de él.[2] Un cordero había muerto por la familia y la sangre del cordero estaba en los dinteles de las puertas; entonces cuando el ángel del Señor, el ángel del juicio, pasaba para traer juicio y se encontraba con la sangre del cordero en la puerta, decía: No, aquí no puedo entrar porque el juicio ya cayó sobre el cordero, ya no puedo juzgarlos porque el cordero ya fue sacrificado por ellos, y la prueba de que el cordero ya fue sacrificado es que la sangre de ese cordero está en la puerta. Esto quiere decir justamente Pascua, pasar por alto, paso. Dios pasaba por alto los pecados de los que estaban en esa casa, porque el cordero había sido sacrificado por ellos; primera cosa.
Los panes sin levadura. Segunda cosa: Ellos, además de poner la sangre del cordero en la puerta, también se comían el cordero con panes sin levadura, porque son los aspectos de Cristo. Un aspecto es objetivo, que aconteció cuando Cristo murió por nosotros; eso es Cristo muriendo por nosotros pero allá, fuera de nosotros; otro es el aspecto subjetivo, otra cosa es nosotros aprovechándonos, experimentando subjetivamente lo que Cristo hizo en la cruz; esto representa comer el cordero y comerlo con los panes sin levadura. Porque fijémonos en una cosa; la Biblia nos enseña, no sólo que Cristo murió por nosotros sino que nosotros también morimos con Cristo, que nuestro viejo hombre también fue crucificado juntamente con Él, y que nosotros fuimos crucificados al mundo en la cruz de Cristo, y que el mundo nos fue crucificado a nosotros en la cruz de Cristo, y que en la cruz de Cristo fuimos circuncidados, y en Su nombre otras cosas sucedieron en la cruz de Cristo. Por lo tanto, no era sólo suficiente la fiesta de la pascua sino que ésta tenía que ir acompañada con la fiesta de los panes sin levadura.
La levadura representa la maldad, el pecado, la hipocresía; por eso el Señor Jesús le dijo a los apóstoles: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos[3]“, y ellos pensaban en lo físico; ¿será que nos está diciendo esto porque no trajimos pan? Pero, ¿acaso no recuerdan de los panes y los peces que se multiplicaron cuando alimenté a los cinco mil?[4]“Guardaos de la levadura”, es decir, de la hipocresía, la maldad, el pecado, eso es lo que representa la levadura; y Jesucristo fue sin pecado. Así que Jesús se convierte en nuestro alimento; por eso cuando El celebró e instituyó la Cena del Señor, fue justo el día de la pascua. Tomó un pan ácimo, un pan sin levadura; por esta razón cuando se toma la Cena del Señor se prefiere hacer con pan sin levadura, aunque algunos lo hacen con pan con levadura. La razón por la que se hace sin levadura es por el pan ácimo con el que Cristo se representó a sí mismo. Tomó ese pan ácimo de la pascua y lo partió y dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido[5]“; y dijo en otra ocasión: “el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”[6].
Entonces hay dos aspectos: Uno objetivo, de lo que pasó con Cristo allá en la cruz, cuando aún no habíamos ni siquiera nacido. Pero hay un aspecto subjetivo, lo que nosotros creemos, vivimos, experimentamos gracias a Cristo. Cristo no sólo murió por nosotros, sino también para llevar a la muerte justamente con lo que Él se puso. Él se puso la humanidad encima, Él fue hecho pecado por nosotros, las cosas viejas pasaron para librarnos a nosotros; así nosotros debemos celebrar la fiesta de los panes sin levadura. No se trata de que tal día vayamos a hacer panes sin levadura, sino que todos los días estamos celebrando esa fiesta, todos los días estamos con la pascua, todos los días estamos con los ácimos.
La sangre de Cristo es lo principal, lo primero, allí empieza todo, allí somos librados del juicio; sin la sangre de Cristo no hay nada. Nunca debemos olvidar lo importante que es la sangre de Cristo. No se debe alabar a Dios sin tener presente la sangre de Cristo; nadie puede ir delante de Dios por el mérito de la propia alabanza, nadie puede ir delante de Dios por el mérito de su propio ayuno o por el mérito de haber hecho una buena obra o de no haber pecado. Solamente somos aceptos delante de Dios por la sangre del Cordero; aun cuando alabes, es la sangre la que te da la entrada, no la alabanza; aun cuando ayunes, es la sangre la que te da la entrada, no el ayuno; es solamente la sangre; “Veré la sangre y pasaré de vosotros”[7]; Si no veis la sangre, si no confiáis en la sangre, entonces estáis bajo juicio.
El Señor dice: “veré la sangre”. Él mira la sangre; lo que el Cordero hizo por nosotros es lo que en verdad salva. La primera verdad fundamental es constantemente confiar solamente en la sangre, tanto delante de Dios como de ti mismo, como delante del diablo. No trates de responderle al diablo con ninguna otra respuesta que la sangre de Jesucristo; y no trates de responderle a tu conciencia, con ninguna otra cosa distinta que la sangre de Jesucristo; y no trates de presentarte con cosa diferente a la sangre de Jesucristo. Sin la sangre no hay comunión con Dios, no hay reconciliación; la sangre es el comienzo. Por eso dice de la pascua, “este día será principio de días para vosotros”. ¿Qué día? El día de la pascua, cuando se derramaba la sangre del Cordero, cuando la familia entera se ponía bajo la sangre y entonces por siete días se comían los panes sin levadura. Estas dos fiestas se celebraban juntas.
Las Primicias. Luego se celebraban las Primicias, o sea, los primeros frutos antes de la cosecha general, que eran los más valiosos; y así como la pascua representa la muerte de Jesucristo por nosotros, y los panes ácimos representan nuestra participación con Cristo, las primicias representan la resurrección de Jesús. Este es el tercer aspecto de Jesucristo en relación con las fiestas judaicas.
“20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. 21Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos” (1 Corintios 15:20-21).
Ese texto nos dice que el primero en ser resucitado de los muertos, Aquel por quien entró la resurrección de los muertos, fue Jesucristo; por lo tanto, las primicias son Jesucristo, la fiesta de las primicias nos representa la resurrección de Jesús. Cuando vamos al mercado, las frutas fuera de estación son las más caras; cuando es el tiempo de una fruta, éstas son baratísimas, pero cuando no es el tiempo sino que algunas se adelantan, éstas son de más valor; esto es lo importante de las primicias. Notemos que el Evangelio se centra en la persona del Señor Jesús, en Su muerte y en Su resurrección; esto es lo central. La Iglesia no puede salir de este centro: Dios revelado en Jesucristo, el Hijo de Dios, el Cristo, la persona de Jesucristo, Su muerte y Su resurrección.
La muerte es quitar, a través de la cruz, todas las cosas negativas que entraron en el universo; pero la resurrección es para suplir las cosas nuevas, porque había que quitar lo viejo y sustituirlo con lo nuevo; entonces todo lo viejo, todo lo desagradable a Dios se trató con la cruz; y todo lo nuevo, proviene de la resurrección. La cruz es para quitar, la resurrección es para suplir; por eso la persona de Jesucristo, Su muerte en la cruz y Su resurrección, son lo central del evangelio.
La enseñanza del Señor Jesús
“1Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. 3Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5y que apareció…” (1 Co. 15:1-5a).
Aquí Pablo hace una declaración apostólica de lo que es fundamentalmente el evangelio, que reteniéndolo se es salvo. Y ¿cuál es el evangelio? Que Cristo murió por nuestros pecados, que fue sepultado y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras, y que apareció. Se trata de las distintas apariciones a grupos e individuos después de la resurrección. Estas son las tres claves de la historia de la salvación y del evangelio: Jesucristo, Su muerte y Su resurrección. La Iglesia nunca puede descentrarse de la persona de Jesucristo, de Su obra en la cruz y de Su resurrección. ¿Cuándo empezamos a disfrutar del perdón? Cuando se oye de El y se cree, el perdón llega a ser una experiencia personal. Pero, ¿cuánto hace que Jesucristo murió por nosotros? Inclusive antes de que naciéramos, pero sólo cuando se oye, se cree y se apropia, es una experiencia personal. Sin embargo, el perdón no fue lo único conseguido en la cruz de Cristo, sino también muchas otras cosas que tienen que ser oídas y creídas y disfrutadas. La Iglesia tiene que conocer la cruz y conocer la resurrección.
A veces se piensa que no se va al infierno porque Dios perdonó nuestros pecados, pero una cosa es el perdón de los pecados, y otra cosa es la limpieza de la mancha del pecado, y otra cosa es la libertad del yugo del pecado, y otra cosa es la justificación, y otra cosa es la reconciliación, y otra cosa es la regeneración, y otra cosa es la santificación, y otra cosa es la renovación, y otra cosa es la configuración a Jesucristo, y otra cosa es la glorificación; todo esto fue hecho en la cruz y en la resurrección. La Iglesia tiene la persona de Jesucristo y Su obra en la cruz y Su resurrección. Estas son las tres primeras fiestas, pero hagámonos la siguiente pregunta: ¿Quién es el que aplica a nosotros todo lo que hizo Cristo? La respuesta es: El Espíritu Santo.
Pentecostés. La siguiente fiesta, la de Pentecostés, representa la venida del Espíritu Santo. Fue el día de Pentecostés que el Espíritu Santo descendió. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo viene a tomar lo que hizo Jesucristo; porque lo que hizo Jesús fue allá afuera, pero el que lo hace efectivo como experiencia personal, subjetiva en cada uno de nosotros, es el Espíritu Santo. Después de que el Señor puso ese fundamento de ser Él quien es: el Mesías, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, concebido en el vientre de la virgen María, que vivió sin pecado y murió por nuestros pecados y resucitó, después de esto, Él descendió y derramó el Espíritu Santo, que es la fiesta de Pentecostés y que viene después de las tres primeras. No se puede empezar con Pentecostés, se tiene que empezar con la Pascua. Pentecostés representa al Espíritu Santo que toma lo de Cristo y lo del Padre y nos lo da a conocer.
Trompetas. Hay otro aspecto. ¿Qué había dicho el Señor antes de Pentecostés? “Quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder de lo alto, y me seréis testigos”[8]. Entonces, después de Pentecostés viene la fiesta de las Trompetas, porque las trompetas representan a Jesucristo siendo anunciado. Este es otro de Sus aspectos en las fiestas. Notemos la secuencia: Primero Cristo crucificado, luego Cristo compartido, luego Cristo resucitado, luego Cristo por Su Espíritu descendiendo, o sea, derramado, y ahora Cristo anunciado. Porque imaginemos, Jesucristo muere por nosotros, el Señor se hace nuestra vida, resucita por nosotros, derrama Su Espíritu, pero nadie lo anuncia; y si nadie lo anuncia, ¿quién recibe la vida? Por eso Cristo tiene que ser anunciado y esto lo representa la fiesta de las trompetas. En la primera epístola de Pablo a Timoteo 3:16 se nos habla de Cristo predicado a los gentiles, creído en el mundo; allí dice: “predicado a los gentiles, creído en el mundo”. Eso es parte del misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria. Cristo predicado y creído, es ese el aspecto que tiene que hacer la Iglesia: presentar a Cristo, anunciar a Cristo. Esto lo podemos apreciar en el libro de los Hechos de los apóstoles, cuya síntesis es la siguiente: El Cristo resucitado actuando, por Su Espíritu, a través de la Iglesia, para establecer el Reino. Por esto Hechos de los apóstoles comienza así: “En el primer tratado, oh Teófilo“, dice Lucas, comenzando a decir lo que Cristo empezó a hacer, ahora escribo el segundo tratado, que es lo que Cristo continuó haciendo[9]. San Lucas dice en su evangelio, lo que Cristo comenzó, pero el libro de los Hechos es lo que Cristo continúa. Lucas nos presenta el misterio terrenal de Cristo, porque después de que Él resucitó ascendió y es sacerdote, y envió a la Iglesia, la comisionó.
Expiación. La fiesta siguiente, es la expiación. ¿Por qué necesitamos la expiación? ¿Por qué no era suficiente la Pascua? ¿Por qué también había la fiesta de la Expiación? ¿Qué aspecto nos señala de Cristo? El aspecto que nos señala de Jesucristo es su virtud de abogado, como propiciación nuestra. Porque tengamos en cuenta que una cosa es crucificado, otra compartido, otra resucitado, otra ascendido y derramado, otra anunciado y ahora intercediendo por nosotros. ¿Por qué? Es anunciado por nosotros como creyentes, pero fallamos; todos los días necesitamos de la sangre de Cristo, todos los días necesitamos de un Abogado, o sea, el que ejercita un ministerio celestial, el ministerio de Abogado, de Intercesor, de Sumo Sacerdote.
Tabernáculos. La última fiesta era la fiesta de los tabernáculos. En esta fiesta el pueblo de Israel tenía que salir de su morada habitual y cambiarse a morar a los tabernáculos. También la Biblia dice: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Co. 5:1). O sea que la fiesta de los tabernáculos, siendo la última del ciclo, una fiesta alegre que nos recuerda nuestra condición de peregrinos, nos hace pensar en el importante aspecto del Cristo esperado, del Cristo de la segunda venida, del Cristo del Reino. Justamente, el profeta Zacarías identifica la fiesta de los tabernáculos con el Milenio. Cuando Jesucristo venga seremos transformados en nuestros cuerpos, dejando el tabernáculo viejo y cambiando de morada. Entonces haremos fiesta, será el final del ciclo. Estaremos en el Reino Milenial celebrando la verdadera fiesta de los tabernáculos con el Cristo que ahora esperamos, el deseado de todas las naciones.
[1] Mateo 16:16
[2]Referencia a Éxodo 12
[3] Mateo 16:6
[4] Paráfrasis de Mateo 16:7-12
[5] 1 Corintios 11:24
[6] Juan 6:51b
[7] Exodo 12:13b
[8] Lucas 24:49; Hechos 1:8
[9] Paráfrasis de Hechos 1:1-3
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Gino Iafrancesco V., 17/X/1992, Mosquera, Cundinamarca, Colombia.
BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO
Dios fue manifestado en carne, conforme a la profecía, en la persona de Jesucristo. Éste predicó el arrepentimiento, la fe en Dios y el reino de Dios; murió en la cruz para expiar el pecado del mundo, y resucitó, apareciéndoseles durante 40 días a sus discípulos, hablándoles del reino, y comisionándoles para hacer discípulos, bautizarles y enseñarles todo lo que Él les enseñó. Ascendió a los cielos y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, donde intercede por nosotros, y de donde vendrá y volverá por los Suyos, y juzgará al mundo con justicia, y establecerá la manifestación del reino de los cielos.
Jesucristo ordenó Él mismo a sus discípulos el bautismo, y Él mismo fue bautizado. “Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma, y vino una Voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en Ti tengo complacencia” (Lucas 3:21,22).
La presente consideración es con el fin de presentar, desde los sagrados documentos de las Escrituras, este aspecto de la doctrina cristiana concerniente al bautismo; el mandamiento, su aplicación, el significado, su efecto. Procuraremos considerar no solamente su forma ceremonial externa, sino también, principalmente, el misterio de su contenido sobrenatural; pues es la verdadera identificación con Cristo lo que salva al hombre. No descuidaremos, sin embargo tampoco, su obediencia y aplicaxción externa, pues no fue descuidada por Jesús, ni por sus apóstoles. La Iglesia no tiene derecho de decir ni hacer cosa diferente, a menos que se excomulgue a sí misma de la verdad. Tengamos, entonces, presente que al considerar este asunto del bautismo, lo cual significa “sumersión”, estaremos enfocando el misterio sobrenatural de la identificación del cristiano con Su Señor en su muerte, sepultura, resurrección y ascención; misterio velado en la práctica bautismal.
No confundimos, pues, la práctica exterior con la operación interior, ni atribuimos a lo meramente exterior el efecto de lo interior; pero tampoco ignoramos lo exterior, que es como el canal que representa las glorias de la salvación, y hace manifiesto ante los hombres el testimonio de la operación interior efectuada a través del canal de la fe; además es mandamiento divino. Observemos esta doble dimensión en el bautismo de Jesús: “Juan les respondió diciendo: yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. Este es aquel que viene después de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas acontecieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando. El siguiente día vió Juan a Jesús que venía a él y dijo: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es de quien yo decía: después de mí viene un varón, el cual es antes de mí, porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. También Juan dio testimonio diciendo: Ví al espíritu qquwe deescendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, Aquel me dijo: sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo y fuego. Y yo le ví, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:26-34).
Puede notarse el lenguaje: bautismo en agua y bautismo en el Espíritu Santo y fuego. Además notamos esta yuxtaposición: cuando el agua le bautizó, el Espíritu le ungió. Ciertamente el agua no hace el papel del Espíritu, ni el Espíritu es el agua; pero entretanto que cumplía con toda justicia bautizándose en el agua, era a la vez investido del Espíritu Santo. De la misma manera, es el Cordero de Dios el que quita el pecado del mundo; pero tal operación sobrenatural se representa en el bautismo en las aguas, como obediencia de la fe. No aplicamos a la mera ceremonia externa el honor de la operación misma; el honor le corresponde a Cristo mismo que opera realmente con Su propia vida, y Suya es la eficacia de la salvación, mediante la sola fe. No obstante, éste mismo Cristo ordenó también descender a las aguas, y lo hizo Él mismo, para cumplir toda justicia.
He aquí, pues, el mandamiento: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado…” (Mateo 28:19). Marcos también testifica de este mandamiento: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15,16).
Además de Jesús, Sus apóstoles también lo ordenaron: “Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…/…Así que los que recibieron su palabra, fueron bautizados; y se añadieron aquel día como 3.000 personas” (Hechos de los Apóstoles 2:38,41).
Teniendo, pues, el mandamiento y el ejemplo de Jesús y sus apóstoles, no se justifica en un creyente una actitud descuidada en este respecto; mucho menos una actitud desobediente. Es la voluntad de Dios que los Suyos sean bautizados. Ciertamente hay casos excepcionales, como el ladrón en la cruz, en los que la gracia de Dios condesciende a prescindir de la ceremonoio por fuerza mayor; pero creemos que se trata de casos en que la persona está, a su pesar, completamente imposibilitada de cumplir el mandamiento. Eeste era el caso del ladrón crucificado al lado de Jesús. No podemos aplicar con libertad el caso de esta excepción en el curso normal donde el creyente, bajo mandamiento divino y apostólico, está en plena condición de descender a las aguas. La Iglesia tiene, pues, este mandamiento y ejemplo aplicable a todo aquel que creyere y quisiere ser discípulo de Jesucristo.
Ahora bien, en las Sagradas Escrituras vemos que aquellas personas que recibieron el bautismo cristiano en el génesis de la Iglesia, eran por lo general personas concientes y responsables de sí mismas; es decir, lo hacían generalmente por convicción personal propia. Sin tal fe y convicción personal, ¿no sería, acaso, nulo el efecto del bautismo? Pues su efecto de gracia recibida se debe a la fe, que obedece con la identificación voluntaria del creyente con Su Señor, por esa fe, en Su muerte y resurrección. No despreciamos las buenas intenciones de aquellos que someten forzadamente a sus bebés a una ceremonia externa, a veces mayormente para eludir el ostracismo social; pero aquello no es suficiente, sin la fe personal, para que de facto se realice una unión mutua e indispensable con el Señor. El requisito de la fe personal es necesario para recibir eficazmente la gracia expresada en el bautismo. Ciertamente Jesús dijo que dejasen a los niños venir a Él, porque de los tales es el reino de los cielos; entonces el Señor los tomaba en Sus manos y los bendecía. Hagamos hoy lo mismo, entreguémoslos en Sus manos para que los bendiga.
En la práctica primitiva vemos generalmente que la fe y el arrepentimiento precedían al bautismo. “Yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe le dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro, y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos de los Apostoles 8:36-38). La pregunta era por el impedimento; la respuesta era según la condicón. ¿Qué impide?…Si crees de todo corazón, bien puedes. “Si crees…” era la condición. En el día de Pentecostés, Pedro había dicho: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros…”. Antepuso el arrepentimiento y añadió el cada uno de vosotros. Notamos, pues, en estos casos, que para acercarse a las aguas bautismales se efectuaba una operación de conciencia lo suficiente y mínimamente responsable. Creemos que es esto lo que Dios espera de nosotros y Su gracia produce. No deberíamos, pues, prescindir de esta confesión personal, madura y pública. El creyente conciente debería así, cada uno, pedir por sí mismo su propio bautismo. En alguna ocasión, Juan el bautista se había visto en la necesidad de decir a algunos de los que se acercaban a su bautismo: “Haced frutos dignos de arrepentimiento”. Jesús dijo a los apóstoles: “A quienes remitiéreis los pecados, les son remitidos; a quienes se los retuviéreis, le son retenidos” (Juan 20:23). No ignoramos, sin embargo, el caso de Simón el Mago en Hechos capítulo 8; éste, después de ser bautizado por Felipe, fue reprendido por el apóstol Pedro, pues quería comprar con dinero la facultad de conferir el Espíritu Santo. Vemos, pues, que aquella ceremonia, pues Simón el mago había consentido exteriormente, parece que no le había regenerado su corazón. Los frutos posteriores lo demostraron.
Es en relación a tal clase de casos por la cual creemos que el apóstol Pedro se refiere en su primera carta en estos términos: “El bautismo, que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1ª Pedro 3:21). Ni la mera ceremonia, ni el agua, operan con el pecado que está en la carne. Es por la fe en la sangre de Cristo que se limpian los pecados, y el bautismo ceremonial es una aspiración a tal buena conciencia; pero es la regeneración real por el Espíritu Santo la que nos introduce en la ley del Espíritu de Vida en Cristo Jesús que opera eficazmente contra el pecado que se halla en la naturaleza humana. Es por medio del erspíritu que combatimos contra las inmundicias de la carne. El bautismo ceremonial conciente testifica de nuestra fe personal en que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; y esto nos salva. Pero es por el espíritu que participamos de la vida de resurrección de Cristo, y de la ley del Espíritu de vida en Él, que nos libra de la ley del pecado y de la muerte en la carne, enfrentándole un poder superior. Y es la investidura del poder de lo Alto, por el Espíritu, la que nos capacita para el servicio cristiano a Dios y al prójimo.
No debemos, pues, perder de vista esta superposición de lo sobrenatural velado en la ceremonia externa del bautismo; ni tampoco confundamos los planos en la perspectiva. No siempre tal superposición coincide en nuestra experiencia subjetiva; como lo podemos ver en el caso de Cornelio y su casa. Mientras Pedro apenas aún hablaba, el Espíritu Santo descendió antes de que ellos fueran bautizados; pero entonces se bautizaron (Hchs.10:44-48). La operación interior sobrenatural precedió a la ceremonia bautismal en agua. Dejemos que Dios opere en el interior de los hombres a Su manera, y estemos listos a obedecer lo más pronto posible en lo concerniente a la ceremonia externa. Un mayor crecimiento en la revelación del misterio del bautismo puede acontecer normalmente después de realizado éste. Al fin y al cabo, la ceremonia inicial indica el comienzo de una nueva vida. El Espírittu Santo tiene derecho a obrar la gracia del Señor en los hombres de la mejor manera que le plazca.
Observemos las implicaciones sobrenaturales del bautismo en las declaraciones apostólicas. De la carta de Pablo a los Colosenses leemos: “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuísteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos…/…Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, enttonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 2:12; 3:1-4). Es, pues, la fe la que nos introduce en el bautismo verdaderamente. Sepultados con Cristo en el bautismo, y resucitados con Él, mediante la fe en el poder de Dios. “Mediante la fe”; es decir, si de corazón creemos que Jesús es el Hijo de Dios, muerto por nuetros pecados, y nosotros con Él y en Él; y resucitado a la diestra de Dios, y nosotros en unión con Él y en Él. Como está escrito: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado; porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:9-13).
La fe establece, entonces, el vínculo con la realidad objetiva y sobrenatural de Dios y de la obra consumada de Cristo. Y tal invocación de fe conduce a la salvación y es testificada en el bautismo: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs. 22:16).
En la ceremonia bautismal es, pues, tal invocación en fe la que conecta el efecto de salvación con el acto externo. Sin embargo, tal invocación no acontece siempre solamente durante el acto, sino algunas veces antes. Lo normal sería que la persona, al creer, invoque el Nombre, bautizándose. Ejemplo: “Y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hchs. 18:8). Esto les salvó. ¿Qué? La obra de Cristo creída y apropiada por la fe que le invoca y obedece en el bautismo.
La ceremonia sola no salva sin fe; la fe sola sin la obra de Cristo no salvaría; la obra de Cristo, sin ser recibida por fe, no se hace efectiva. ¿De qué sirve una ceremonia sin fe? Al faltar la fe, entonces no se hace apropiación de la obra de Cristo. Es en virtud de la obra de Cristo, recibida por fe, que se opera la salvación. Por una parte, ¿qué haríamos con la sola fe, si Cristo no hubiera hecho Su obra? Pues sería mera fe en la fe, y no fe en Él y Su obra. Sería una fe en vano, sin una realidad expiatoria que la respalde. Por otra parte, ¿qué aprovecharía la real obra consumada de Cristo, si no la creemos y no la recibimos por la fe? No haría efecto en nosotros por causa de incredulidad. El Señor dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:16a). Entonces la salvación descansa en la realidad objetiva y sobrenatural de la persona y obra consumada de Cristo, creída y recibida por fe, la cual se apropia por invocación y confesión, y se testifica por el bautismo. Esto es lo normal. ¡Cuántos elementos hay aquí!. Primera y principalmente, sin lo cual lo demás no tiene valor alguno, la persona y obra de Jesucristo; porque depende de quien sea Jesucristo y qué hizo, para que la fe e invocación de la persona tengan la suficiente base para un efecto de salvación. Es necesario creer que Jesucristo es el Hijo del Dios Viviente, que salió del padre y vino al mundo, hecho carne, hecho hombre, para darnos a conocer al Padre mediante sí. Ésta es la persona. Y ésta es Su obra: la reconciliación, por medio de Su muerte en la cruz en nuestro lugar; el Justo por los injustos; resucitado y glorificado a la derecha del Padre en los cielos, presentado como ofrenda por nosotros, mediador e intercesor, abogado, Señor y Cristo, y cuya vida y naturaleza nos es impartida mediante el Espíritu Santo, mediante la fe, pues al creer, vivimos por Él. Como está escrito: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…/…Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Corintios 5:19,21).
Es la identificación con Cristo en Su muerte y resurrección, por la fe, la que se oculta tras el velo del bautismo. Es el bautismo en Cristo confesado por el bautismo en las aguas en Su nombre, la garantía de la salvación por Su promesa y las arras del Espíritu. Jesucristo es la puerta. Nos corresponde, pues, para testimonio de nuestra salvación, cruzar la puerta de la obediencia de la fe en Jesucristo. El juicio por desobediencia parcial, lo remitimos al Supremo Juez universal en el tribunal de Cristo. Por Su mandamiento, pues, enseñamos el bautismo en las aguas.
¿Qué hace en el creyente su bautismo en Cristo mediante la fe? Hablamos aquí del bautismo en Cristo, de la realidad de esta identificación sobrenatural por fe, con Cristo el Señor, del creyente. No nos referimos, pues, tan solo al velo ceremonial que bien pudiera ser hueco sin la identificación de fe. Lemos, entonces, de Pablo: “Porque todos los que habéis sido bautizadois en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:27,28). La primera parte de esta declaración apostólica tiene que ver con Cristo, la Cabeza; la segunda parte: “sois uno en Cristo”, tiene que ver con nuestra identificación en Él con Su cuerpo que es la Iglesia.
Examinemois la primera parte: “revestidos de Cristo”. La fe nos identifica con Cristo cuando lo recibimos. Al recibirlo, recibimos juntamente con Él el efecto de Su obra. Es decir, participamos de Él, de Su muerte, sepultura, resurrección, ascención y escondite en Dios. Si permanecemos en Él, cualquier cosa que viniere a nosotros, tiene que venir a encontrarse primeramente con Él antes de tocarnos a nosotros, pues estamos revestidos, por la fe, de Él. El pecado, la maldición y el mundo fueron crucificados en Su cruz; es decir, al morir Él como postrer Adam, y que también como segundo hombre es ahora nuestra vida, fuimos libertados. El pecado, la maldición, la corrupción y la muerte se desvanecen al chocar en nuestro espíritu y ser con Su resurrección. Satanás y sus ángeles, sus demonios, resultan abatidos y aplastados bajo nuestros pies, al encontrarse con la ascención y posición suprema de Cristo que nos ha unido a sí en el Espíritu, estando nosotros muertos, resucitados y ascendidos en lugares celestiales juntamente con Cristo, en nuestra unión espiritual de fe. Cristo, entonces, se convierte en la nueva experiencia de nuestra vida, si vivimos por Él mediante la fe. Entonces Su victoria es administrada continuamente a nosotros por el Espíritu de Dios, para que sea también nuestra victoria. Porque Él vive, nosotros también vivimos. “El que permanece en mi, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Juan 15:5).
Tal gloriosa identificación es la que se vela en el bautismo. Nos dice el apóstol Pablo: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo; a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruído, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:1-11).
También sostiene el apóstol Pablo en otras epístolas: “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor conque nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6). “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:1-4).
Por estos pasajes anteriores se nos revela que la vida y obra de Cristo es impartida a nosotros en todo Su poder, por medio de nuestra identificación con Él por la fe. Su vida, muerte, resurrección y ascención son nuestras, porque Él es nuestra vida; y cuando Él se manifieste, lo seremos también.
Por medio de Su muerte Cristo nos libera del cuerpo del pecado. Su sangre nos limpia de todo pecado, y Su cruz nos liverta del pecado mismo, pues ya no hemos de andar en la carne donde el pecado mora, sino en el Espíritu donde Cristo es nuestra realidad de victoria. Somos muertos a nosotros mismos en Él, y llevamos Su muerte y la cruz todos los días, unidos a Él por la fe; somos beneficiarios de la crucifixión, para libertad. Su victoria de la Cruz es nuestra, pues Él está en nosotros al recibirle en fe. Si vivimos por Aquel que murió al pecado y por los pecados, la virtud de Su victoria nos es participada al creer. Asimismo, resultamos con Él resucitados y ascendidos, sentados con Él en lugares celestiales, sobre todo poder del diablo.
Entonces enfatizamos que si Jesús murió, resucitó y ascendió, al vivir nosotros en virtud de la vida del Hijo de Dios, Su paso por la muerte al pecado, nos libra, del pecado, por muerte; y del juicio, por cumplimiento en Él y ahora también en nosotros que estamos unidos a Él. Nuestra Nueva Vida ha resucitado ya levantándonos con todo Su poder, ascendida a lugares celestiales sobre todo poder del diablo, presentándonos en la misma presencia de Dios como nuevas creaturas, en Su vida perfecta y acepta, que mora en nosotros por la fe, injertado en nuestro espíritu, por el Espíritu santo, que toma lo de Él y nos lo administra a nosotros. Así tenemos vida eterna en Él, con Él y para Él, participando con Él en el seno de Su gloria, y de Su naturaleza y amor eternamente.
Dios se nos participó en Cristo, y la fe es el canal que le permite traducir Su realidad en nuestra experiencia. Somos llamados a esa íntima participación, bautizados incluso en Su muerte, para liberación. Éste es también un profundo privilegio: el conocerle en Su muerte. Cuando dos de Sus discípulos quisieron sentarse a Su diestra y a Su siniestra en el reino, Él les preguntó: “¿podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?…/…A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados” (Mateo 20:22,23).
San Pablo entendía esto cuando escribió: “…Ser hallado en él,…a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:10,11). “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Romanos 6:8). “Llevando en el cuerpo siempre la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2ª Corintios 4:10,11). “Porque, aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para vosotros” (2ª Corintios 13:4). Así, pues, de tan sublime manera llegamos a ser revestidos de Cristo al ser bautizados o sumergidos en Él.
También, de nuestra identificación con Él, resulta otra maravillosa identificación: la unidad del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. “Sois uno en Cristo” había declarado el apóstol. Si todos los creyentes en Cristo participamos del Padre por el Hijo, esta reconciliación nos funde en una unidad de amor en Él; porque la vida de cada miembro en el cuerpo es la misma de su compañero. La Iglesia, pues, es un vaso único que contiene la vida de Cristo. En virtud de esa vida somos unidos, nutridos, concertados y coordinados, llegando a ser coherederos de Cristo, y copartícipes de la plenitud de Dios por Jesucristo. Él había dicho: “Yo en ellos, y Tú en mi, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:23). Tal unidad es, pues, posible única y exclusivamente en virtud del Cristo compartido. Quien no participa primeramente de Cristo, no puede participar de tal unidad, ya que es el Espíritu de Cristo el que nos sumerge dentro de un solo cuerpo; como está escrito: “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1ª Corintios 12:13).
El individuo debe, pues, identificarse primero con Cristo, la cabeza, por el Espíritu; y entonces así se convierte en miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La puerta es Jesucristo mismo, y fuera de Él no hay otro acseso. “Por medio de él, los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre…/…miembros de la familia de Dios…/…siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:15-22). “Asiéndose de la cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Colosenses 2:19).
Cristo había declarado: “Yo en ellos…para que sean uno”; es decir, aparte de Él no puede haber reconciliación, pues Él mismo es nueestra reconciliación, Su vida. Es en Su cruz donde terminaron nuestras barreras, y es por Su Espíritu la entrada; es por Su virtud la unión y coordinación de todo el cuerpo. Primero Él, entonces lo demás. Hallamos entonces la razón de Su nombre como piedra fundamental. “Éste Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza de ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hchs. 4:12). Esa fue la declaración de san Pedro. Dios había declarado también que solamente recibiría adoración en el lugar que ël escogiera para poner allí Su nombre; y ese verdadero tabernáculo, esa verdadera casa es Jesucristo. Fue el Hijo Unigénito quien dio a conocer al Padre, viniendo en Su nombre, y poniéndolo de manifiesto. Jesús significa: Yahveh el Salvador. Jesucristo dio y da a conocer el nombre del Padre. El Espíritu santo viene en el nombre de Jesucristo. Dios en Cristo, y éste en la Iglesia por el Espíritu. Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres.
Considerando, pues, para el bautismo, este primordialísimo elemento: la realidad de la persona y obra de Jesucristo, añadimos que la fe de invocación necesaria para apropiarnos de la provisión de Dios en Él, debe ser una fe definida y exclusiva en ese Nombre, donde está contenida toda la plenitud de la Deidad: Jesucristo. Somos bautizados en éste Cristo específico por la fe. Jesús es el Cristo, Yahveh develado exclusivamente en Jesús. El Padre es visto en el Hijo. Fue sólo éste quien murió por nosotros y resucitó para nuestra justificación. Con Él es con quien somos identificados para muerte y resurrección en el bautismo. Por eso lo apóstoles bautizaron en Su nombre; para sepultura y resurrección con Él, identificados mediante la fe que le invoca específicamente, y que acude al Padre en Su nombre.
Jesús había ordenado: “…bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19b). Es decir, por una parte, de parte del Padre que envió al Hijo, y de parte del Hijo que envió al Espíritu Santo, y de parte del Espíritu Santo que habita en la Iglesia; por lo tanto habla de la autoridad de la Iglesia que bautiza. Por otra parte, también, los que son bautizados son sumergidos en el Padre por el Hijo, y en el Hijo por el Espíritu. Por eso los apóstoles obedecieron bautizando a los creyentes en el nombre de Jesucristo; pues Jesucristo vino en el nombre del Padre, y el Espíritu Santo vino en el nombre de Jesucristo. El Hijo es el lugar donde Dios escogió poner Su propio Nombre. Allí le encontraremos para adorarle. El nombre que fue puesto sobre el Hijo de Dios es Jesús: Yahveh el Salvador. Pedro les dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hchs.2:38). A los gentiles les fue dicho lo mismo en casa de Cornelio. “¿Puede acaso alguno impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo así como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hchs.10:48). En Cristo no hay diferencia para el judío o el gentil. Los samaritanos también fueron bautizados por Felipe en el nombre de Jesús (Hchs.8:16). Pablo encontró en Efeso a unos discípulos ya bautizados por Juan el bautista, pero sin el Espíritu Santo; entonces los volvió a bautizar, pero ahora en el nombre del Señor Jesús (Hchs.19:5), y recibieron el Espíritu Santo. A Pablo mismo se le dijo: “¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs.22:16).
Todos los registros de las Sagradas Escrituras muestran que los apóstoles obedecieron el mandamiento del Señor usando Su nombre en el bautismo. Lo hacían de parte del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con Su autoridad, identificando a los creyentes con Dios mediante Cristo y el Espíritu, sepultándolos en la myuerte de cristo y sacándolos a resurrección, es decir, en Su nombre. Son dos aspectos complemetarios.
Deducimos también por las Escrituras que generalmente lo hicieron por inmersión, que es lo que significa bautismo, pues descendían para ser sepultados y subían del agua. Bautismo significa, pues, sumersión.
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Gino Iafrancesco V., 1978, Asunción, Paraguay.
EL BUEN DEPÓSITO
En el libro de Zacarías, profeta de la restauración, al igual que Hageo, leemos: “…he mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda” (Zacarías 4:2,3).
Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, el Libro de Dios nos habla del propósito y del plan divinos, su desarrollo y consumación, todo centrado en el Misterio de Cristo. Las semillas fundamentales que son sembradas en Génesis y el resto del Pentateuco, son cosechadas en el Apocalipsis. Todos los pasajes que encontramos en la Biblia, por el mismo Espíritu que los inspiró, están ligados al hilo central del propósito y del programa divinos. Dios busca reunirlo todo en Cristo para que Dios sea contenido y expresado en gloria a través del Hombre Corporativo, Su esposa, que se consuma en la gloriosa Nueva Jerusalem, morada mútua de Dios y los Suyos.
Es así que vemos la revelación del candelabro en Éxodo 25:31-40 y otros pasajes del Pentateuco, relacionada a la cita antedicha de Zacarías, ambientada en Hebreos 9:2 y Mateo 5:15, y consumada en los candeleros del Apocalipsis. Se nos representa a Cristo manifiesto en el Pueblo de Dios, que en el Antiguo Pacto de figuras y sombras era Israel, y que hoy es la Iglesia universal, el cuerpo de Cristo, expresado en la iglesia de cada localidad o ciudad, según el Nuevo Testamento de realidades espirituales.
La Luz de Dios, cuyo esplendor es Cristo, brilla por el aceite del Espíritu, desde el depósito de la revelación divina, con plenitud séptuple, a través del organismo único que es Su cuerpo, el cual se asienta en cada localidad como la iglesia del lugar, para alumbrar también desde Dios a este mundo en tinieblas.
El oro del candelero representa la naturaleza divina, que ha de formarse en Su pueblo labrada a martillo; es decir, bajo la Palabra viva de Dios y el golpeteo de las circunstancias moldeadoras. El candelero es de una sola pieza, porque la iglesia es una y debe manifestar las características y la unidad de la naturaleza divina en la comunión práctica y visible del Espíritu de Jesucristo que alumbra por Su iglesia en cada localidad, a los ojos del mundo, para que éste conozca y crea (Jn.17:20-23).
He allí la responsabilidad nuestra para colaborar con Dios conforme a Su palabra, y para no escandalizar al mundo con otros nombres y caracteres que el de Cristo, estorbando el propósito del Altísimo.
En Zacarías leíamos del depósito que alimenta al candelabro. El suministro proviene del depósito. La Iglesia ha recibido de Dios, por Jesucristo, mediante el Espíritu de la Palabra, un depósito que debe conservar. “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros”, escribía el apóstol Pablo a Timoteo antes de morir (2Tim.1:14); “Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga…” (2Tim.2:2ª). Ya en su carta anterior le había escrito: “…guarda lo que se te ha encomendado” (1Tim.6:20).
El ministerio y la Iglesia en general no están, pues, colocados para distraerse en ocurrencias múltiples y disímiles, sino para recibir, contener, penetrar, disfrutar y también guardar, suministrar y expresar el buen depósito de Dios, según el suministro del Espíritu de la santa Palabra. Esto debe hacerlo la Iglesia y el ministerio en unidad y con luz plena, séptuple; no en división, ni en parcialidades incompletas que perjudican el testimonio de Jesucristo.
Según Efesios 1:22,23, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. De manera que el contenido primero y fundamental del depósito que hace brillar a la Iglesia, es Dios mismo; lo que Dios es, y lo que ha planeado y hecho. Éste Dios se nos ha revelado por el Hijo que es Jesucristo. El Espíritu nos suministra, pues, lo que es del Padre y Cristo (Jn.16:13-15; y 14:23).
En Cristo vemos, no solo a la naturaleza divina, sino también a la naturaleza humana perfecta. Vemos en Cristo Su kenósis o anodadamiento y despojamiento; vemos Su encarnación desde la concepción virginal en el vientre de la virgen María. Vemos Su nacimiento, Su crecer humano en estatura, gracia y sabiduría, vemos Sus pruebas y Su vivir humano perfecto, Sus muy significativas y abarcantes crucifixión, sepultura, resurrección, ascención, mediación, gobierno y regreso. Cada uno de estos ítems es riquísimo y se relaciona al depósito de la Iglesia. Lo es también la realidad, el suministro y la obra completa del Espíritu.
En esta breve panorámica a vuelo de pájaro del buen depósito que ha recibido la Iglesia, captamos que sus primeros y fundamentales contenidos son la verdad de Dios y el mismo Dios de la verdad; la verdad de Cristo y el mismo Cristo que es la verdad; la verdad del Espíritu y el mismo Espíritu de la verdad; la verdad de la salvación y la misma experiencia y realidad de la verdadera salvación y liberación. Vemos también que la plena salvación es la recuperación total de hombre para el propósito eterno de la Deidad. Ese propósito, y todo el programa de la economía, o dispensación, o administración del Misterio antes oculto en Dios, es también ahora contenido del depósito, pues la Luz Divina de la Sagrada Revelación nos muestra quien es Dios, qué quiere, y hacia dónde va; también nos muestra cómo va hacia el pleno desarrollo y cumplimiento en nosotros de Su meta. Aquí se incluye también todo el ingrediente profético.
La meta de Dios para con nosotros, la cual debe llegar a ser nuestra meta, es ítem fundamental del depósito y de la economía del Nuevo Testamento. El Evangelio y el Misterio de la Economía Divina están intimamente relacionados al hombre, como también a todas las cosas. Por lo tanto, la verdad acerca del hombre, el para qué y el cómo de su creación, su constitución tripartita, es decir, en espíritu, alma y cuerpo, su caída y condición, su recuperación completa en Cristo, su configuración individual y corporativa a Cristo en la Iglesia, su destino final, etc., todo esto cabe dentro de los ítems importantes del depósito.
Al lado del hombre, considéranse también todas las cosas; la verdad de la vieja y de la nueva creación, su estado y propósito; la realidad angélica, la obra y la caída de Lucero, sus ángeles y el mundo, junto con su juicio, por sus etapas.
Entonces, la misma Iglesia, como parte fundamental del programa divino, y como la edificación de Cristo, victoriosa en Él sobre las puertas del Hades, en su doble aspecto: universal y local, su naturaleza, función, practicalidad, etc., es ítem básico del depósito, pues éste depósito es el suministro especial para la luz de ella, y está relacionado a la función de la Iglesia inseparablemente. Entonces, todo lo relacionado al reino y a la consumación, con todas sus minucias mayores y menores, se relacionan al depósito.
Todas las doctrinas y minucias menores, que tienen su lugar secundario en la Palabra, en relación a lo más fundamental, de parte de Dios, no deben dejar de relacionarse por nosotros a lo primero y central, en su debido lugar y ubicación. Muchas veces, son estas minucias tratadas desubicadamente, las que distraen y perjudican la misión principal y fundamental de la Iglesia, según el propósito y la Palabra divinos. Descubramos, pues, el buen depósito, y ahondémosnos en él, guardándolo, porque sólo él es el suministro que hace brillar la Luz de Cristo en la Iglesia.
Ante el depósito de Dios no podemos pretender ser originales, ni individualistas. Debemos, más bien, recibir, conservar, penetrar y trasmitir corporativamente el río pleno del Espíritu de verdad de la Palabra, el buen depósito que nos ha confiado Dios, y el cual, conteniéndole a Él y a Su obra, es patrimonio de la Iglesia universal en pleno. La verdad es una, y nos necesitamos todos, unos a otros, en Cristo, para contenerla y expresarla completa y apropiadamente, cual casa espiritual de la plenitud de Dios (Ef.3:18,19). Nuestro individualismo, o nuestro provincialismo congregacional, ajenos a la realidad y plenitud del depósito, y a la edificación conjunta del cuerpo, perjudican y mutilan el testimonio de Jesucristo. Aunque la administración de cada iglesia particular de localidad es local, un candelero por ciudad, sin embargo, el oro y la luz de todos ellos son lo mismo universalmente, puesto que se refieren a la naturaleza y gloria divinas.
Todo esto es apenas una consideración panorámica e incompleta, que obviamente debe completarse y complementarse en y por el cuerpo de Cristo, mediante el Espíritu.
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Gino Iafrancesco V., 1985, Bogotá, Colombia.
DEL REPOSO CRISTIANO
Con el presente estudio seguiremos la pista, en las Sagradas Escrituras, que nos hablan del verdadero reposo cristiano. Precisamente reposo fue lo que el Señor Jesucristo vino a traer para la humanidad: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).
Fue también reposo lo que perdieron nuestros primeros padres Adán y Eva en el Edén. Su vida era una tal de dependencia absoluta y confiada en el Creador y Su providencia, de tal manera que aún les estaba vedado el fruto delo árbol del conocimiento del bien y del mal, y no se avergonzaban de estar desnudos.
Fue después de perder su inocencia cuando resultaron sometidos a las severas consecuencias de la desobediencia. “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores en tus preñeces; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol del que te mandé diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste ttomado, pues polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:16-19).
Fue al desobedecer comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal, que el hombre recibió la muerte, el dolor, el miedo, la dificultad y todo aquello que es precisamente lo contrario del reposo con el que disfrutaba en el Edén mientras Dios había entrado en Su séptimo día. Jesucristto vino, pues, a redimir de aquella condición y abrir de nuevo las puertas a los vencedores, para que tuvieran otra vez derecho al Árbol de la Vida (Apocalipsis 2:7). El hombre debía regresar, pues, a través de Jesucristo, a la vida eterna, la seguridad, la gloria, la providencia, en una absoluta y confiada dependencia del Creador, al cual, así, honraría. Fue esto lo que estaba implícito en la promesa hecha a la humanidad, de que la Simiente de la Mujer aplastaría la cabeza de la serpiente.
A partir de la caída, Dios mismo comenzó a desplegar Su plan eterno de redención, cubriendo de su desnudez al hombre por medio de la sangre derramada. Así Abel ofreció a Dios, como a la puerta del Edén, y así la humanidad aprendió la necesidad de Un sacrificio cubridor, el cual prefiguraba a Cristo y el plan de redención. El problema había sido el pecado; había, pues, que quitarlo. Es precisamente el pecado lo que echa a perder todos los planes y las ilusiones del hombre, todas sus empresasa, emprendimientos y logros; lo que corrompe su salud, su familia, sus onstituciones, sus sociedades, es precisamente el pecado.
Solucionar el problema del hombre consiste en desarraigar el pecado, causa de la muerte y de todo mal. Pero había que conocer lo que verdaderamente era el pecado, y entonces se añadió la Ley. El pecado no era solamente trasgresión de la Ley; era una constitución maligna heredada en nuestra naturaleza aún antes de hacer bien o mal, desde nuestros primeros padres caídos. La Ley, pues, nos daría a conocer mejor el pecado; pero Jesucristo nos daría también, además del perdón, una nueva constitución, justa en el Espíritu, de naturaleza divina, mediante la regeneración también por Su Espíritu, de manera que podamos andar en el Espíritu y ya nop necesariamente solo en la carne. He allí, pues, en apretadísima síntesis la cuestión global.
Volvemos, pues, a las Sagradas Escrituras: “…El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues antes de la Ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir” (Romanos 5:12-14).
La manera de la trasgresión de Adán no fue contra el Decálogo; su desobediencia consistió en desobedecer comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal; Eva codició la sabiduría para hacerse a sí misma igual a Dios. Notamos aquí que le estaba vedado al ser humano el fruto del conocimiento del bien y del mal; no solo del mal; sino, exactamente, el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Tal era su inocencia, y por lo tanto, su absoluta dependencia de la dirección del Espíritu divino. Entonces viviría, pues no le estaba vedado el Árbol de la Vida.
Cristo nos da de nuevo la posibilidad de comer del Árbol de la Vida; Cristo nos regresa al régimen nuevo del Espíritu, a la dependencia absoluta de la vida y dirección del Espíritu divino. Dependencia tal del mismo Soberano Creador le honra más que la ciega, muerta y aparente sujeción a un código rudimentario y figurativo, que apenas sirve de Tutor, entre tanto se forma Cristo en el hombre, por Su Espíritu, hasta la encarnación de la perfecta voluntad de Dios revelada en Cristo y en la cual somos santificados viviendo por Él.
Dícenos la Escritura que Adán era figura del que había de venir, el cual es Cristo; y Cristo habló así: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo…No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:17, 19). La obediencia de Cristo era, pues, directamente a la Persona del Dador de la Ley, de las sombras y los tipos, de la conciencia, etc. Él vivía por el Padre, y por Él obraba. Cuando el Padre se movía, Él se movía; cuando callaba, Él también callaba; cuando hablaba, ël también hablaba; cuando trabajaba, Él trabajaba. Era así, pues, de ésta manera, aún Señor del sábado, por la soberanía del Padre. El sábado sería así un siervo, y no un tirano. Pero el sábado definitivo, el verdadero reposo, sería, pues, Cristo mismo; del cual, el sábado de la Ley sería apenas un ayo y tutor y una sombra, hasta que viniese la Simiente en quien sería cumplido verdadera y eficazmente; lo cual acontece ahora en Cristo Jesús.
De manera que los que entramos en Su reposo, por medio del creer en Él, aparte de las obras de la Ley, entramos con Él por fe en el reposo de Dios con el cual Él reposó el séptimo día. Somos así guardados por Su reposo, reposando con Él y como Él. Eso es lo que nos dice la Carta a los Hebreos, a la que Dios mediante volveremos más adelante.
Observando, pues, a Cristo y Su absoluta dependencia y obediencia al Padre vivo y vivificante, notamos qué era lo que Dios esperaba del hombre e inauguró en Adán, hasta que ésta lastimosamente cayó. Entonces entró la muerte por el pecado, aún antes de la Ley. Eso es lo que leíamos de la Carta a los Romanos: “Antes de la Ley, había pecado en el mundo…reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán”. Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal; y esa fue la manera de su desobediencia; entonces por él entró el pecado; es decir, no tan solo la trasgresión, sino mucho peor que eso; con él entró en la naturaleza humana una condición pecaminosa con una ley de pecado en la carne que nos lleva cautivos al pecado, aún a nuestro pesar. Es decir, llegamos a ser pecadores por concepción y nacimiento aún antes de trasgredir la Ley.
Hubo, pues, así, pecado, aún antes de la Ley, en la naturaleza humana; en pecado nos concibe nuestra madre, y antes de pecar y trasgredir la conciencia, o la Ley, o un código, o lo que fuese, antes, somos ya pecadores. Por lo tanto reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, porque todos pecaron, y pecaron aún antes de la Ley, por causa de haber nacido pecadores sin ni siquiera conocer la Ley, sino apenas la conciencia y el gobierno humano.
Fue entonces necesario que Dios añadiera la Ley, para que el pecado fuese mejor conocido y reconocido, y fuese manifiesta la causa de la muerte. Entonces Dios apareció a Moisés y le dio el Decálogo y otras leyes, y ritos figurativos hasta que viniese la Simiente Prometida que redimiría; promesa anterior a la Ley, y que la Ley no invalida. La Ley sería, pues, la sombra y el Tutor hasta que viniese Cristo; pero ya venido Cristo, no estamos ya bajo el Tutor, sino bajo Cristo. Esto lo lkeemos así de las escrituras: “La Ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:21).
“Yo no conocí el pecado sino por la Ley; porque tampoco conociera la codicia, si la Ley no dijera: -No codiciarás.- Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mi toda codicia; porque sin la Ley el pecado está muerto. Y yo sin la Ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Romanos 7:7-9).
“El Pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la Ley, que vino 430 años después, no lo abroga para invalidar la promesa…Entonces ¿para qué sirve la Ley? Fue añadida a causa de las trasgresiones, hasta que viniese la Simiente a quien fue hecha la promesa…De manera que la Ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gálatas 3:17, 19, 24, 25).
Desde Adán, entonces, hasta Moisés, el hombre se guió por su propia conciencia y el gobierno humano, acusándole o defendiéndole sus razonamientos, estableciendo, según lo mejor de su parecer, los rudimentarios códigos que gobernaban sus acciones. Y estaban las naciones bajo el tutelaje de esos rudimentos de gobiernos humanos; luego vino la Ley Mosaica en Israel, incluyendo el Decálogo, hasta venir Cristo. Éste, entonces, introduciría el Nuevo Régimen Perfecto del Espíritu Santo hasta establecerse plenamente el Reino de los Cielos en justicia.
La Simiente de la Mujer vendría, pues, por Seth, Enok, Noé, Sem, Heber, Abraham, Isaak, Israel, judá, Isaí, David, hasta Jesucristo. Las naciones estarían bajo el rudimento de sus códigos y constituciones, pero con pecado en su naturaleza, echándole a perder todo. Entonces Israel recibiría la Ley, el Pacto, la Promesa, preparando el advenimiento del Mesías, salvador del mundo, de judíos y gentiles.
No obstante, también Israel, como los demás gentiles, a pesar de la Ley, estaba esclavo del pecado en su naruraleza humana. La Ley Mosaica superaba los códigos de los gentiles, pues era revelación en tipo, de parte de Dios; de lo cual la conciencia gentil poseía apenas una deforme semejanza, un rudimentario parecido; pero ni la Ley, ni los códigos, ni la conciencia, ni las buenas intenciones, ni las constituciones, ni los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, podían desarraigar el pecado de la naturaleza humana. Entonces lista la mies de la humanidad, encumbrada la Roma del derecho, diseminada la Grecia de la belleza, aparejado el Israel del monoteísmo y guardián de la promesa de la Simiente, entonces, apreció el Cristo para penetrar en las raíces mismas del problema humano: el pecado. Llegó para perdonarlo, vencerlo crucificando al vieho hombre e introduciéndonos en Su victoria por el Espíritu, donde ya está desarraigadoa favor de judíos y gentiles, andando en Quien tenemos poder sobre la carne caída. Vino Cristo anunciando a la humanidad entera la cercanía del Reino de los Cielos. De aquellos gustadores de Su gracia y de Su vida, se formaría Su Iglesia; y con ésta se sentaría a juzgar en el Milenio, hasta entregar el Reino, en pacificación y reconciliación completa, al Padre, en el Cielo Nuevo y La Tierra Nueva. Aquellos, pues, que rechazaran Su gracia, quedarían, por rebelión definitiva, convictos de juicio y reos de muerte y destrucción eterna. A los tales se les daría entonces la oportunidad de intentar un gobierno mundial sin Dios, con lo cual llenarían el mundo de tribulación; y una vez satisfechas sus pretenciones como las del diablo, pues de éste es de quien proviene la rebelión, y coronado satanás como rey, su propia iniquidad les arrojará, como castigo de Dios, en la destrucción total, bajo las plantas del Soberano Rey de reyes y Señor de señores, Aquel cuyo es el derecho: el Verbo de Dios.
Observando en forma global el plan, ubicamos, pues, en la historia, el lugar y propósito de la Ley Mosaica. Contenía, pues, esta Ley, en figura, el elemento eterno de la voluntad del Padre, la sombra de los bienes venideros; de allí las expresiones: “eterna” e “inmutable” que se le aplican. Tal aplicación, sin embargo, sería apenas perfecta cuando fuera cumplida y magnificada en la persona de Cristo, por amor de la justicia de Dios. Jesús había dicho: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20).
Los judíos se habían embrollado en la letra de la Ley, y estaban ajenos al Espíritu del Dador de la Ley. Era, pues, necesario que con Un Nuevo Pacto se derramase el Espíritu del Dador de la Ley; y para tal efecto vino Jesucristo. Entonces la Ley sería magnificada bajo el Régimen Nuevo del Espíritu, según el Nuevo Pacto.
“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días…” (Joel 2:28,29).
“Porque en lengua de tartamudo y en extraña lengua hablaré a este pueblo, a los cuales Él dijo: -Ëste es el reposo, dad reposo al cansado; y éste es el refrigerio…” (Isaías 28:11, 12).
“He aquí viene días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hicieron sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: -Pondré mis leyes en la mente de ellos y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mi por pueblo, y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: -conoce al Señor,- porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:8-12 en base a Jeremías 31:31-34).
“Yahveh se complació por amor de su justicia en magnificar la Ley y engrandecerla” (Isaías 42:21).
Dios, pues, prometió derramar Su Espíritu, magnificar Su Ley y cambiar el corazón de piedra por uno de carne, poniendo Su Espíritu en nosotros. Es allí donde entra en escena Jesucristo para hacer posible esto. ¿Qué hace Él? Cumple la Ley, la magnifica, satisface con Su muerte expiatoria la justicia de la Ley que nos condenaba por trasgresores, resucita y asciende para enviar del Padre al Espíritu Santo, para los que creen, estableciendo así el nuevo régimen del Espíritu, presentando la realidad en lugar de la sombra, y dando al hombre el verdadero reposo. Quedaba así establecida en Él una nueva creación que por la fe entra de nuevo en aquel reposo con que Dios reposó el séptimo día. “Hoy”, pues, podemos entrar en aquel reposo creyendo en Cristo.
La tierra misma y la creación serán también libertadas de la esclavitud de corrupción, para alcanzar la libertad de los hijos de Dios. Entonces será completa la redención: Cielo Nuevo y Tierra Nueva, Nueva Jerusalem, con nuevas creaturas en cuerpos glorificados y vida eterna. El plan que Dios tenía en el principio, lo quiso inaugurar en el Edén. Ahora, pues, será restaurado el Edén y coronado con la Ciudad Santa de la Nueva Jerusalem que desciende del cielo de Dios. El debido orden es: (1º) Cristo, (2º) nosotros los de Cristo, (3º) la creación completa. Cristo ya vino como la cabeza de la nueva raza; venció a la muerte y está coronado de honra y gloria a la diestra de la Majestad en las alturas; entonces derramó el Espíritu Santo, y quienes vivan por Él, dando Su fruto, son Su Iglesia, qque se prepara para la adopción y el advenimiento del Señor. Entonces el juicio tomará cuenta de los rebeldes, y la tierra y el cielo actuales serán quemados. Entonces un Nuevo Cielo y una Nueva Tierra serán establecidos, donde mora la justicia, con los redimidos. Será entonces la consumación del Reino de los Cielos.
Entre la era nuestra y el Reino eterno definitivo hay un período de mil años; el día en que Dios quitará de la tierra, como lo hizo en la Cruz, pero ahora cumplida y reclamadamente, el pecado. En éste día de mil años reinarán los vencedores con Cristo; aquellos que reciban facultad de juzgar (Apocalipsis 20).
Notamos que el punto crucial de la historia es entonces la venida del Señor Jesucristo; es allí cuando la Ley es cumplida y magnificada, la expiación satisfecha, y el pacto definitivo del régimen nuevo del Espíritu, como al principio, es inaugurado. Detengámosnos, entonces, a observar al Cristo cumplidor y magnificador de la Ley. Así habló y obró:
“No penséis que he venido para abrogar la Ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que toda se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos” (Mateo 5:17-19).
Cristo fue más allá de la letra; Él llegó hasta demostrar el Espíritu mismo del Dador de la Ley; y fue entonces cuando la magnificó. Tomó el Decálogo y las otras leyes y dijo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: -No matarás, y cualquiera que matare será culpable de juicio.- Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que le diga: -Necio,- será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: -Fatuo,- quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:21, 22). Entonces continuó diciendo acerca del adulterio del corazón (Mateo 5:28), de la dureza del corazón en el repudio (Mateo 19:8), de no jurar sino que baste con una palabra honrada (Mateeo 5:33-37), de amar a los enemigos en vez de aborrecerlos (Mateo 5:43, 44), de ir más allá de la milla pedida, de adorar en espíritu y verdad, de poner el sábado al servicio del hombre y no al hombre al servicio del sábado, de hacer el bien en secreto delante de Dios, de juzgar con misericordia o no juzgar, de no invalidar el mandamiento por la tradición, ni deformar la justicia colando el mosquito y tragando el camello mientras se limpia lo de afuera sin hacerlo primero por dentro, etc., etc. En fin, la Ley de Dios fue verdaderamente magnificada en Él conforme a la profecía, siendo Él mismo la personificación de la perfecta voluntad de Dios.
Muchos judíos lo acusaron de blasfemo y de quebrantar el sábado; pero Él les demostró que Él era el Hijo de Dios, y cual era el verdadero reposo que Dios quería para el hombre. Sí, demostró el Espíritu del Dador de la Ley; entonces la magnificó: “Oísteis que fue dicho…más Yo os digo…”. Además cumplió en Sí mismo el sacrificio prefigurado en los ritos. Con la experiencia de Su vida fue el antitipo de lo cual el antiguo pacto eera apenas una sombra figurativa. Sí, ahora, en lugar del templo, Él era el Templo y le edificaba verdadera casa al Padre. En lugar de becerros y carneros, derramó Su propiua sangre. En lugar de tablas de piedra en un arca de madera y oro figurando la presencia de Dios en el corazón, Él fue lleno del Espíritu y satisfizo el deseo del Padre. “Mi Padre hasta ahora trabaja y Yo trabajo”, entonces quisieron apedrearlo. No entendieron que lo importante era agradar verdaderamente al Dador de la Ley. En amarlo sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, descansaba toda la Ley y los profetas. Y en la obediencia al nuevo mandamiento del Amor los unos por los otros, se cumpliría toda la Ley. Contra el fruto del Espíritu Santo no hay Ley. Necesario es, pues, vivir por el Espíritu; y quieenes por Él son guiados, éstos son los hijos de Dios. He allí el Nuevo Régimen, la voluntad perfecta, la Perfecta Ley, la Ley de la Libertad. Cristo trajo en Sí al Espíritu que estaba detrás de la letra de la Ley, como lo anticipaban los profetas. Él ha sido el único hombre sobre la faz de la tierra que cumplió la Ley al agrado del dador de ella; de lo cual Dios mismo dio testimonio: “Éste es mi Hijo amado en el cual tengo contentamiento; a Él oid” (Mateo 17:5). Jesús había dicho: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). La profecía lo anunciaba sin defecto.
Dios constituyó entonces a Cristo en nuestra Ley, identificándonos con Él por medio del Espíritu Santo. Los fariseos, con un celo ciego y sin ciencia, pensaban que el paralítico no debía cargar su lecho en sábado porque trasgrediría la letra de la Ley; pero el Dador de la Ley era el que había dado la orden a través de Cristo: “Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa”. De esa manera le hizo descansar. Ese era el reposo con el cual sería servido el paralítico, pues el sábado fue hecho por causa del hombre.
Entonces Éste Cristo inocente, sin mácula ni defecto, fue llevado a la muerte de cruz, para morir en lugar de todos nosotros los culpables. La Ley nos condenaba a muerte por trasgresión y naturaleza caída, y la verdadera trasgresión era desagradar al Padre. Eentonces Cristo murió la muerte a la cual también la Ley nos condenaba, y no solo desde Moisés, sino desde aquella sentencia cuando Dios dijo en el Edén: “El día que comiéreis del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, ciertamente moriréis”. El inocente Cordero de Dios fue nuestro sustituto. El inocente fue tratado como culpable, para que nosotros los culpables pudiésemos ser perdonados y recibidos regenerados por Su eespíritu como nuevas creaturas en Él, como inocentes, al recibirle a Él como Hijo de Dios, Salvador y Señor, resucitado de la muerte expiatoria, y recibir su expiación, confiando de corazón en ella. Cristo resucitó habiendo expiado nuestras culpas y al habernos crucificado, resucitado ascendido y escondido con Él en Dios. Al ascender y ser glorificado a la diestra de la Majestad en las alturas, derramó del Padre Su Santo Espíritu para capacitarnos para vivir Su vida, y solamente así poder agradar a Dios por la fe, y en el Espíritu vivir en Cristo Jesús para agrado del Padre.
Fue entonces Cristo quien cumplió la Ley, la magnificó y fue “más allá de la segunda milla”; fue Él quien luchó y venció, y entonces volvió a nosotros por Su Espíritu para hacernos participantes de la natruraleza divina, mediante una nueva creación provista del elemento de Su resurrección como don de la justicia y de la victoria perfecta, creadoa en la justicia y santidad de la verdad, a la imagen, por Su Espíritru, del que nos creó.
La Ley había cumplido su propósito: nos había hecho convictos de pecado y nos había condenado a muerte para conducirnos a Cristo como única esperanza. Entonces, en la cruz de Cristo, identificados con Él por la fe, recibimos el juicio de muerte, sufrimos el peso de la Ley y la justicia que demandaba muerte para el trasgresor. La justicia de la Ley fue satisfecha en la muerte por crucifixión de Cristo por nosotros, incluténdonos en Él, que fue hecho maldición por nosotros. Entonces resucitamos con Él, pues por el Espíritu nos dio Su vida, para que vivamos por Él, quien por el Espíritu que contiene el pleno cumplimiento de Su palabra, y para que así Él sea nuestra ley interior vivificante, puesto que la vieja y buena y eterna Ley ya había cumplido su justicia sentenciándonos. Ahora, por el espíritu cumplimos la justicia de la Ley. Quien está en Cristo permanece en sábado, pues Cristo mismo es el cumplimiento perfecto de todas las fiestas sagradas.
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Gino Iafrancesco V., 1974, Asunción, Paraguay.
LIBERTAD Y CONSIDERACIÓN
Por:
Gino Iafrancesco V.
(Curitiba, Paraná, Brasil)
(7/12/1980)
Al respecto de libertad y consideración en medio de la comunión del pueblo de Dios, tengamos en cuenta los siguientes versículos:
1ª Corintios 10:23:
“Todas las cosas me son lícitas, pero no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, pero no todas edifican”.
El Señor quiere conducirnos más allá de lo meramente lícito; El desea conducirnos a lo conveniente, a lo edificante y a lo perfecto. Y n o solo en lo individual; también en lo eclesial, y en medio de la comunión de la iglesia, Dios quiere conducirnos eclesialmente también a lo perfecto, a lo edificante y a lo conveniente. Por lo tanto, sigamos leyendo a Pablo en el verso 24:
“Ninguno busque solo su propio provecho, sino que también cada uno busque el provecho de los otros”.
De manera que nadie, ni yo, ni tú, ni Gino, ni Aniceto, ni Jair, debe buscar solamente su propio provecho, sino que todos debemos buscar el provecho también del otro.
Unos versos más adelante, Pablo nos exhorta a tener en cuenta, además de nuestra propia libertad y conciencia, también la conciencia del otro. En los versos 28 y 29 dice:
“Pero, si alguno os dijere: -esto fue sacrificado a los ídolos,- No lo comáis, por causa de aquel que os advirtió, y por causa de la conciencia. Porque la tierra es del Señor, y toda su plenitud. Digo, sin embargo, de la conciencia; no la tuya, sino la del otro. Pero ¿ por qué ha de ser juzgada mi libertad por la conciencia de otro? …”
Hermanos, cuando realmente vemos el cuerpo de Cristo, nosotros no tenemos en cuenta solamente nuestra propia conciencia, sino que tenemos también en cuenta la conciencia de los otros hermanos; e incluso de otras personas no cristianas, pues tampoco a los gentiles, ni a los judíos, ni a la Iglesia de Dios deberíamos escandalizar. Si nosotros no tenemos en cuenta la conciencia de los otros, corremos el peligro de pecar contra el mismo Señor Jesucristo y afrentarlo; pues lo que le hacemos a uno de sus pequeñitos, al Señor mismo lo hacemos. Debo tener en cuenta también la conciencia de los otros. No es suficiente que mi propia conciencia esté limpia. En el plano de Dios, debo tener en cuenta también la conciencia de los otros. Dios quiere liberar mi conciencia; pero también quiere que yo tenga en cuenta, en consideración, la conciencia de los otros.
Pablo, por el Espíritu Santo, se hacía unas preguntas interesantes:
Verso 29b: “Pero, ¿por qué ha de ser juzgada mi libertad por la conciencia de otros?”
Y en el verso 30 decía: “Si yo con acción de gracias participo, ¿por qué he de ser blasfemado en aquello de que doy gracias?”
Pero, entonces, por el Espíritu Santo, que siempre nos conduce al amor, recibimos por respuesta la exhortación y la determinación en el verso 31: “Por tanto, ya sea que comáis, o que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Si no hacemos todas las cosas por amor, no las haremos para la gloria de Dios. De ésta manera se reveló Cristo en el corazón de Pablo. Tratándose de beber, o de comer, o de realizar ciertas cosas, no puedo reducirme a considerar solamente mi propia libertad. Debo hacerlas en amor para la gloria de Dios. Dios nos ha dado mucha libertad, y en muchas cosas tenemos muchas posibilidades de dirección en uno u otro sentido, pero Dios siempre quiere que nosotros nos decidamos por lo perfecto. Tenemos derecho de hacer muchas cosas, pero el Señor desea que escojamos agradarle en todo.
Por otra parte, además, debemos recordar que Dios tiene el propósito de hacernos Uno por medio de Él en Cristo, y ya lo ha hecho en Su Espíritu; por tanto, Él desea que mostremos misericordia unos delante de los otros. Debemos ser canales de la misericordia de Él hacia los otros. Dios quiere que nos tengamos en cuenta los unos a los otros, y que consideremos la condición de cada cual. Hermanos, es mi fuerte convicción, que la Iglesia debe aprender a conocer de Dios este asunto en todas partes. Debemos caminar conforme a nos lo dé el Espíritu. Por lo demás, hermanos, Dios mismo nos provee con todo aquello que necesitamos para andar conforme a lo que Él mismo nos pide. Así que nuestra carne debe ser restringida, de modo que podamos agradar a Dios. A veces tardamos en comprender que solamente por medio de Jesucristo podremos agradar a Dios; tanto en lo jurídico por Su sangre, como en lo orgánico por Su Espíritu.
No obstante, Dios permite temporalmente, cual márgen de error, que pasemos por etapas en las cuales no damos en el blanco, no acertamos en lo conveniente. De esa manera, nos hará comprender cuánto precisamos de Jesucristo, pues fuera de Él mismo, nada tiene el suficiente valor. Es maravilloso descubrir que solamente en Jesucristo hallamos lo verdaderamente valioso. Por tanto, heermanos, debemos obrar para con los otros en Cristo, dando lugar a lo que Él haría. El Espíritu ciertamente va a operar, y entonces podremos encarar todos los desafíos que se nos presentan en el trato con las otras personas. Cristo nos ayudará a reaccionar frente a las molestias que otros traen a nuestras vidas particulares. Pues todos somos diferentes tipos de personas, y Dios va a usar para bien que esto sea así. Habrá cosas, entonces, de las cuales ya hemos sido liberados, pero, puesto que otros todavía no lo conocen, ni lo experimentan, como nosotros mismos pasamos también por esas situaciones en el pasado, entonces Cristo nos conducirá a tener la suficiente consideración con la situación de otros, siendo que nosotros mismos estuvimos en esa condición también ayer. Pero, lastimosamente, a veces no nos acordamos de que nosotros mismos éramos tal como aquellos a quienes hoy criticamos.
También es necesaria otra consideración. Cuando estábamos presos, como cachorritos acorrentados, dábamos vueltas y vueltas sobre el mismo terreno todo el tiempo. Pero cuando el cachorrito fue liberado, entonces salió corriendo disparado con todo entusiasmo por todas partes, con una gran agitación. Pero, entonces, con el tiempo, regresa a la calma de la normalidad, a la tranquilidad. Es normal para el cachorrito correr disparadamente cuando acaba de ser suelto; pero también es normal, que después de un tiempo, vuelva a la normalidad. Así también nosotros, acabando de ser liberados, corremos con entusiasmo, pretendiendo que los otros nos comprendan inmediatamente; pero luego aprendemos que Dios tiene un proceso particular con cada uno, que no puede ser pasado por alto, y que necesitamos paciencia y consideración. Pasado un tiempo de la liberación, ya no resulta conveniente que sigamos pretendiendo con nuestro entusiasmo natural convertir a todo mundo a nuestra condición aquí y ahora. Claro que sí debemos mantener el fuego del primer amor y el compromiso de la evangelización y el testimonio, pero debemos hacerlo en Cristo, con la estrategia del mismo Espíritu Santo, y no según nuestras fuerzas naturales. “No con espada, ni con ejército, sino con mi Espíritu, dice el Señor de los ejércitos”.
Pablo, por lo tanto, como recordábamos, continuaba diciendo en el verso 32: “Conducíos de manera que no seáis escándalo, ni para judíos, ni para griegos, ni para la Iglesia de Dios”. Y eso se extiende por analogía a otras situaciones semejantes. Que no seamos tropiezo innnecesario, es la conducción de Dios; si bien, por el pecado del mundo y de la carne, Cristo mismo es piedra de tropiezo y roca que hace caer a los que desobedecen al evangelio y aman más las tinieblas que la luz. Pero en este caso el problema es del mundo, no de Cristo; en cambio, en el caso que denuncio, somos nosotros mismos el problema por causa de nuestra inmadurez. De las dos cosas habla la palabra de Dios. ¿Qué te dice al respecto el mismo Espíritu Santo en tu corazón? El Espíritu Santo da testimonio a nuestros corazones acerca de la palabra que Él mismo inspiró y que se encuentra en las Sagradas Escrituras. Habla de Cristo como piedra de tropiezo por culpa del mundo, y habla también de que no seamos culpables nosotros del tropiezo de otros. Son dos caras de una misma moneda. El equilibrio es Cristo mismo.
Cuando se nos dice que no seamos tropiezo a los judíos, por analogía se nos da a entender que debemos tener cierta medida de consideración con los que son legalistas, sin necesidad de convertirnos nosotros mismo en eso, y también sin estar nosotros mismos sin ley, sino bajo la ley que es Cristo mismo. Pero también se nos dice que no seamos tropiezo a los gentiles que están en el mundo, ni a la Iglesia de Dios. Dios no quiere que nuestra liberación nos haga innecesariamente escandalosos para los judíos, ni para los gentiles, ni para otros miembros del cuerpo de Cristo, sino que seamos sabios y considerados, sin dejar de ser testigos apropiados de la vida y la verdad de Cristo y de Sus caminos.
La palabra nos enseña también que ciertas libertades las debemos tener solamente delante de Dios en privado, por causa de las conciencias inmaduras y escrupulosas de los otros. Sí, Dios nos exhorta a tener consideración con las conciencias de otros. Por una parte, dentro del pueblo de Dios, como lo enseña Pablo a los Romanos en el capítulo 14 de su epístola, hay conciencias que en ciertos respectos, debido a diferentes factores, son débiles en la fe; mientras que hay otros que en esos mismos respectos son fuertes. Casos como los de ciertos alimentos, o días, o cosas semejantes, etc. Se nos enseña a no menospreciar a los débiles en la fe, ni a juzgar a los que con corazón limpio agradecen a Dios por ciertas cosas.
Por otra parte, debemos tener en cuenta la relación que existe entre conciencia y conocimiento. Si un hermano no tiene ciertos conocimientos, es posible que su conciencia sea enredada por el enemigo con ciertas acusaciones y cavilaciones. Si entiende mal, aunque sea sinceramente, cierto asunto, su conciencia le exigirá actuar según su error, hasta que aprenda a oir la voz del Espíritu Santo en su propia conciencia, y las dos voces se hagan una. La palabra de Dios nos habla de conciencias en el Espíritu Santo y buenas, pero también de conciencias malas, corrompidas y cauterizadas. El diablo puede atormentar una conciencia corrompida acusando a su portador y haciendo que este acuse infundadamente a otros. Ese puede ser un defecto típico de los débiles en la fe. Por otra parte, el defecto de los que se sienten fuertes puede ser menospreciar a los débiles y ridiculizarlos. Así que el débil juzga y critica, y el fuerte menosprecia al débil.
El apóstol Pablo nos enseña por el Espíritu a usar de nuestra libertad para servirnos por amor, y para edificar conforme al Señor a la Iglesia. Dios quiere ver que cuando yo sea libertado, use de la libertad para amar, teniendo en consideración la situación de las conciencias ajenas. Si no tenemos en cuenta la conciencia de los otros, estorbamos y retardamos el trabajo del Señor introduciendo enredos innecesarios. Causamos reacciones fuertes contrarias que pueden provocar un bloqueo, asi sea tan solo pasajero, a la disposicióin necesaria para la revelación. Todos necesitamos de revelación para poder ser libres. Mas si usamos de nuestra libertad sin tener en consideración la situación de las conciencias ajenas, entoces provocamos precozmente reacciones que les dificultarán estar en la disposición necesaria para la revelación. Cooperaremos para mal, para que la revelación les sea escondida y oculta. La verdadera libertad es Cristo. Es necesario conocerlo a Él, y ojalá que lo sea a través de nosotros, y no a pesar de nosotros. Si soy hipócrita, fácilmente seré también imprudente. Ni mi hipocresía, ni mi imprudencia, son Cristo. Un cristianismo meramente intelectual, o meramente emocional, o los dos, pero no espiritual, no cooperará suficientemente con la liberación ajena. La sola emoción no liberta de una mente cautiva, ni el ejercicio de la mera mente puede liberar de emociones fuertes negativas. Es necesario Cristo para ser más fuertes que la mente y la emoción. Quien realmente liberta es Cristo mismo espiritualmente. Tampoco la osadía de la carne liberta de la cobardía de la carne. Solamente Cristo mismo libera.
Solo avanzando en Cristo descubrimos que fuimos liberados también de la pretendida santidad de las cosas exteriores en sí mismas. La verdadera santidad no está en las cosas exteriores, aunque las afecta para bien; la verdadera santidad es Cristo; Cristo mismo es nuestra santificación. Solo Cristo nos libera de la aparente e hipócrita “santidad” meramente exterior. La parquedad forzada no me libra suficentemente de la locuacidad. La liberación en Cristo tiene un propósito dentro del cual es necesario también tener en consideración la conciencia del otro.
Veamos el caso de Pablo en Jerusalem, tal como aparece en Hechos de los Apóstoles 21:19-26. En el verso 21 le dice Santiago: “Acerca de ti fueron informados que enseñas a todos los judios que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciendo que no deben circuncidar a sus hijos ni andar según la costumbre de la ley”. Realmente no comprendían a Pablo. Lo que realmente Pablo enseñaba era que la verdadera circunsición, y no solo la tipológica, era la liberación en Cristo del cuerpo pecaminoso carnal en la circunsición de Cristo. Pero Pablo estaba por la Iglesia y se sometió al consejo de los ancianos en Jerusalem, haciéndose como judío para los judíos. Tenemos que esperar que sea Dios mismo quien muda los pensamientos de las personas. Según los versos 22 y 23 le dijeron: “¿Qué haremos, pues? En todo caso es necesario que la multitud se junte, pues habrán oído que viniste. Haz esto que te decimos: tenemos aquí cuatrro varones que han hecho voto. Tómalos contigo y santifícate con ellos…” Pablo sabía que la verdadera purificación es por Cristo. Además, él mismo ya estaba puro en Cristo, pero acató el consejo de los ancianos de aquella iglesia, pues la conciencia de otros no lo veían puro. Ante su propia conciencia estaba purificado, pero ante la conciencia de otros era un impuro. Pensando, pues, en esos otros, le dijeron: “Paga por ellos los gastos para que se rapen la cabeza, y todos quedarán sabiendo que no hay nada de lo que se les ha informado acerca de ti, sino que tú mismo andas ordenadamente guardando la ley”.
Aunque Pablo era judío, de la tribu de Benjamín, era libre en Cristo, aún del régimen viejo de la ley en la carne; pero su libertad no fue lo mismo que una rebelión, sino que su libertad era vivir por Cristo mismo incluso magnificando la ley. Dios lo había librado de depender de guardar la ley en la carne para merecer por sí mismo ser agradable a Dios; mas había aprendido a agradar a Dios por la fe de Cristo, haciendo Su voluntad en Cristo por el Espíritu. En el régimen nuevo del Espíritu ya no estamos obligados a pretender falsamente agradar a Dios por la sola fuerza de nuestra carne caída, lo cual ha demostrado ser imposible, pues no hay ninguno que nunca peque, con excepción del Mesías que es el cordero expiatorio perfecto. Por lo tanto, sólo Cristo por nosotros y en nosotros es el verdadero cumplimiento y magnificación de la Ley. En Cristo están además incluídos todos los que Le recibieron, y en esa inclusión se implica la consideración cuidadosa que busca no herir las conciencias ajenas. Por eso Pablo escribía que si tenemos libertad, la tengamos privadamente delante de Dios. Mas que debemos tener en cuenta la conciencia de los otros, no molestándonos excesivamente por la debilidad de los débiles, pues Cristo los ha recibido también.
Continúa, pues, el Libro de los Hechos de los Apóstoles en el verso 26:
“Entonces Pablo, tomando consigo a aquellos varones, entró al día siguiente al templo, ya santificado con ellos, anunciando ser ya cumplidos los días de la purificación; y se quedó allí hasta que se ofreciese la ofrenda por cada uno de ellos”. No obstante, Pablo ya se había presentado en lugares celestiales en Cristo ante el mismo Dios, como vivo de entre los muertos; pero aquí en Jerusalem estuvo dispuesto incluso hasta a condescender con los judíos, que presentó la ofrenda que apenas representaba a la verdadera en la cual él verdaderamente se apoyaba, que era Cristo. Pablo había dicho que él se hacía como judío a los judíos, y como sujeto a la ley para los que estaban sujetos a la ley, para ganar algunos, aunque realmente, en su espíritu, él vivía por la fe de Cristo, siendo verdaderamente libre. ¿Seríamos nosotros capaces de llegar hasta dónde llegó Pablo, para que la distancia que hay entre los pueblos se demuestre terminada en Cristo, y para que la distancia entre el legalismo y el libertinaje se termine con nosotros en Cristo? Pienso y creo que no es necesario llegar a tanto hoy en vista de que la misma providencia de Dios intervino para liberar a Pablo de los judíos, permitiendo la destrucción del templo apenas tipológico, y enviándolo lejos a los gentiles, que para provocar a celos a Israel, recibirían al Mesías, manteniendo la verdad y suficiencia del evangelio.
En la balanza debemos, pues, colocar la medida del equilibrio entre libertad y consideración. No podemos permitir que se nos arrebate esta libertad, al mismo tiempo que lo hacemos con la mayor consideración y el mayor cuidado para con todos, mas sin renunciar a Cristo volviendo a los débiles y pobres rudimentos tipológicos. Debemos, sí, permanecer libres en Cristo, incluso ante los padecimientos qque nois sobrevinieren; pues así como escrito fue llevado a Pilatos, volvió a serlo en Pablo ante los sacerdotes y ante los romanos. Se nos concede, pues, no solo creer en Cristo, sino tambén participar de sus aflicciones. Y esto debemos hacerlo para que la Iglesia sea edificada.
Los espirituales, y tan solo ellos, podrán ver la belleza interior de Cristo; sólo quienes tengan al Espíritu podrán discernir espiritualmente; solo los nacidos de nuevo pueden ver y entrar al reino de los cielos. Pero quien no sea espiritual, no podrá entender las cosas de Dios, ni podrá comprender a los espirituales; pues estos no son comprendidos de los meramente almáticos, los cuales apenas juzgan por las apariencias. Pero nadie quita que algún día puedan ser espirituales, y entonces comprender el testimonio de ellos más adelante. Hoy se necesita infinita caridad.
Uno de los problemas del legalismo es la distorsión de la conciencia. Colar el mosquito y tragar el camello. Ese peligro existe para las conciencias no regeneradas, o para los carnales niños en Cristo. La conciencia humana puede corromperse y cauterizarse. Por eso Dios debe curar nuestras conciencias. Dios se ha tomado tiempo para hacerlo con cada uno de nosotros, y debemos permitir que se lo tome también para hacerlo con otros. El amor de Dios nos ha señalado a todos un plazo para trabajar en nosotros. Lo importante es que no desperdiciemos el tiempo, pues Él no contenderá para siempre con el hombre. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Hay conciencias enfermas que colan el mosquito y tragan el camello, que limpian solo lo de fuera dejando lo de adentro lleno de inmundicia, que conducen al hoyo ciegamente, según lo denuncia Jesús según Mateo 23. Precisamos, por eso, de la mismísima ayuda divina y misericordiosa, para que por Él mismo seamos convencidos y a la vez aprendamos a tener misericordia y consideración para con otros. También debemos aprender a no tener en cuenta solamente nuestra propia conciencia, sino a obrar con amor, participando del de Cristo. Aquellos fariseos querían ser muy fieles incluso een el diezmo delo comino, pero su religiosidad carecía de revelación. Y eso puede suceder con cualquiera de nosotros. Por eso las consideraciones paulinas en Romanos 14 son sabias por provenir de la gracia de Cristo. No dejemos, pues, como nos enseña Jesús, lo principal, la justicia, la misericordia y la fe. Fuimos liberados con propósito misionero, para servir por amor, para que podamos cerrar las bocas de los que murmuran de nosotros como de malehechores. Permanezcamos delante del señor en Cristo, para que Su bendición sobreabunde a través de nosotros a favor de muchos.
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Ministrado a la iglesia en Curitiba, Paraná, Brasil, por Gino Iafrancesco V., en portugués, el 7 de diciembre de 1980. Trascrito abreviado, editado y difundido por los obreros brasileños Aniceto Mario Franco y Juvenal Moura. Traducido y revisado por el autor.